Opinión
COPA MUNDIAL 2026
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Balance del Mundial 2026: ¿quiénes ganaron dentro y fuera de la cancha?
El Mundial de la FIFA 2026 redefinió el alcance del fútbol como plataforma económica, política y simbólica, con impactos muy distintos para México, Estados Unidos y Canadá, sus tres países anfitriones.
Balance del Mundial 2026: ¿quiénes ganaron dentro y fuera de la cancha?
Fabián Ruiz, de la selección de España, celebra con la Copa del Mundo durante el recibimiento en Madrid.

Guadalajara, México – El Mundial United 2026 no solo inauguró la primera Copa del Mundo con 48 selecciones: también simbolizó una transición profunda en el fútbol internacional. Durante poco más de un mes convivieron dos generaciones: la que dominó el deporte durante casi dos décadas –representada por figuras como Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Luka Modric, Robert Lewandowski, Thomas Müller y Son Heung-min– y otra llamada a asumir el protagonismo en los próximos años.

Y, justamente, esa transición generacional encontró su máxima expresión en la final. Messi, con 39 años, condujo nuevamente a Argentina –la sexta selección más veterana del torneo, con 28,91 años de promedio– hasta una final mundialista. Enfrente estuvo España, que conquistó su segundo título con una de las plantillas más jóvenes del campeonato, de 26,7 años. Su triunfo, basado en posesión, alta presión y profundidad colectiva, confirmó que el relevo generacional ya no era una promesa, sino una realidad.

La transformación también alcanzó el formato competitivo. La ampliación no redujo la exigencia, sino que permitió la irrupción de nuevos protagonistas: nueve de las diez selecciones africanas alcanzaron la fase eliminatoria. Cabo Verde fue una de las grandes revelaciones; Noruega, en apenas su cuarta participación y tras 28 años de ausencia, eliminó a Brasil; y los cuatro debutantes —Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán— marcaron por primera vez en un Mundial.

Y esa transformación fue más allá. United 2026 marcó un antes y un después en la propia escala del torneo. Nunca antes un Mundial había movilizado a tantos equipos, partidos, aficionados y ciudades anfitrionas. Más que una edición histórica, fue una Copa del Mundo diseñada para romper todos los récords conocidos.

El Mundial de los récords

…Y lo consiguió. La primera edición con 48 selecciones, 104 partidos y 308 goles reunió a más de 6,8 millones de espectadores en los estadios, con una ocupación promedio del 99,7%, casi el doble del récord de asistencia establecido en Estados Unidos en 1994, cuando acudieron 3,5 millones de personas

Paralelamente, el ecosistema digital del torneo alcanzó dimensiones inéditas, con alrededor de 34.000 millones de impresiones, 2.000 millones de interacciones y más de 20.000 millones de visualizaciones de video en las plataformas oficiales de la FIFA. La final entre España y Argentina coronó ese alcance al convertirse en la transmisión más vista en la historia de la televisión española, con un minuto de oro que alcanzó el 91,2% de cuota de pantalla.

La dimensión económica fue igualmente extraordinaria. La FIFA proyectó ingresos superiores a 13.000 millones de dólares durante su ciclo financiero 2023-2026, más del doble de lo obtenido en el periodo anterior, culminado con Qatar 2022. El Mundial de 2026 fue, con diferencia, el principal motor de ese resultado: solo para 2026, la organización presupuestó ingresos por 8.911 millones de dólares. Así, United 2026 se consolidó como el evento deportivo más lucrativo de la historia, superando ampliamente los 4.480 millones de euros que generaron los Juegos Olímpicos de París 2024.

Sin embargo, esos beneficios no se distribuyeron de manera homogénea. Por un lado, los tres anfitriones evitaron, en gran medida, la construcción masiva de estadios gracias al uso de infraestructuras existentes, reduciendo el riesgo de los tradicionales “elefantes blancos”. No obstante, los costos públicos continuaron siendo elevados: seguridad, movilidad, servicios de emergencia e infraestructura temporal permanecieron principalmente a cargo de los gobiernos.

La distribución de los beneficios económicos fue, por tanto, marcadamente asimétrica. Estados Unidos concentró la mayor ganancia absoluta al albergar 78 de los 104 partidos, 11 de las 16 sedes y todas las eliminatorias desde los cuartos de final, incluida la final. Esa centralidad canalizó hacia sus ciudades la mayor parte del gasto en hospedaje, restauración, transporte y comercio. Canadá obtuvo un retorno más acotado, aunque relativamente eficiente, mientras México registró una derrama turística importante en sus tres sedes, pero inferior a las expectativas originales.

En conjunto, el Mundial consolidó un modelo en el que la FIFA concentró los ingresos comerciales directos, mientras Estados Unidos capturó la mayor parte de los beneficios económicos territoriales gracias a la escala y jerarquía de los partidos que organizó. Sin embargo, el balance de una Copa del Mundo no se agota en sus resultados financieros.

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El impacto social de United 2026 en los países anfitriones

La cuestión de fondo es otra: ¿qué país consiguió transformar el Mundial en un instrumento de proyección nacional? La respuesta depende menos del impacto económico inmediato y más de la capacidad para convertir un evento deportivo en un legado político, social y simbólico.

Estados Unidos fue el gran vencedor en términos de proyección internacional. El torneo confirmó su capacidad para organizar megaeventos deportivos de escala global, con estadios prácticamente llenos, récords de audiencia y millones de visitantes. Desde la Casa Blanca, el presidente Donald Trump lo calificó como “el mejor Mundial de la historia”, destacando su magnitud y seguridad. Aunque la selección de EE.UU. quedó por debajo de las expectativas deportivas, el Mundial consolidó la percepción de que el país ya es uno de los principales mercados del fútbol internacional. La idea de que “Estados Unidos es ahora un país de ‘soccer’” ganó fuerza, aunque acompañada por una exigencia creciente de traducir ese éxito organizativo en resultados deportivos para futuros torneos.

Canadá, en cambio, probablemente obtuvo el mayor avance relativo. El Mundial consolidó la percepción de que el país atraviesa el mejor momento de su historia futbolística. La clasificación a las eliminatorias por primera vez, las primeras victorias mundialistas y el desempeño de una selección considerada ya como la “generación dorada” fortalecieron la identificación nacional con este deporte. A ello se sumaron una valoración ampliamente positiva de la organización en Toronto y Vancouver, así como un récord de audiencias televisivas. El desafío ahora consiste en transformar ese entusiasmo en un legado permanente, fortaleciendo la Canadian Premier League, las estructuras de formación y una afición estable más allá del efecto coyuntural del torneo.

México apostó por una estrategia diferente. Consciente de que no competiría con Estados Unidos en escala económica ni en protagonismo organizativo, buscó convertir el Mundial en un instrumento de cohesión social y de fortalecimiento de la identidad futbolística nacional. En ese sentido, el balance resulta favorable. El partido de octavos de final frente a Inglaterra se convirtió en el partido de fútbol más visto del siglo XXI en México, con cerca de 60 millones de espectadores entre televisión abierta y plataformas digitales, mientras una encuesta nacional mostró que tres de cada cuatro mexicanos evaluaron positivamente el desempeño de la selección. El equipo no alcanzó una actuación histórica en términos deportivos, pero sí recuperó algo que había perdido durante varios ciclos mundialistas: la ilusión colectiva. El torneo dejó sembrada una pregunta que hace poco parecía improbable: "¿AY si sí?" de cara a 2030.

United 2026 y el futuro del fútbol: el ascenso de Norteamérica y el repliegue de China

El legado de United 2026 no solo redefinió a sus anfitriones; también invita a mirar hacia los próximos aspirantes a organizar la Copa del Mundo.

A mediados de la década pasada, Xi Jinping formuló tres grandes sueños futbolísticos para China: volver a clasificarse para una Copa del Mundo, organizarla y, algún día, ganarla. Estas aspiraciones coincidieron con la incorporación del fútbol a la agenda gubernamental, impulsando reformas, inversiones e internacionalización, además de alimentar la expectativa de una futura candidatura china.

Hoy el panorama es distinto. La selección china volvió a quedar fuera de 2026 y los resultados permanecen muy lejos de las aspiraciones originales. Además, la elección de Arabia Saudí como sede de 2034 pospone las aspiraciones mundialistas de Beijing, pues la rotación entre confederaciones hace muy improbable que otra nación asiática organice el torneo en 2038. En consecuencia, el horizonte más realista para una candidatura china parece desplazarse, al menos, hasta la década de 2040.

Por su parte, el éxito de United 2026 ha reforzado la posición de Norteamérica como mercado y plataforma organizativa. La disputa futura no dependerá únicamente de quién pueda albergar el torneo, sino de quién consiga transformar un éxito organizativo en un legado económico, social y de proyección internacional.

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FUENTE:TRT Español
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