Tres años han pasado desde aquel 7 de octubre de 2023, cuando Israel inició su ofensiva genocida contra Gaza. Pero para dos millones de palestinos, el tiempo no se mide según el calendario. Se mide en seres queridos que ya no están, en casas a las que no pudieron volver, en ciudades que ya no existen y en niños que crecieron con el sonido de las bombas.
Desde el ataque de Hamás ese día y el consecuente inicio de los bombardeos de Israel, los palestinos cargan con un pesar profundo. Una de cada 10 personas que vivían en Gaza antes de la ofensiva ha muerto o resultado herida por fuego israelí. Prácticamente todas las familias están atravesadas por la pérdida: casi todas lloran a sus muertos, cuidan a sus heridos o buscan a alguien que todavía permanece bajo los escombros.
Luego está el desarraigo. Tras tener que desplazarse una y otra vez para escapar de los ataques y las órdenes de evacuación israelíes, casi toda la población se quedó sin hogar. Gaza es hoy, prácticamente, una enorme ciudad de tiendas de campaña superpobladas. Refugios improvisados de lona y nailon cubren playas, antiguas tierras agrícolas y terrenos baldíos, donde las enfermedades se abren paso y la falta de recursos todavía apremia.
Para la infancia, las heridas no son solamente físicas. Casi nueve de cada diez menores consultados por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) pidieron apoyo psicológico y el 91,8% aseguró vivir con miedo a los bombardeos, según el último informe de situación de la agencia de la ONU, que cubre el primer semestre de 2026.
Tuvieron que esperar casi tres años para poder regresar a la escuela. Y aun cuando por fin llegó la tregua, algunos nunca pudieron volver: los niños siguieron muriendo bajo ataques israelíes.
El alto el fuego firmado por Israel y Hamás hace casi un año trajo una enorme esperanza, pero no significó el fin del dolor.
Los palestinos intentan empezar de nuevo, pero hacerlo es prácticamente imposible ante la escasez de recursos básicos. La ayuda humanitaria que Tel Aviv permite entrar al enclave, incluidos los alimentos, todavía no alcanza.
Tampoco pueden reconstruir sus casas: Israel impide el ingreso de la mayoría de los materiales de construcción y la reconstrucción a gran escala contemplada en el acuerdo no ha comenzado debido a los retrasos de Tel Aviv para avanzar hacia las siguientes fases del pacto.
Cifras que duelen
Aunque el genocidio contra Palestina por parte de Israel no inició con el ataque de Hamás, sino que tiene sus raíces décadas más atrás, las cifras de los últimos tres años son de las más devastadoras. Cifras que, por enormes, corren el riesgo de perder su dimensión humana.
En tres años, más de 74.200 palestinos han sido asesinados por fuego israelí en Gaza. Más de 22.000 eran niños.
Además, al menos 175.000 palestinos han resultado heridos desde octubre de 2023, también en ataques de Tel Aviv.
Son miles de vidas detrás de números que siguen creciendo, incluso después de la entrada en vigor del alto el fuego.
Ciudades borradas
Mientras tanto, alrededor del 90% de la infraestructura de Gaza ha quedado dañada o destruida. Algunas zonas y barrios prácticamente dejaron de existir.
Imágenes satelitales actualizadas a finales de septiembre por Google Maps mostraron que la transformación del paisaje urbano es radical: no se trata de edificios aislados reducidos a escombros, sino de bloques residenciales enteros desaparecidos y enormes extensiones vacías donde antes había barrios densamente poblados.
Rafah, alguna vez hogar de un cuarto de millón de personas, ha sido borrada.
Imágenes satelitales muestran que las fuerzas de ocupación israelíes demolieron sistemáticamente la ciudad del sur, además de otras localidades y distritos, hasta dejarlos al ras del suelo. En algunos puntos, maquinaria pesada incluso retiró los escombros.
Las demoliciones, mediante bulldozers y explosivos, continuaron después del acuerdo de alto el fuego alcanzado hace casi un año, mientras Tel Aviv consolida su control sobre el territorio que aún domina detrás de la llamada “Línea Amarilla”. Esa demarcación separa el territorio bajo control israelí del palestino, pero Israel la ha ido ampliando desde el inicio de la tregua y actualmente controla más del 60% del enclave.
Pero Rafah no es una excepción.
Beit Hanoun, que alguna vez fue una localidad de unas 70.000 personas en el noreste de Gaza, también quedó reducida en gran medida a escombros. Lo mismo ocurrió en Shujaiya, un barrio de Ciudad de Gaza fundado hace 800 años, donde manzana tras manzana de viviendas y torres de apartamentos fueron aplanadas.
Yabalia, que fue el mayor campamento de refugiados de Gaza y hogar de unos 120.000 refugiados, además de decenas de miles de otros residentes, también muestra una destrucción generalizada.
Y la lista sigue. Barrios, calles, escuelas y hogares donde generaciones enteras construyeron sus vidas fueron borrados del mapa.
Gaza sigue buscando a sus muertos
Entre los ataques y la destrucción, y con la esperanza de que Israel no vuelva a atacarlos, los palestinos intentan levantarse. Pero miles de ellos ni siquiera han podido despedirse de sus seres queridos.
Miles de cuerpos siguen enterrados bajo edificios destruidos por los ataques israelíes. Desde el alto el fuego, equipos de búsqueda avanzan lentamente de un lugar a otro intentando encontrarlos.
Cada cuerpo recuperado significa para una familia la posibilidad de despedirse, pero las recuperaciones avanzan a cuentagotas.
El más reciente, la semana pasada, uno de esos equipos finalmente llegó a la casa de Haneen al-Khodari, en Ciudad de Gaza. Su edificio había sido alcanzado en diciembre de 2023. Al-Khodari salió despedida por la explosión hacia un árbol cercano y, después de pasar semanas en el hospital, supo que sus padres, sus hermanos y muchos de sus primos habían muerto.
Los cuerpos de 17 familiares quedaron bajo los escombros. Durante casi tres años esperó poder recuperarlos.
El equipo excavó durante ocho horas entre las ruinas. Encontró los restos de un niño pequeño y dos huesos. Nada más. La búsqueda tuvo que suspenderse. Al-Khodari se sentó entonces sobre el pavimento.
“Habíamos estado esperando este momento durante tres años”, dijo.
Frente a ella, sobre el suelo, había una lámina de plástico con los pocos restos que pudieron recuperar. La etiqueta decía apenas dos palabras: “Huesos mezclados”.
Ataques que siguen
El alto el fuego redujo los ataques más intensos, pero no puso fin a las muertes.
Israel continúa atacando casi a diario tiendas de campaña, vehículos y edificios en operaciones que, según afirma, tienen como objetivo a miembros de Hamás o a personas que cruzaron la “Línea Amarilla”, pero que matan a civiles, entre ellos mujeres y niños.
Desde que la tregua entró en vigor, el 10 de octubre de 2025, 1.460 palestinos han muerto y 5.116 han resultado heridos en ataques israelíes hasta este lunes, según el Ministerio de Salud de Gaza.
Los niños tampoco dejaron de morir. En los 300 días posteriores al anuncio de la tregua, al menos 300 fueron asesinados: un promedio de uno por día, según UNICEF. En agosto, el director regional de la agencia, Édouard Beigbeder, advirtió que una tregua así “está fallando a los niños”, reportó la agencia de noticias EFE.
Incluso en vísperas del tercer aniversario del 7 de octubre, los ataques continuaron. Este martes, Israel llevó a cabo nuevos bombardeos sobre Gaza que dejaron dos muertos, según las autoridades palestinas. La Defensa Civil identificó a una de las víctimas como Mohamed Tamous, voluntario de esa agencia.
Un día antes, un dron israelí atacó a un grupo de peatones en Al-Mawasi, en la playa. Una persona murió y otras cinco resultaron heridas, entre ellas dos niños y su madre. Uno de los heridos era un empleado de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA) que trabajaba en una planta desalinizadora.
En ese contexto, tres años después, Gaza sigue intentando procesar el dolor y sobrevivir. Los palestinos reconstruyen lo que pueden, preservan su cultura y su memoria, y continúan buscando a quienes todavía faltan.
Porque aunque el calendario avance y la atención del mundo se desplace, para millones de palestinos el dolor no quedó atrás: sigue formando parte de cada día.




















