Sin cuerpo, sin despedida: los desaparecidos en Gaza dejan detrás un duelo que nunca termina
GENOCIDIO EN GAZA
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Sin cuerpo, sin despedida: los desaparecidos en Gaza dejan detrás un duelo que nunca terminaEl genocidio israelí en Gaza ha dejado a miles de familias atrapadas en un duelo suspendido: sin cuerpos que enterrar ni tumbas que visitar. Entre fosas comunes y desapariciones, madres y hermanos siguen buscando a quienes jamás pudieron despedir.
La brutal ofensiva israelí sobre Gaza no solo ha matado a más de 72.700 palestinos; también ha dejado a innumerables familias atrapadas en el duelo.

En Gaza hay madres que siguen poniendo un plato más en la mesa porque no pueden aceptar que sus hijos hayan muerto, que visitan fosas comunes sin saber si el cuerpo que buscan está realmente allí. 

La brutal ofensiva israelí sobre Gaza no solo ha matado a más de 72.700 palestinos; también ha dejado a innumerables familias atrapadas en un duelo suspendido, sin cuerpos que enterrar, sin tumbas que visitar y sin la posibilidad de despedirse. Entre edificios pulverizados, fosas comunes y cadáveres reducidos a fragmentos imposibles de identificar, cientos de personas permanecen desaparecidas mientras sus seres queridos viven atrapados entre la esperanza y la certeza de la pérdida.

Estas son las historias de Sabreen Baraka, Areej Saleh y Mohammad Kamal, tres personas de Jan Yunis unidas por el mismo dolor: no saber dónde están aquellos a quienes perdieron y no haber podido decirles adiós.

“Mientras no entierre a mi hijo, sigue vivo”

“Ihab es una parte de mí, una parte de mi corazón. He perdido una parte de mi corazón”.

Cuando Sabreen Baraka, madre palestina de 49 años, habla de su hijo desaparecido, no utiliza el pasado. Habla de Ihab como si todavía pudiera cruzar la puerta en cualquier momento. Han pasado más de dos años desde la última vez que supo de él, pero para ella el tiempo quedó suspendido el 14 de octubre de 2023, el día en que Ihab desapareció durante un bombardeo israelí en Jan Yunis, en la llamada “zona amarilla”, una de las áreas más devastadas del sur de Gaza.

Desde entonces, no ha habido cuerpo, ni funeral, ni tumba. Solo preguntas que se repiten una y otra vez dentro de su cabeza como una herida abierta que nunca termina de cerrar.

“¿Qué pasa con Ihab? ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está su cuerpo? ¿Quién lo encontró? ¿Quién lo enterró?”.

Su familia inició una búsqueda desesperada entre hospitales y centros médicos donde llegaban restos irreconocibles recuperados de zonas bombardeadas. Pero lo que encontraban no permitía identificación alguna: eran huesos, cráneos y restos mutilados.

“Incluso si uno de esos cuerpos hubiera sido Ihab, ¿cómo podría reconocerlo?”, pregunta Sabreen.

La experiencia terminó destruyendo también la salud de su esposo, que sufrió un colapso tras semanas enfrentándose a aquellas escenas. 

Pero Sabreen nunca consiguió aceptar lo que todos empezaban a asumir: que Ihab probablemente había muerto. “Mi mente se niega a aceptar que Ihab haya sido martirizado. Mientras no haya enterrado a mi hijo, él sigue presente y vivo”, explica.

No fue hasta una primera tregua temporal, un mes después de la desaparición, en noviembre, cuando la familia pudo regresar al lugar donde Ihab había sido visto por última vez. Buscaron entre calles destruidas y edificios reducidos a escombros, pero no encontraron nada. La zona había sido completamente arrasada por maquinaria militar israelí.

Dos meses después de la desaparición de Ihab, en diciembre de 2023, otro de sus hijos, Mohammed, murió en un ataque israelí. Pero esta vez la experiencia fue distinta: pudieron recuperar el cuerpo, despedirse de él y enterrarlo.

Ese gesto —ver el cuerpo, rezar sobre él, saber dónde descansa— marcó una diferencia enorme en la manera de afrontar el dolor.

“Cuando voy a la tumba de Mohammed siento paz”, explica Sabreen. “Siento que estoy sentada con él. Pero Ihab no tiene tumba. Estoy siempre perdida, siempre buscándole”.

La ausencia de un cuerpo congela el duelo y prolonga el dolor. Como la familia Baraka —cuyo apellido significa “bendición” en árabe— miles de familias en Gaza viven atrapadas en la agonía de no saber dónde están sus seres queridos, sin saber si están vivos o muertos.

“Deseo reunirme con mis hijos un día”, dice Sabreen. “Bien sea en esta tierra o en el cielo”.

“¿Cómo se despide una persona de alguien que nunca volvió?”

A principios de diciembre de 2023, Mohammed Saleh desapareció. Tenía 29 años, dos hijos pequeños y una esposa de 22. La familia ya había sido desplazada varias veces por los bombardeos israelíes sobre Jan Yunis, obligada a abandonar su casa junto a miles de personas que huían de los ataques sobre el este de Gaza.

Areej, su hermana, cuenta que el día que Mohammed desapareció, había salido a buscar pan y leche para familias desplazadas cerca de Bani Suheila. Habían pasado apenas unos pocos días después de que terminara una breve tregua y la ofensiva israelí volviera a intensificarse sobre el sur de Gaza.

Mohammed nunca regresó. Y entonces comenzaron las llamadas.

“¿Dónde está Mohammed?”

Al principio, la familia pensó que quizá se había refugiado en otra zona o que estaba incomunicado en medio del caos. Lo buscaron entre familiares, amigos y hospitales. 

Poco después comenzaron a circular informaciones sobre un bombardeo cerca del lugar donde había sido visto por última vez, pero la familia se negó a aceptar su muerte. Durante días mantuvieron la esperanza de que estuviera detenido o con vida.

“Nunca esperamos que hubiera sido añadido a la lista de muertos”, explica Areej. “Había estado con nosotros hacía apenas unas horas. ¿Cómo podíamos imaginar que en un solo instante había desaparecido para siempre?”

La búsqueda se interrumpió cuando los tanques israelíes entraron en Jan Yunis y los bombardeos se intensificaron, lo que obligó a la familia a huir una vez más. Durante meses, siguieron buscando su nombre en listas de detenidos y desaparecidos, hasta que finalmente confirmaron que Mohammed no estaba en ninguna prisión israelí.

“¿Cómo puedes despedirte de alguien que está ausente?”, pregunta. 

Más tarde, les informaron de que había sido enterrado junto a otros cuerpos no identificados en una fosa común. Sin embargo, durante la invasión al Hospital Nasser, la familia perdió el registro exacto del lugar.

Ahora, la madre de Mohammed visita una fosa común sin saber si el cuerpo de su hijo realmente está allí. “No sabemos cuál de los cuerpos es el suyo”, dice Areej. “Solo sabemos que probablemente está entre ellos”.

Y esto ha marcado por completo el duelo de la familia.

“Cada mañana siento dolor porque no lo veo frente a mí”, cuenta. “En mi memoria sigue vivo, lo veo en todos sus detalles. Si hubiera visto sus restos, las cosas serían diferentes. No del todo, pero podría haber aceptado su fallecimiento”.

Los hijos pequeños que Mohammed dejó atrás continúan preguntando por él. En las reuniones familiares, su ausencia reaparece constantemente: durante el Ramadán, en las comidas de los viernes y en celebraciones donde su silla permanece vacía.

“Sus hijos llaman ‘Baba’ a sus tíos y a su abuelo”, relata Areej. “Es una historia de dolor que vivimos todos los días”.

“Lo único que quiero es enterrar a mi hermano”

Mohammad Kamal tenía 25 años cuando perdió a su hermano Omar en septiembre de 2025. Desde entonces, vive atrapado entre la rabia, la impotencia y una pregunta que no deja de perseguirlo: dónde está su cuerpo.

Omar tenía 20 años. Según su hermano, era un joven lleno de vida, apasionado por la moda, la comida y el comercio. “Era mi amigo, mi amado”, dice Mohammad. “Tenía carisma, una presencia especial. Dejaba su huella en cada lugar al que iba”.

Como tantos otros palestinos durante la ofensiva israelí sobre Gaza, Omar desapareció en la llamada “zona amarilla”, áreas sometidas a ataques intensos donde muchos cuerpos quedaron atrapados bajo los escombros o nunca pudieron recuperarse. Desde entonces, su familia no ha logrado encontrarlo.

“Siempre dicen que el momento más duro es el de la despedida”, explica. “Pero yo creo que el momento más duro es una pérdida sin despedida”, explica Mohammad. Incluso ahora, meses después de su desaparición, sigue sin procesar lo ocurrido porque nunca pudo ver el cuerpo de su hermano.

Y entonces comenzó la búsqueda: hospitales, listas de desaparecidos y centros donde llegan restos humanos recuperados de zonas bombardeadas.

Pero lo que encontraban no eran cuerpos, eran huesos, cráneos y restos mutilados imposibles de identificar. “Cuando la gente me pregunta si hemos encontrado a mi hermano, me muero de rabia y se me rompe el corazón”, explica. “No hay cuerpos entre los que buscar. Solo huesos”. 

Dada la zona en la que Omar desapareció, añade, “ya se sabe cuál es el destino de los cuerpos: o la cautividad, o ser devorados por los perros”.

“La sensación del martirio de Omar es inolvidable. Es como una puñalada en el corazón”. 

Y sin cuerpo, tampoco hay tumba.

“Es lo más simple que pedimos”, reclama. “Si hubiera una tumba, podría empezar a aceptarlo. Iría a hablar con Omar, lloraría sobre ella y sentiría alivio sabiendo que tiene un lugar”.

La ausencia de ese lugar físico persigue incluso a Mohammad en funerales ajenos. Cuando ve a otras familias despedir a sus muertos, siente una mezcla insoportable de dolor y envidia. 

“Pienso que ojalá fuese Omar al que llevan”, admite. “Ojalá pudiera verlo envuelto en un sudario y rezar sobre él”.

Con el tiempo, empezó incluso a acudir a funerales de otros mártires buscando algún tipo de conexión con su hermano. “Empecé a despedirme de otros mártires para pedirles que le llevaran mis saludos a Omar”.

Pero el dolor, dice, no disminuye. “La tristeza y el sufrimiento no hacen más que aumentar. Quiero el cuerpo de mi hermano”. 

Es una petición que repite constantemente la madre de ambos jóvenes, tan simple como devastadora: quiere enterrar a su hijo. 

“Cuando veo a mi madre llorando y diciendo ‘quiero enterrar a tu hermano’, me siento impotente”, dice Mohammad. “Intento ser fuerte por ella, pero dentro de mí hay una voz que dice: tú tampoco puedes soportarlo”.

“Todo lo que quiero ahora”, dice, “es encontrar el cuerpo de mi hermano y enterrarlo”.

Un duelo suspendido

Una puñalada en el corazón, un dolor como una aguja que se clavaba cada vez más profundamente en el corazón. Una parte del corazón que se ha perdido. 

Las historias de Sabreen, Areej y Mohammad comparten la misma herida: la imposibilidad de despedirse. Mohammad concluye que “la ocupación usa estas tácticas de forma deliberada, para asegurarse de que el dolor y la opresión lleguen al corazón”. Detrás de cada desaparecido hay una vida interrumpida, una familia rota y alguien que sigue esperando.

“Todos nuestros mártires son héroes de Palestina”, dice Sabreen. “No quiero que sea Ihab un número, quiero que recuerden su nombre”.

Además, también comparten la desesperanza. 

Como explica Sabreen, más de dos años y medio de ofensiva genocida han transcurrido ante la mirada internacional, y la crueldad no se detiene. “El mundo está dormido y no quiere despertar”, sentencia.

Mohammad siente que fuera de Gaza nadie alcanza a comprender realmente el sufrimiento de quienes siguen buscando a sus desaparecidos. “No solo hay ceguera”, afirma, “no hay humanidad”.

Areej concuerda: “No creo que el mundo sienta realmente nuestro dolor. Si lo sintiera, la ofensiva se habría detenido en la primera semana”.

Y vuelve una vez más a la misma petición sencilla y desesperada: “Amamos a todas las personas del mundo. Así que ámennos como nosotros los amamos a ustedes. Miren lo que está haciendo la ocupación. Deténganles ahora para que el derramamiento de sangre palestina termine”.

Este artículo fue redactado por Clara Portela y reportado por Roba Tayiem.


FUENTE:TRT Español