El detonante no es la ofensiva en Gaza —aunque el descontento por la violencia y el gasto militar crezca cada día—, sino la vieja grieta de siempre: el servicio militar obligatorio para los judíos ultraortodoxos.
Shas y Judaísmo Unido de la Torá, socios indispensables de la coalición, exigen mantener las exenciones que permiten a los haredí estudiar en seminarios en lugar de pasar tres años en uniforme.
Pero dentro del propio Likud cunde la idea contraria: reclutar a más ultraortodoxos y castigar a los que esquiven el Ejército.
Netanyahu necesita elegir entre ceder a sus aliados religiosos o arriesgar su mandato. Si falla la votación, se cae el gobierno y se abre la puerta a unas nuevas elecciones que podrían reconfigurar el mapa político israelí.
¿Cederá para sobrevivir o apostará todo a un ejército más amplio?
