“Desde el principio, mi objetivo fue vincular la sostenibilidad con la identidad cultural turca”, explicó Huner Aldemir, diseñadora turca de moda sostenible, a TRT Español. “Empecé trabajando con velas, que no forman parte de la moda tradicional, pero están estrechamente ligadas al mar. Les dimos una segunda vida sin perder su espíritu náutico, utilizando cuerdas, cierres anticorrosión y símbolos inspirados en la navegación”.
“Más tarde entendí que la sostenibilidad también debía significar rescatar textiles patrimoniales”, recordó, al encontrar en la casa de su abuela hace siete año un vestido desteñido de Sile Bezi, algodón orgánico lavado tradicionalmente con agua del mar Negro y secado en las playas de Sile, cerca de Estambul. Ligero y fresco, el tejido mostraba cómo una tradición centenaria estaba a punto de desaparecer de la moda.
“Me pregunté por qué no recuperarlo a través de diseños actuales”, señaló Huner al describir el impulso que la llevó a investigar la historia de este material, el trabajo de las artesanas que aún lo elaboran y la memoria cultural que conserva.
Ese hallazgo dio lugar a dos años de investigación que culminaron en Ferah, una marca cuyo nombre significa “frescura” o “amplitud” en turco. En colaboración con artesanas locales, esta diseñadora se propuso reinterpretar los textiles tradicionales para las nuevas generaciones, combinando la herencia familiar con una mirada contemporánea.
Diseñadora desde siempre
La sensibilidad creativa de Huner se gestó desde la infancia, marcada por el entorno familiar y el trabajo artesanal. Nacida en Estambul en 1986, creció en el barrio costero de Fenerbahce, en el lado asiático de la ciudad y con vistas al mar de Mármara. A los ocho años ya tenía claro que quería dedicarse al diseño de moda.
“Nunca pensé en otro camino. En mi familia era algo natural. Mi abuela cosía su propia ropa y mi tía, que era modista profesional, me enseñó mis primeros puntos”, recordó.
Su primera creación fue un pequeño bolso confeccionado con retales. “No era perfecto, pero me dio una gran sensación de logro”, señaló, al evocar sus primeros pasos en el mundo del diseño.
Un viaje al extranjero
Aunque su cercanía a la costa marcaría su trayectoria creativa, la carrera de Huner comenzó en el competitivo mundo de la moda de Nueva York tras formarse en el Pratt Institute. Allí obtuvo la licenciatura en Bellas Artes con especialidad en diseño de moda, etapa que, según explicó, le dio “otra perspectiva”, más cerca del “centro de la competencia”, donde diseñadores de todo el mundo buscan abrirse camino.
Posteriormente trabajó dos años con el diseñador chino-estadounidense Peter Som, experiencia que le mostró el ritmo exigente de la moda de lujo y la creación de varias colecciones anuales. Fue allí donde empezó a notar una realidad que la inquietó.
“Como muchos, yo soñaba con telas lujosas y sedas sin ver el otro lado de la industria”, señala. “Empecé a observar enormes cantidades de desperdicio textil, deadstock y sobreproducción. Esa experiencia fue la primera chispa que me despertó hacia la sostenibilidad”.
La etapa dejó una huella profunda en su visión profesional. “Comprendí que el diseño no puede separarse de la sociedad ni del medioambiente. Cuando regresé a Estambul, esa conciencia se convirtió en uno de los pilares de mi marca”, agregó Huner.
Convertir residuos en oportunidad
A su regreso a Türkiye, Huner encontró una oportunidad creativa en velas de barcos desechadas del Egeo y el Mediterráneo, hechas de materiales como poliéster Dacron o Kevlar, que suelen acabar en vertederos tras una o dos temporadas.
Retomando su vínculo con la costa turca, visitó puertos deportivos y contactó a propietarios de embarcaciones para recolectar velas en desuso, identificando su potencial como materia prima.
“Así nació Huner en 2017”, explicó, refiriéndose a su marca de moda sostenible basada en un sistema de cero residuos. La filosofía del proyecto surge como respuesta a una industria marcada por el exceso: según la Global Fashion Agenda, el mundo genera 92 millones de toneladas de residuos textiles al año.
“La moda rápida produce miles de prendas cada semana, que se consumen y se desechan con la misma rapidez. Ese es el ciclo que queremos romper”, afirmó Huner.
Superar los desafíos
El proceso estuvo lejos de ser sencillo. Convertir velas náuticas en bolsos resultó más complejo de lo previsto, ya que los tejidos están diseñados para resistir sol, sal y viento. “Incluso los curtidores profesionales que trabajan con cuero tenían dificultades”, reconoció Huner.
Los primeros prototipos fallaron: las esquinas se rasgaban y las costuras no soportaban el peso. Tras meses de pruebas, desarrolló técnicas propias de refuerzo, incorporando capas adicionales, hilo industrial y recubrimientos resistentes a la humedad.
Las velas llegan en piezas de 60 a 100 metros cuadrados, algunas con números de competición o marcas de sol y sal. “No oculto las imperfecciones. Las entiendo como parte de la belleza y de la historia de cada bolso”, explicó.
En su trabajo emplea distintos materiales náuticos, cada uno con técnicas específicas. Las velas de Dacron de yates recreativos duran de siete a diez años y resisten las inclemencias; las de competición son ligeras y robustas, pero se degradan más rápido.
Cada tipo de material requiere técnicas y cuidados distintos. “No es solo un bolso; es una pieza hecha a partir de una vela que cruzó el Mediterráneo o participó en una regata”, señaló, en referencia a la herencia marinera de Türkiye. “Este proceso es una lección de sostenibilidad: la belleza no siempre reside en lo nuevo, sino en aquello que ya ha tenido otra vida”.
Raíces en Estambul
Desde su taller de apenas 10 metros cuadrados en Sisli, un barrio densamente poblado en el corazón de Estambul, Huner transforma restos marítimos en accesorios duraderos. “Me di cuenta de que aquello que se consideraba desecho podía convertirse en un producto funcional y estético, con valor ambiental y emocional”, señaló.
Hoy nada se desperdicia: piezas grandes se convierten en bolsos, recortes en carteras o llaveros, y fragmentos diminutos se usan en proyectos artísticos; incluso el papel adherido a algunos materiales se reutiliza como sobres. “Nuestro taller ya ni siquiera tiene un cubo de basura”, aseguró.
Huner sigue una filosofía sostenible, produce prendas fuera de temporada y evita campañas masivas de descuentos como el Black Friday, así como la producción masiva.
“Solo fabricamos lotes limitados una vez que se agota el stock anterior”, explicó. “Cada bolso está hecho a mano y requiere tiempo para diseñarlo, cortarlo y coserlo, lo que le otorga una vida mucho más larga que cualquier artículo de moda rápida.”
Un legado en construcción
La visión de Huner ha trascendido su taller: a medida que ganaba reconocimiento, navegantes en Türkiye comenzaron a donar velas usadas.
El compromiso de la diseñadora con la reutilización de materiales marítimos le dio proyección internacional. Desde su creación, Huner se ha exhibido en varios países, lo que, según ella, “tuvo un gran impacto” en su trayectoria. En 2016, colaboró en Project Darzanà, el pabellón de Türkiye en la Bienal de Arquitectura de Venecia, diseñando un bolso que acompañaba un catálogo construido con restos del astillero del Cuerno de Oro.
Cinco años después, fue una de las nueve diseñadoras seleccionadas mundialmente para Fashion Open Studio en la COP26 de Glasgow, donde presentó el cortometraje “A Sail’s Journey to Its Second Life”, sobre la transformación de materiales marinos desechados en productos funcionales.
Hoy, Huner sueña con un espacio más amplio que funcione como “laboratorio abierto”, conectando diseño, sostenibilidad y comunidad, donde jóvenes puedan aprender a convertir residuos en objetos útiles e incorporar materiales nuevos, como sobrantes industriales o desechos de otros sectores.
La huella sostenible de Türkiye
“La lección más importante es que la sostenibilidad no es un eslogan, sino una práctica diaria”, aseguró Huner. “Comienza en los detalles: la elección del material, las técnicas de corte, la gestión de residuos, el embalaje y los envíos.”
La diseñadora afirma que la moda puede ser justa, transparente y respetuosa con el planeta, subraya que la sostenibilidad no es un lujo sino una “responsabilidad moral” y se muestra optimista sobre el futuro de la moda en Türkiye.
“Estamos aún en una etapa inicial frente a Europa, pero la conciencia entre los jóvenes crece, aumenta el interés por lo local y eventos internacionales como la COP26 han generado nuevas oportunidades”, concluyó al referirse al desafío de alejar a los consumidores de la moda rápida. “Con la riqueza textil y artesanal de Türkiye, creo que el país puede convertirse en un centro global de moda sostenible si invierte con inteligencia”.
Este artículo fue redactado por Hajar Elkahlaoui y reportado por Mohammad Bashir Aldaher.
















