A poco más de un mes de las elecciones nacionales del 27 de octubre, el tablero político israelí vuelve a tensarse. El partido Likud del primer ministro Benjamín Netanyahu ha iniciado una ofensiva para impedir que los principales partidos que representan a los llamados árabes israelíes, o también, los palestinos del 48, concurran a las urnas.
La formación ha pedido al Comité Electoral Central de Israel que descalifique a Ra’am, liderado por Mansour Abbas, y a la Lista Conjunta, una alianza formada por los partidos Hadash, Ta’al y Balad.
El partido de Netanyahu, quien ya ostenta el récord como el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo en Israel, ha exigido la prohibición de estas formaciones bajo el argumento de que “no hay lugar en la Knéset para quienes perjudican” a miembros de las fuerzas israelíes.
La ofensiva llega en un momento especialmente delicado para Netanyahu. Las encuestas publicadas antes de las elecciones apuntan a que su bloque ultraderechista difícilmente alcanzaría los 61 escaños necesarios para hacerse con la mayoría en una Knéset de 120 miembros y formar gobierno.
Al otro lado del tablero, la oposición sionista, encabezada por el exjefe de las fuerzas israelíes Gadi Eisenkot y el ex primer ministro Naftali Bennett, también se encontraría por debajo de ese umbral.
Así, los partidos árabes podrían volver a ocupar un lugar decisivo en la aritmética parlamentaria. Cualquiera de los dos grandes bloques necesitará su respaldo para reunir una mayoría, en un país donde los ciudadanos palestinos con nacionalidad isealí representan aproximadamente una quinta parte de una población de 10,3 millones de habitantes.

Es precisamente en ese punto donde, según los expertos, adquiere especial relevancia la iniciativa de Likud.
La última campaña para descalificar a los partidos árabes no sería únicamente, según estos análisis, una cuestión jurídica destinada a determinar quién puede concurrir a las elecciones. Detrás de la maniobra habría también una batalla por reducir el peso político de los árabes israelíes y dificultar la construcción de una alternativa a Netanyahu.
Arik Rudnitzky, investigador del Centro Moshe Dayan para Estudios de Oriente Medio y África de la Universidad de Tel Aviv, explica a TRT World que la estrategia de Likud persigue dos objetivos.
El primero es deslegitimar a los partidos árabes —“especialmente a Ra’am”— como posibles socios de un gobierno encabezado por Eisenkot. Si estas formaciones quedan fuera de la carrera electoral, será “más difícil” para el exjefe de las fuerzas israelíes reunir los apoyos necesarios para construir una coalición, señala Rudnitzky.
El segundo objetivo podría estar relacionado directamente con las urnas: desalentar la participación de los ciudadanos árabes.
“El cálculo es que, si un partido árabe es descalificado, algunos votantes árabes podrían boicotear las elecciones”, afirma.
Y ahí entra en juego una variable decisiva: la participación. Una menor afluencia a las urnas entre los ciudadanos árabes podría favorecer las posibilidades de Netanyahu de conservar el poder.
Por eso, Rudnitzky considera que la disputa va más allá de quién aparece o no en las papeletas.
“El esfuerzo no consiste únicamente en impedir que los partidos árabes concurran a las elecciones. También forma parte de una estrategia más amplia para obstaculizar la formación de un gobierno alternativo”, sostiene.

El voto árabe, otra batalla en juego
Las elecciones israelíes se celebran bajo un sistema de representación proporcional a escala nacional, por lo que los ciudadanos no votan directamente por un candidato concreto a la Knéset.
En su lugar, depositan su papeleta por una “lista”: la relación oficial de candidatos que cada partido presenta ante el organismo encargado de organizar los comicios. En ocasiones, varias formaciones se unen para concurrir bajo una misma “lista conjunta”.
De cara a las elecciones de octubre, dos grandes listas de mayoría árabe aspiran a entrar en la Knéset y el Likud quiere que el organismo electoral prohíba a ambas.
Sin embargo, Rudnitzky señala que el contexto actual presenta una diferencia importante respecto a anteriores intentos de excluir a partidos árabes: esta vez, la comunidad palestina de Israel parece acercarse a las urnas, en lugar de alejarse de ellas.
“El discurso político actual dentro de la sociedad árabe anima a los ciudadanos palestinos de Israel a votar y subraya la importancia de la participación electoral”, explica.
Para muchos ciudadanos palestinos de Israel, los próximos comicios son “cruciales para su futuro en el país”. Las encuestas, además, apuntan a una participación superior a la registrada en 2022.
En este escenario, la disputa por las listas adquiere una dimensión que va más allá de su presencia en las papeletas. “También podrían buscar socavar la legitimidad percibida de los partidos árabes como posibles socios de coalición, y disuadir tanto a los partidos árabes como a los votantes de respaldar a un nuevo gobierno liderado por los actuales partidos de la oposición judía”, señala.
Ra'am está siendo especialmente atacado porque podría convertirse en uno de los socios con mayor peso en un gobierno alternativo a Netanyahu.
El partido de Mansour Abbas ya formó parte de la coalición encabezada por Naftali Bennett y Yair Lapid entre 2021 y 2022. Fue entonces cuando, por primera vez, una lista árabe pasó a formar parte de un gobierno israelí. Durante aquella etapa, Ra’am centró gran parte de su labor en la delincuencia y las necesidades cívicas de las comunidades árabes.
Por ello, Rudnitzky considera que el hecho de que Ra’am esté ahora en el punto de mira “no debería sorprender”. El partido, explica, intenta consolidarse como un socio legítimo dentro de un posible nuevo “gobierno del cambio”.
Curiosamente, Ra'am ha colocado a un candidato sionista en el segundo puesto de su lista, lo que significa que tiene más probabilidades de entrar en la Knéset que los candidatos situados más abajo.
La decisión refleja, según Rudnitzky, hasta qué punto la formación busca ampliar su espacio político y presentarse como una opción viable para una futura coalición.
“Cuanto más relevante se vuelve Ra’am para la formación de una coalición alternativa, mayor es el esfuerzo político por cuestionar su legitimidad como socio de Gobierno”, sostiene.

Un electorado que cambió después de 2018
Pero detrás de esta batalla electoral hay un cambio más profundo. Desde 2018, el comportamiento de los votantes palestinos de Israel ha alterado la aritmética política del país y, con ella, las posibilidades de formar Gobierno.
Ozden Zeynep Oktav, jefa del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad de Estambul Medeniyet, explica a TRT World que Likud ha perdido legitimidad entre los israelíes y que, en este contexto, un Netanyahu debilitado podría optar por seguir impulsando políticas “más racistas”.
A su juicio, el actual intento de descalificar a los partidos árabes es “bastante diferente de los anteriores”, precisamente porque Netanyahu y su familia están “perdiendo rápidamente su legitimidad”.
Oktav también vincula la creciente confianza de Mansour Abbas con las protestas contra Netanyahu. A medida que estas movilizaciones ganan fuerza, sostiene, el líder de Ra’am “se siente más confiado” para reclamar que Israel reconozca un “Estado palestino independiente”.
Ese cambio ayuda a entender una de las paradojas del actual escenario: un partido que hace apenas unos años logró entrar en el Gobierno israelí vuelve ahora a ser presentado como una formación que no debería tener siquiera un lugar en las papeletas.
Zahide Tuba Kor, especialista en estudios de Oriente Medio, señala a TRT World que la participación electoral de los palestinos con nacionalidad israelí constituye uno de los elementos estructurales que explican el prolongado bloqueo político del país.
Una de las razones por las que Israel lleva años sin conseguir consolidar un Gobierno estable, sostiene, es precisamente que los ciudadanos palestinos de Israel abandonaron el boicot electoral y comenzaron a acudir a las urnas de forma masiva.
Cuando los partidos árabes empezaron a obtener entre 10 y 15 escaños, formar un gobierno integrado exclusivamente por partidos judíos se volvió mucho más complicado, explica.
El resultado fue una sucesión inédita de comicios. Entre abril de 2019 y noviembre de 2022, Israel celebró cinco elecciones parlamentarias en apenas tres años y medio.
“Los partidos árabes desempeñaron un papel significativo en el fracaso a la hora de formar un Gobierno de coalición estable compuesto por partidos judíos entre 2019 y 2021”, afirma Kor.
Antes de las elecciones de 2021, Netanyahu había probado otra vía. Su estrategia pasó por tratar de atraer a los votantes árabes hacia Likud y, al mismo tiempo, dividir el voto árabe para intentar que algunas listas no superaran el umbral electoral del 3,25% de los votos nacionales necesario para acceder a la Knéset.
“Todas estas tácticas fracasaron”, señala Kor. Sus rivales consiguieron finalmente formar un gobierno de coalición con el respaldo de Ra’am.
Ese éxito es precisamente lo que la campaña actual intenta hacer irrepetible.
Después del 7 de octubre de 2023, ningún partido puede permitirse recurrir al apoyo externo de las formaciones árabes como ocurrió en 2021, sostiene Kor.
Para Netanyahu, añade, “la solución definitiva es prohibir los partidos árabes y redistribuir los escaños parlamentarios que actualmente controlan entre los partidos judíos”.
La batalla, sin embargo, no terminaría necesariamente con una eventual prohibición.
Rudnitzky advierte de que, si el Tribunal Supremo revoca la decisión de descalificar a los partidos árabes, Likud y sus aliados todavía podrían convertir ese fallo en una herramienta política.
Una intervención de este tipo reforzaría, según el investigador, el argumento de Likud de que el poder judicial actúa contra la “voluntad del pueblo”.
“También podría intensificar las críticas a la autoridad del poder judicial para tomar decisiones de gran calado sobre asuntos políticamente controvertidos”, concluye.




















