Washington, Estados Unidos — No sabía leer ni escribir, nunca había ido a la escuela. Como sus padres, desde muy pequeño José Isidro Reyes había trabajado en el campo. Lo que sí sabía era que quería cambiar de vida, y con 20 años decidió viajar desde El Salvador a Estados Unidos. Hoy, más de 50 años después, su negocio es el restaurante salvadoreño en activo más antiguo de Washington, y uno de los más emblemáticos.
El Tamarindo es un lugar especial. Es conocido por sus pupusas, esas tortas de harina de maíz representativas de El Salvador rellenas de carne, queso o frijoles, entre muchas otras opciones, y que se acompañan con una ensalada de repollo picado y una salsa de tomate.
Pero sus recetas salvadoreñas y mexicanas no son lo único que atrae a los clientes a este mítico local. También destaca por contar con uno de los precios más ajustados de la ciudad y por sus amplios horarios de apertura. Además porque permite contemplar y comprar arte latino y porque logró construir un espacio en el que es posible desde teletrabajar tomando una horchata hasta aprender a cocinar sus famosas pupusas.
Aunque no siempre fue así.
José recuerda perfectamente las condiciones en las que abrió el negocio en 1982, sin mayor experiencia en este sector, más que por haberse desempeñado como “busboy”, es decir, retirando los platos sucios en otros restaurantes. Desde ese punto de vista, hoy contempla con satisfacción ese enorme local que cada noche está lleno de vida, y donde él, pese a tener más de 70 años, sigue pasando los siete días de la semana.
Del campo de El Salvador al centro político del mundo
“Me siento contento y feliz de haber logrado lo que quería. Yo creo que para una persona que viene a este país en las condiciones bien precarias es un gran éxito”, cuenta el fundador del Tamarindo durante una entrevista con TRT Español en el restaurante, y que interrumpe un par de veces, disculpándose, para ir a atender a comensales que acaban de entrar por la puerta.
Ahora quienes regentan el local son sus hijas Ana Reyes y Evelyn Andrade, pero él no puede evitar acudir “a echar una mano”. Quien frecuenta el lugar sabe que él está siempre allí, como un miembro más del personal. “No descanso ni un día, solamente cuando estoy enfermo”, asegura.
A José nunca le faltó trabajo desde que llegó a Washington. Según recuerda, desde entonces apenas ha dejado de trabajar una semana, entre un puesto y otro. Por aquella época, compartía piso con un amigo y pagaban 45 dólares al mes de alquiler, y cobraba dos dólares la hora, trabajando en la construcción o en restaurantes. A menudo se veía obligado a compatibilizar dos empleos. Ahora el alquiler medio en la ciudad ronda los 2.500 dólares mensuales, y el salario mínimo está en los 17 dólares por hora.
Aun así, esas difíciles condiciones eran mejores que su vida en el campo en El Salvador, donde con su familia se dedicaba al cultivo del algodón, del arroz y del ajonjolí. “Dependo de una familia bien pobre, no teníamos recursos económicos y quería un futuro mejor. Quería superarme y estar en otras tierras que me ofrecieran algo diferente”, recuerda Reyes. En aquel momento, solo conocía a una persona que había viajado a EE.UU., pero fue suficiente para decidir intentarlo. “Cuando volvió, se le vio un cambio al hombre, se le vio que había progresado”, hace memoria.
Una familia que nació y creció en el Tamarindo
José Reyes y su entonces esposa abrieron el restaurante casi una década después de la llegada de él al país. A partir de ese momento su vida empezó a girar en torno al restaurante. A su hija Ana le gusta recordar que ella prácticamente nació allí, porque su madre se puso de parto mientras trabajaba en el local, y dio a luz en un coche en el aparcamiento del restaurante porque no le dio tiempo a llegar al hospital, con sus cuatro hermanos en la parte de atrás. Sus hermanos no nacieron pero sí crecieron allí, pasando más tiempo entre esas paredes que en su casa en el barrio de Columbia Heights, haciendo deberes y tareas.
Más adelante, algunos empezaron a trabajar en El Tamarindo: Ana lo hizo después de acabar la universidad, animada por su hermano, quien lo gestionaba entonces. Otra de las hermanas, Evelyn, tenía una peluquería antes de la pandemia y solo trabajaba en el Tamarindo cuando la necesitaban, pero durante la pandemia superó sus miedos a las posibles rencillas familiares y decidió unirse al negocio.
A día de hoy, Ana es la directora de operaciones y quien supervisa todo, y Evelyn lleva las finanzas, pero asegura que trabaja en todo cuando se la necesita. Para José, llevar un negocio con sus hijas no es lo más complicado: señala que lo más duro de regentar un restaurante es que el trabajo requiere de “constancia y perseverancia” como casi ningún otro, pero está feliz de cómo superan los retos para seguir adelante.
Un punto de encuentro para la comunidad latina
El Tamarindo siempre ha estado en el mismo lugar, en el barrio de Adams Morgan, la misma zona en la que José Reyes se instaló cuando llegó desde El Salvador. Tanto Adams Morgan como Columbia Heights eran entonces barrios sobre todo salvadoreños, y allí José hizo amigos venezolanos, bolivianos, españoles, “de muchas nacionalidades”. Con ellos fue a la escuela a aprender inglés, y más adelante volvió al colegio para aprender a leer y escribir mientras operaba el restaurante.
Las hermanas y dueñas del local suelen presumir de que cuando se fundó El Tamarindo acogió a muchos inmigrantes, especialmente a aquellos que sobrevivieron a dolorosas separaciones de sus familias, ya que su país de origen, El Salvador, sufría una guerra civil durante la década de 1980. Y hoy día, consideran que mantiene ese espíritu.
Para ellas, es especialmente gratificante ver cómo pese a que gentrificación ha cambiado el barrio y su cultura, muchas personas que tuvieron que marcharse de la zona vuelven ahora encantadas de encontrar el mismo restaurante, la misma familia y las mismas recetas, y les reconforta pensar que el restaurante mantiene viva su cultura en Washington.
Durante nuestra visita, el local cuenta con una figura de cartón de Bad Bunny, la estrella puertorriqueña que actuó en el medio tiempo de la última Super Bowl, y tiene expuestos camisetas, tarjetas y otros regalos que resaltan la identidad latina y hacen reír a cualquier hispanohablante. Algunos eslóganes son ‘My Spanglish es impecable’, ‘Calmate y comé pupusas’, 'Pupusas for the people' o 'You had me at pupusas'. Las paredes están decoradas con cuadros de Frida Kahlo, de una colorida prensa para tortillas de tacos y de otros motivos latinos del artista David Amoroso, e incluso hay una pintura del propio José Isidro tocando la guitarra, puesto que la música es su hobby.
Al final, todo en el restaurante recuerda a las raíces de su dueño y a ese pasado migratorio con el que tantos de sus comensales se sienten identificados. Para seguir siendo más que un restaurante, durante las semanas del Mundial de la FIFA 2026 el local se convirtió en un lugar de reunión para todos aquellos que querían ver los partidos. También habitualmente llevan a cabo eventos de recaudación de fondos y talleres de hacer pupusas, en un intento de las ahora dueñas por crear comunidad más allá de lo gastronómico.
Antes de marcharme, recuerdo que no le he preguntado a José por qué el restaurante se llama Tamarindo. Me explica que él creció al lado de la playa del Tamarindo, y no quería perder ese origen de vista, esas raíces que a él le dieron fuerza y esperanza, me explica, para tomar la decisión de su vida. A día de hoy, sigue enviando remesas de vuelta a El Salvador y lo visita a menudo. Al mismo tiempo cree que tomó la decisión correcta: “Porque uno no se tiene que quedar como está".




















