Opinión
COPA MUNDIAL 2026
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Lo que se siente ser argentino durante un Mundial: del amor al rechazo, sin perder la ilusión
Durante el Mundial, la pasión por el fútbol pesa más que cualquier diferencia en Argentina. En medio de contradicciones y rechazo, Messi y la Scaloneta nos siguen regalando sonrisas, a un país que se ilusiona con la misma intensidad con la que sufre.
Lo que se siente ser argentino durante un Mundial: del amor al rechazo, sin perder la ilusión
La selección es el corazón de un país que encuentra, aunque sea durante 90 minutos, un consuelo en medio de su caos.

Ser argentino durante un Mundial es vivir una contradicción incesante. Es pasar del "acá todo funciona mal" al “somos los mejores del planeta”. Es vivir entre el amor y el odio: el cariño que llega desde el exterior y el rechazo que puede aparecer de un día para otro. No es solo fútbol: es sufrir con un partido, emocionarse hasta las lágrimas con un gol y sentirse más conectado que nunca a las raíces.

Cuando llega la Copa del Mundo, el país cambia de ritmo. Durante un mes, la felicidad de millones de personas parece depositarse en esos 11 futbolistas. Suena exagerado. Pero cualquiera que haya crecido en Argentina sabe que no lo es. 

Después de vencer a Inglaterra y clasificarnos a otra final, miles empezaron a buscar cualquier forma de viajar a Nueva York. Algunos incluso hablaban, medio en serio y medio en broma, de hipotecar su casa para poder estar presentes en uno de los partidos más caros de la historia.

Yo entiendo esa locura. Pasé seis años soñando y ahorrando para ir al Mundial de Qatar 2022. Y esa experiencia superó todo lo que había imaginado. Este año cubrí mi segunda Copa del Mundo en México, y reviví esos sentimientos imposibles de explicar. Esa sensación que también está en las calles de Argentina, en los festejos multitudinarios, en las canciones eternas.

En el Mundial aparece la ilusión compartida: si el equipo sufre, sufrimos todos, y sentimos que formamos parte del resultado. De ahí nacen las famosas cábalas: si una camiseta te dio suerte, no te la cambiás en todo el Mundial; si el gol llegó cuando estabas en el baño, no salís hasta que termina el partido. Una especie de magia colectiva que nos hace creer que, de alguna manera, todos estamos en la cancha.

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Enamorados

Cuando hablamos del Mundial, del equipo apodado “Scaloneta” o de nuestro capitán Lionel Messi, las caras se transforman como si estuviéramos enamorados. 

Pero lo que emociona de este equipo no es solamente que gane: de hecho, si somos sinceros, este Mundial estuvo lejos del nivel futbolístico de Qatar. Pese a todo, siempre dejó su corazón en la cancha, y justo eso es lo que más nos representa: crecimos en un país donde muchas veces faltan estabilidad, trabajo y previsibilidad, pero aprendimos a seguir peleando incluso cuando parece que todo está perdido.

Por eso esta selección nos enloquece tanto, siempre da la sensación de que va a buscar un gol más, una última oportunidad. Tiene la personalidad del argentino que golpea mil puertas hasta conseguir trabajo, que vuelve a empezar una, dos, cien veces.

Y si esta forma de entender el fútbol tiene un nombre, se llama Lionel. El tan criticado y querido Messi. Si me preguntan por qué lo quiero tanto, probablemente ni siquiera hablaría de goles. Diría que durante años fue una de las pocas personas capaces de regalarles un momento de felicidad a millones de argentinos. En un país donde casi siempre sobra algún motivo para preocuparse, desde un chico en un pueblo remoto hasta alguien que perdió el trabajo o una familia que hace cuentas para llegar a fin de mes, han encontrado en él una excusa para sonreír.

Por eso en Argentina se habla del privilegio de ser contemporáneos de Messi. No solamente por su talento, sino por todo lo que hace sentir.

Rechazo

Pero este Mundial también me hizo sentir algo que nunca había experimentado a tal nivel: rechazo. Mientras la selección avanzaba, empecé a encontrar en redes sociales miles de personas sumándose al "cualquiera menos Argentina", alentando a Cabo Verde, Egipto, Suiza o Inglaterra solamente porque jugaban contra nosotros. Escuché a mexicanos cantar "América Latina, menos Argentina" y abuchear mi himno nacional.

Y dolió descubrir que cada vez más gente quería ver perder al equipo que más alegrías le dio a mi país.

¿Por qué pasó esta ola de rechazo? No hay una única explicación. Algunos hablan de las polémicas arbitrales y creen que la FIFA favorece a Argentina. Otros recuerdan los comentarios racistas de algunos hinchas, hechos que deben investigarse y condenarse, pero que difícilmente representen a un país entero. También hay quienes relacionan ese rechazo con el alineamiento internacional del Gobierno de Javier Milei en medio del genocidio en Gaza.

Al mismo tiempo, Argentina dejó de ser el equipo que despierta compasión. Ya no es la selección que buscaba saldar la deuda del Mundial para Messi. Ahora es, con orgullo, el campeón. Y los campeones suelen despertar admiración, pero también aburrimiento y sospechas.

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Ilusionados

Pero hay algo que ni una ola internacional de rechazo va a poder cambiar: cada vez que Argentina juegue, las familias volverán a reunirse. Volverán los abrazos, los nervios, las cábalas y los gritos de gol. Los barrios volverán a llenarse de banderas y los chicos seguirán soñando con ser Messi.

Eso es, para mí, lo que realmente representa esta selección.

Es el corazón de un país que encuentra, aunque sea durante 90 minutos, un consuelo en medio de su caos. Y nos recuerda que, pese a todas nuestras diferencias, hay algo que nos une y nos enorgullece: esa bandera celeste y blanca que, cuando hay alguna nube, se dibuja alta en el cielo, con un sol naciente. 

FUENTE:TRT Español
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