En el noroeste de Türkiye, las playas de Canakkale lucen tranquilas bajo el intenso sol de verano. Las aguas del estrecho de los Dardanelos —un canal natural de 70 kilómetros que conecta el mar Egeo con el de Mármara— brillan bajo el sol y nada en la superficie hace sospechar lo que se esconde unos metros más abajo.
En las profundidades del mar, en la península de Galípoli, el escenario cambia por completo. Allí donde en 1915 retumbaban los cañones de las potencias enfrentadas en la Primera Guerra Mundial, hoy domina un silencio absoluto, roto solo por el vaivén de las corrientes.
Ese rincón sumergido, repleto de barcos de guerra, es el corazón de Derin Miras, que en turco significa “Legado Profundo”. Se trata de una iniciativa impulsada conjuntamente por la Dirección del Sitio Histórico de Galípoli y el consorcio del Puente de Canakkale de 1915 que busca rescatar los secretos de los Dardanelos para transformarlos en una experiencia de aventura, ecología marina y turismo sostenible.
Una flota de 27 gigantes bajo el mar espera a ser descubierta por quienes se atrevan a cruzar la barrera del agua.
Un parque arqueológico bajo el agua
Cuando Ismail Kasdemir, presidente de la Dirección del Sitio Histórico de Galípoli, afirma con orgullo que han logrado consolidar "uno de los puntos de buceo más importantes del mundo", no exagera. No se trata simplemente de organizar excursiones recreativas, sino de gestionar todo un parque subacuático temático que abarca 29 puntos de inmersión distintos, que incluyen 27 pecios –los restos de los barcos naufragados– y dos arrecifes.
"El Parque Subacuático de Galípoli no es un simple centro de buceo", explica Kasdemir con entusiasmo a TRT Español. "Es un parque sumergido que custodia un tesoro incalculable de nuestro patrimonio histórico y cultural".
Para los entusiastas del mar y de la historia, el parque ofrece una experiencia escalonada y accesible. Cuando un principiante se sumerge por primera vez para realizar el llamado "bautismo de buceo", la incertidumbre inicial da paso rápidamente al asombro. Nadie espera que a una profundidad tan noble la historia se materialice de forma tan nítida.
El SS Milo, un barco hundido asentado a tan solo siete metros de profundidad, se revela como el escenario perfecto para esta primera experiencia. Descender de la mano de un instructor técnico y ver los restos de un barco de guerra centenario emergen es un bautismo de buceo inolvidable. "Aquí abajo, los buceadores no se limitan a nadar; lo que hacen en realidad es realizar un viaje único a través de un túnel del tiempo", señala Kasdemir.
En un segundo día de expedición, la aventura gana profundidad. El objetivo cambia hacia el HMS Louis, un destructor británico que descansa a 13 metros bajo la superficie. Aquí la luz del sol se filtra con una tonalidad más densa y azulada. El HMS Louis yace en el fondo arenoso como una auténtica cápsula temporal. Sus estructuras de acero, desgastadas por más de un siglo de inmersión, conservan la silueta inconfundible de un navío de guerra que vio truncado su destino en 1915.
Pero el Parque Subacuático de Galípoli ofrece mucho más para explorar. Para los buceadores más experimentados, las profundidades de Canakkale esconden desafíos mayores. Existen auténticos colosos que exigen descender a profundidades extremas, con barcos y submarinos que se encuentran hasta a 72 metros bajo el nivel del mar. Uno de los ejemplos más importantes es el HMS Triumph, un imponente acorazado británico que requiere una planificación y una resistencia técnica impecable.
Vestigios de una gran batalla bajo el mar
El verdadero peso de lo que se contempla bajo estas aguas sólo puede entenderse al remontarse al contexto histórico de Galípoli. Entre el 25 de abril de 1915 y el 9 de enero de 1916, este estrecho se convirtió en uno de los frentes más encarnizados de la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña y Francia buscaron abrir una ruta marítima segura hacia el Imperio Ruso, forzando los Dardanelos con el fin de capturar la capital otomana, Estambul. Lo que siguió fueron ocho meses de desembarcos, duelos de artillería y una invasión fallida que costó la vida a cientos de miles de soldados antes de que las fuerzas aliadas se retiraran.
Esta brutalidad extrema terminó convirtiendo tanto a la península como a sus aguas en un enorme cementerio. Hoy, esta delgada lengua de tierra de 80 kilómetros de largo y apenas cinco kilómetros en su punto más estrecho conforma el Parque Histórico Nacional de la Península de Galípoli, una región que históricamente ha sido objetivo militar codiciado por controlar una de las vías comerciales más transitadas del mundo.
El valor de este escenario es tan inmenso que está incluido en la Lista Indicativa de la UNESCO como uno de los campos de batalla mejor conservados del planeta. Hoy, el parque no sólo custodia trincheras, fuertes y monumentos en tierra, sino también una extensa colección de barcos hundidos catalogados como monumentos de guerra oficiales. En conversación con TRT Español, el ingeniero Yusuf Kartal, jefe del Grupo de Planificación y Proyectos, recuerda que el estrecho alberga más de un centenar de barcos hundidos, de los cuales 29 ya están abiertos al buceo controlado.
Entre ellos destaca el HMS Majestic, un buque insignia británico de gran relevancia histórica. También descansa allí el HMS Ocean, el primero en irse al fondo el 18 de marzo tras chocar con una mina, o piezas tan de coleccionista como el submarino australiano AE2 y el británico E14, hundido por el buque torpedero otomano Sultanhisar.
A ellos se suma el colosal SS Carthage, de 121 metros de longitud que terminó fulminado en la batalla por dos torpedos del submarino alemán. "Lo más extraordinario de estos barcos", reflexiona Kartal para TRT Español, "es que, en el instante en que te sumerges junto a ellos, te transmiten de golpe las historias de la gente que vivió el momento más feroz de la guerra".
Conservación contra viento y marea
Pero no todo en este proyecto gira en torno a la nostalgia de la guerra o a la belleza de la exploración sino a cómo se ha logrado dar una segunda vida a estos antiguos instrumentos de destrucción masiva. Según los especialistas, hoy en día, los barcos hundidos cumplen una función ecológica vital. Al quedar fijados en el fondo marino, actúan como arrecifes artificiales de gran escala. La flora marina ha colonizado el acero, y miles de especies de peces, algas y corales han encontrado en estas estructuras un hogar seguro.
Además, estos gigantes de metal funcionan como un escudo inesperado, pero altamente efectivo contra la pesca ilegal. Riza Birkan, instructor de buceo técnico del proyecto, explica a TRT Español que los pecios operan como auténticas barreras contra las redes de arrastre comercial que suelen destrozar los lechos marinos. Al engancharse las redes pesadas en el acero de los barcos de guerra, los pescadores han evitado acercarse a la zona.
Para reforzar esta protección, la administración ha instalado bloques de hormigón de cinco toneladas con grandes boyas de amarre para las embarcaciones turísticas, impidiendo que se echen anclas que puedan dañar la biodiversidad o la estructura de los monumentos. "Hoy en día, gracias a esta protección, el ecosistema ha estallado en colores", celebra Birkan. "Los barcos de guerra funcionan ahora como un auténtico oasis de biodiversidad bajo el agua".
Para lograr que estos monumentos sobrevivan por más siglos, el equipo científico ha recurrido a una técnica avanzada de ingeniería explicada de forma sencilla: la conservación catódica. El agua salada provoca la corrosión y la oxidación acelerada del hierro. Si no se interviene, los barcos terminarán colapsando.
Para evitarlo, los ingenieros han colocado bloques de metales como el zinc, el aluminio o el cobre cerca de cada pecio, que actúan como "ánodos de sacrificio". En lugar de que el barco pierda sus propios electrones y se desintegre, los bloques de metal se desgastan en el agua en su lugar, protegiendo el yacimiento.
Birkan lo ilustra de manera muy gráfica mostrando su propia cámara de fotos submarina, la cual lleva un pequeño trozo de zinc acoplado para evitar que el cuerpo de la cámara sufra corrosión. En el parque subacuático, este mismo principio científico se aplica a escala monumental, calculando al milímetro la superficie metálica de destructores enteros para garantizar su eternidad bajo el mar.
El HMS Louis fue el elegido para estrenar el pionero sistema de protección catódica del proyecto del Legado Profundo. Para inaugurar este hito, el reconocido fotógrafo sueco Alex Dawson (ganador del premio Underwater Photographer of the Year en 2024) se sumergió para capturar las primeras imágenes de los pecios y de los ánodos instalados. No fue el único descenso llamativo: la atleta de apnea turca Bilge Cingigiray, célebre por su récord Guinness de caminata con lastre bajo el agua, descendió a pulmón libre hasta los 13 metros de profundidad del pecio para conmemorar la iniciativa. Una prueba de que estos gigantes oxidados siguen ejerciendo un magnetismo irresistible para los mejores exploradores del mundo.
Uniendo pasado y futuro
El proyecto Legado Profundo demuestra que la tecnología actual puede hacer de la arqueología subacuática algo accesible.
Como bien señala Yusuf Kartal, esta iniciativa busca poner en valor una memoria que, en el fondo, pertenece a toda la humanidad: "Canakkale es una geografía que alberga las historias de cientos de miles de personas de todo el planeta: desde Australia y Canadá hasta Senegal, Francia o Irlanda. Por eso es tan necesario aumentar la conciencia sobre los dolores que se vivieron en este mar".
Lo que hace un siglo fue un escenario de dolor y división global, se erige hoy como un espacio de reconciliación histórica y ciencia de vanguardia. Proteger estos santuarios de metal y las almas que custodian no es solo un reto técnico o un motor turístico; es una responsabilidad universal que nos demuestra que, incluso en las profundidades más oscuras del pasado, se puede cultivar un legado para el futuro.
Es ahí abajo donde el olvido se detiene y cobra pleno sentido el célebre mensaje de paz que Mustafa Kemal Atatürk, fundador de la República de Türkiye, dedicó a las familias de los soldados extranjeros caídos en la batalla de Galípoli: "Ellos, tras haber perdido la vida en esta tierra, se han convertido también en nuestros hijos".




















