Las tensiones comerciales entre Washington y Beijing podrían entrar ahora en una fase más estructurada, luego de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo de China, Xi Jinping, acordaron crear un nuevo mecanismo para gestionar las disputas económicas.
Tras la visita de Trump a Beijing la semana pasada, ambas partes anunciaron la creación de una Junta de Comercio, encargada de supervisar el comercio bilateral en bienes no sensibles, así como de una Junta de Inversiones destinada a permitir que ambos gobiernos aborden directamente cuestiones vinculadas a las inversiones.
“El presidente Trump y el presidente Xi acordaron que Estados Unidos y China deben construir una relación constructiva de estabilidad estratégica sobre la base de la equidad y la reciprocidad”, señaló la Casa Blanca en un comunicado tras la cumbre.
El anuncio llega después de meses de incertidumbre, a raíz de la guerra arancelaria del año pasado que sigue sin resolverse— y que alimentó dudas sobre si Washington y Beijing se encaminaban hacia un acuerdo comercial más amplio o hacia una mayor desvinculación económica en sectores estratégicos como los semiconductores y las tierras raras.
Si bien la cumbre concluyó sin un acuerdo integral, ambas partes presentaron las nuevas instituciones como una herramienta para estabilizar las relaciones y gestionar futuros desacuerdos.
“Una junta de comercio formal, que implica un mecanismo bilateral de consulta basado en reglas sobre aranceles, acceso al mercado, supervisión de inversiones y resolución de disputas, representaría un cambio institucional significativo”, afirmó Mehmet Babacan, profesor de economía en la Universidad de Mármara, en declaraciones a TRT World.
Sin embargo, Babacan advirtió que los intentos anteriores de institucionalizar las relaciones comerciales entre ambos países han producido resultados limitados. Por ello, considera que las relaciones económicas entre EE.UU. y China “seguirán enfrentando un vacío en materia de resolución de disputas a través de un órgano permanente”.
Otros expertos sostienen que la creciente rivalidad estratégica entre Washington y Beijing podría complicar la eficacia de instituciones como la propuesta Junta de Comercio, incluso mientras ambas partes intentan estabilizar las relaciones mediante el diálogo.
“Una ‘Junta de Paz’ puede ayudar a reducir las tensiones diplomáticas, pero es poco probable que resuelva las causas más profundas de fricción entre EE.UU. y China, porque los asuntos comerciales y de seguridad están ahora estrechamente interconectados”, señala Sylwia Monika Gorska, especialista en Asia-Pacífico, a TRT World.
La competencia entre ambas potencias se hace especialmente visible en sectores como los semiconductores, la inteligencia artificial, la infraestructura de telecomunicaciones y las cadenas de suministro críticas, según Gorska.
“Las políticas inicialmente enmarcadas en torno a la competencia comercial o industrial son tratadas cada vez más, tanto por Washington como por Beijing, como asuntos de seguridad nacional y palanca estratégica. Como resultado, las disputas económicas ya no pueden separarse fácilmente de las tensiones geopolíticas más amplias”, añadió.
No obstante, pese a las limitaciones de experiencias anteriores, los expertos coinciden en que mecanismos institucionales como la propuesta Junta de Comercio siguen siendo preferibles a una escalada descontrolada hacia una guerra comercial a gran escala entre las dos mayores economías del mundo.
Mejor intentarlo que rendirse
Desde la década de 1980, a medida que la globalización se aceleraba, los líderes del Partido Comunista Chino comenzaron a reformar gradualmente el sistema económico del país para integrarlo en las estructuras globales de libre mercado. El proceso transformó a China en el principal centro manufacturero del mundo gracias a su mano de obra de bajo costo, su enorme capacidad industrial y políticas favorables para los negocios.
Grandes empresas estadounidenses –desde Apple y Nike hasta gigantes automotrices como Ford Motor Company, General Motors y Tesla– se han beneficiado del ecosistema manufacturero chino y han dependido en gran medida de las redes de producción del país.
El sector tecnológico estadounidense también depende del dominio chino en el refinado de tierras raras, ya que Beijing procesa más del 90% del suministro mundial.
Al mismo tiempo, China sigue dependiendo de la tecnología estadounidense, especialmente en los sectores de semiconductores e industrias relacionadas con la inteligencia artificial.
Beijing también importa cantidades significativas de productos agrícolas estadounidenses, como soja, cereales y carne, mientras que una parte sustancial de las exportaciones chinas sigue teniendo como destino el mercado estadounidense.
La profunda interdependencia económica entre ambas potencias implica que una separación económica completa tendría costos importantes para las dos partes.
“En lugar de formar bloques comerciales separados, ambos países están intentando mantener la guerra comercial en un nivel controlado mediante un enfoque estratégico”, afirma Rasim Ozcan, profesor de economía en la Universidad de Estambul, a TRT World.
“El concepto de Junta de Comercio refiere a la búsqueda de un mecanismo destinado a proteger los flujos comerciales esenciales entre las dos economías, en particular excluyendo ciertos productos estratégicamente menos sensibles del ámbito de la competencia, los aranceles y las sanciones”.
Intentos de institucionalizar el diálogo
Mucho antes de esta nueva Junta de Comercio, Estados Unidos y China ya habían intentado gestionar sus disputas comerciales y estabilizar los vínculos económicos mediante mecanismos institucionales de diálogo.
Uno de los primeros esfuerzos surgió en 1983 con la creación de la Comisión Conjunta de Comercio e Industria EE. UU.-China (JCCT, por sus siglas en inglés), un foro anual de alto nivel diseñado para abordar cuestiones comerciales bilaterales, promover la cooperación comercial y eliminar barreras sistémicas entre ambas economías.
A medida que las relaciones mejoraron en las décadas siguientes, la JCCT adquirió mayor peso político. El foro estaba copresidido por el Secretario de Comercio de EE.UU., el representante comercial de EE.UU. y el vice primer ministro chino, convirtiéndolo en uno de los canales más importantes de diálogo económico entre Washington y Beijing.
En 2009, bajo el entonces presidente Barack Obama, ambas partes pusieron en marcha otra iniciativa conocida como el Diálogo Estratégico y Económico (S&ED). El mecanismo surgió en paralelo con la estrategia más amplia del “Giro hacia Asia” de la administración Obama, que reflejaba el creciente interés de Washington por contener la expansión económica y geopolítica de China.
En aquel momento, algunos analistas consideraron el S&ED como una posible base para una relación más amplia de tipo "G2", un concepto propuesto por el economista Fred Bergsten en 2005 para describir un posible marco de liderazgo global conjunto entre EE.UU. y China.
Sin embargo, pese al optimismo inicial, ni la JCCT ni el S&ED sobrevivieron al deterioro progresivo de las relaciones comerciales y al aumento de la competencia estratégica entre ambas potencias.
“Si bien ambas iniciativas funcionaron como prototipos tempranos de la recién anunciada junta de comercio, al proporcionar foros a nivel ministerial para la negociación comercial, ambas fueron volviéndose disfuncionales de forma gradual”, señala Babacan a TRT World.
Durante el primer mandato de Trump, en 2017, y en medio de un fuerte aumento de las tensiones comerciales con China, tanto la JCCT como el S&ED quedaron prácticamente suspendidos, debilitando los canales formales de diálogo entre ambos gobiernos.
El año siguiente fue testigo del estallido de la primera gran guerra comercial entre EE.UU. y China, después de que la administración Trump impusiera aranceles a las exportaciones chinas.
Un escenario similar volvió a repetirse durante el segundo mandato de Trump el año pasado, cuando Washington impuso nuevos aranceles a los productos chinos, generando incertidumbre no solo en los mercados estadounidense y chino, sino también en toda la economía mundial.
¿Puede funcionar una relación entre iguales?
El fracaso de mecanismos anteriores como la JCCT y el S&ED ha llevado a muchos analistas a mostrarse escépticos respecto a si nuevas iniciativas, como la propuesta Junta de Comercio, podrán tener éxito, especialmente en un contexto en el que China adopta una postura cada vez más firme en ámbitos como el comercio, la tecnología, el poder militar y la diplomacia global.
Al mismo tiempo, Beijing ha priorizado cada vez más la autosuficiencia y la diversificación en sectores estratégicos como la energía, los semiconductores y la fabricación avanzada, reduciendo su vulnerabilidad a las presiones externas.
Algunos expertos también sostienen que los marcos comerciales institucionales tienden a funcionar con mayor eficacia entre socios desiguales que entre potencias con un peso económico y geopolítico relativamente comparable.
“En el contexto entre EE.UU. y Japón, por ejemplo, donde bajo el Tratado Harris de 1858 y acuerdos posteriores se impusieron condiciones comerciales asimétricas a Tokio, es un recordatorio de que las juntas comerciales bilaterales, cuando se forman entre potencias desiguales, tienden a solidificar en lugar de reducir las asimetrías de poder”, afirma Babacan.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el auge económico de Japón estuvo estrechamente ligado a la asistencia y los modelos económicos de Estados Unidos, operando Tokio en gran medida dentro del orden internacional liderado por Washington.
Pero, según los analistas, la situación es muy distinta en el caso de China, que se percibe a sí misma como una potencia global capaz de negociar con la Casa Blanca en igualdad de condiciones.
Este es “un punto importante muy relevante para cualquier acuerdo entre EE.UU. y China, dada la insistencia de Beijing en que cualquier acuerdo debe basarse en la igualdad y el respeto mutuo”, afirma Babacan.
“Si llegara a establecerse una junta de comercio entre EE.UU. y China —ya sea ampliando funciones similares a las de la JCCT para incluir coordinación en revisiones de inversiones, normas sobre transferencia de tecnología y compromisos de acceso al mercado sectorial, o estructurada de manera más ambiciosa como un tribunal comercial bilateral permanente con arbitraje vinculante— podría tener un impacto sustancial y significativo, pero todo es condicional”, añade.
A pesar de esas incertidumbres, los expertos señalan que un mecanismo comercial funcional entre Washington y Beijing podría aún aportar importantes beneficios económicos y reducir la volatilidad en los mercados mundiales.
“Podría reducir los estimados 316 mil millones de dólares en costos comerciales bilaterales anuales derivados de aranceles e incertidumbres no arancelarias, y actuar como un muro contra las espirales arancelarias escalatorias, sirviendo potencialmente como núcleo de una reforma más amplia del marco multilateral a nivel multilateral (es decir, la Organización Mundial de Comercio)”, señala Babacan.
“Sin embargo, la eficacia de un organismo de este tipo dependerá de manera decisiva de que cuente con mecanismos reales de aplicación y de que ambas partes logren acordar estándares comunes y creíbles para cuestiones como los subsidios y las disciplinas de distorsión del mercado, que siguen siendo el núcleo del conflicto comercial bilateral”, concluye.




















