Entre casas derrumbadas, cuerpos debajo de los escombros y preguntas sobre la respuesta a la emergencia, la tragedia que dejó el terremoto de magnitud 7,4 sigue escribiéndose en Colombia. Apenas unos días después del sismo, cuando las familias que lo perdieron todo comenzaban a acostumbrarse a dormir bajo el sol, la lluvia llegó para recordarles que la catástrofe todavía no termina.
Un aguacero que cayó desde la noche del domingo en Pereira, una de las ciudades colombianas más golpeadas por el terremoto del pasado 10 de agosto, agravó las condiciones de las familias damnificadas. Hasta el viernes, el sismo había dejado en esta zona 94 fallecidos, 259 heridos y 140.000 damnificados –entre ellos, al menos 41.600 familias– y había convertido a esta ciudad, capital del departamento de Risaralda, en una de las zonas más afectadas.
La lluvia complicó la situación de las personas que permanecen en albergues improvisados tras perder sus viviendas, especialmente en el parque Olaya Herrera, uno de los principales puntos de refugio habilitados en la ciudad.
Durante la noche, las carpas instaladas por la Alcaldía tuvieron que ser cubiertas con plásticos para evitar que el agua mojara las pocas pertenencias que las familias pudieron conservar tras el sismo.
El suelo del parque también quedó completamente mojado, lo que agravó aún más las condiciones de quienes deben pasar allí la noche mientras esperan una solución habitacional.
La vida en carpa
Entre ellas está la colombiana Fernanda Londoño, una madre cuya vida cambió en cuestión de minutos cuando el sismo sacudió al país sudamericano.
"Estaba con mi abuela de 84 años y mi hijo de 18, que estaba en muletas. Estábamos en un segundo piso, pero al bajar se nos hizo un rascacielos. Los saqué como pude mientras veíamos cómo el terremoto empezó a dañar las paredes, cómo se rompían y cómo se nos caían las cosas", evocó Londoño, en diálogo con la agencia de noticias EFE.
A pesar de que eran las 7:34 de la mañana, el terremoto ocurrió bajo un sol intenso. Durante los siguientes seis días, el calor acompañó a quienes tuvieron que abandonar sus casas y acostumbrarse a dormir en carpas.

Pero desde la noche del domingo y durante este lunes, cuando se cumplen ocho días de la tragedia, la lluvia se sumó a la nueva rutina. No ha parado y, aunque no ha sido intensa, sí ha sido constante.
"Aquí estoy sola porque no quiero que ni mi abuela ni mi hijo vivan esta tragedia. Ellos están de posada en otro lugar y aquí estoy para poder apoyar a los míos", aseguró Fernanda.
Mientras sigue cayendo la lluvia, Fernanda muestra su nueva realidad: una carpa donde guarda sus pertenencias. "Aquí está todo lo que tengo. Es cómoda, perdonen por no tener sillas", añadió, al recibir a los periodistas.
Lo que ella ahora llama su "casa" mide apenas dos metros cuadrados y está hecha de lona. Allí duerme, guarda algunas prendas de vestir y espera, como miles de familias afectadas, un nuevo comienzo.
Y, a pesar de las condiciones adversas, hay algo que no falta en la zona: la solidaridad.
En algunos sectores de este barrio improvisado de tiendas de campaña, se han instalado centros de acopio para recibir agua, alimentos, ropa y artículos básicos. En otros, se han habilitado ollas comunitarias, así como espacios donde la comunidad recibe almuerzos y otras comidas preparadas por ciudadanos, organizaciones no gubernamentales y voluntarios.
Además, hay duchas portátiles, espacios de atención para mascotas y carpas donde psicólogos escuchan a personas que necesitan acompañamiento para cuidar su salud mental después de haberlo perdido casi todo.
Nelcy Mosquera, otra damnificada, contó a la agencia EFE que el día del terremoto una mujer murió dentro de uno de los edificios.
"Los vecinos lo vieron todo. Mientras descendía por una escalera, otra estructura cayó sobre ella y acabó con su vida. Desde entonces, cada escalón, cada grieta y cada ruido dentro de los edificios genera pánico", reflexionó la colombiana.
Mientras algunos vecinos regresan con bolsas de comida y otros conversan o hablan con psicólogos en las carpas, Mosquera explicó que los jóvenes también están afectados. "Los niños intentan recuperar algo de normalidad entre las carpas. Algunas pelotas sirven para jugar y también han llegado juegos didácticos", relató la mujer.
Como ella, hay centenares de personas que siguen esperando poder entrar a sus apartamentos acompañadas por expertos que determinen si es seguro hacerlo. Quieren recuperar una nevera, una lavadora, ropa, documentos o cualquier objeto que haya quedado dentro.
Pérdidas económicas
Mientras la emergencia continúa, el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, indicó este lunes que el sismo ha arrebatado la vida de, al menos, 289 personas.
"Hasta este momento se reportan 289 compatriotas fallecidos, 4.187 heridos y 143 desaparecidos. Más de 120.328 familias han sido registradas como afectadas, hay 26.945 viviendas destruidas y más de 127.557 viviendas averiadas", expresó el mandatario en una alocución al país.
Agregó que la "tragedia" se extiende a 450 municipios en 15 departamentos, lo que implica que una tercera parte del país se ha visto afectada por el terremoto.
El presidente afirmó que una primera estimación técnica realizada por una firma privada sitúa en cerca de 9.500 millones de dólares las pérdidas físicas directas provocadas por el terremoto en los departamentos más afectados.
Continúa la incertidumbre
No obstante, para quienes perdieron sus casas, el desastre no terminó cuando dejó de temblar. Ahora empieza otra espera: la de saber cuándo, cómo y dónde podrán volver a empezar.
"Sabemos que esto no es una crisis de un día o de dos o de una semana. Esto apenas está comenzando", lamentó Fernanda. "Por eso muchos vecinos estamos guardando comida para que el día que no haya, podamos nosotros hacer nuestros propios alimentos".






















