Durante 40 días, uno de los lugares más importantes para los musulmanes permaneció completamente cerrado: la mezquita de Al-Aqsa. Cuando Estados Unidos e Israel iniciaron la guerra contra Irán, a fines de febrero, los palestinos fueron totalmente impedidos de entrar al complejo e incluso a la Ciudad Vieja de Jerusalén Este ocupada.
Fue justo durante el Ramadán, el mes sagrado en el que los musulmanes realizan el ayuno y en el que el recinto suele colmarse de fieles, cuando las fuerzas israelíes restringieron el acceso. Instalaron puestos de control y recurrieron al uso de la fuerza contra quienes intentaban rezar, incluso en las inmediaciones del lugar.
Después de 40 días de silencio, las puertas de Al-Aqsa volvieron a abrirse para los musulmanes el pasado jueves. Sin embargo, todo esto está provocando una fuerte alarma entre organismos palestinos e islámicos, que denuncian que Israel intenta normalizar estos operativos.
La policía israelí, respaldada por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, de ultraderecha, ha elaborado un marco para reabrir el "Monte del Templo" a los visitantes en grupos de hasta 150 personas a la vez, según informó un canal de televisión israelí el pasado 5 de abril.
Un día después, Ben-Gvir irrumpió en el recinto de la mezquita, presionando para la adopción del nuevo plan. Y volvió a ingresar al complejo este domingo, bajo una fuerte protección policial.
El nuevo plan, argumentó, era consistente con la reciente decisión del Tribunal Supremo de permitir protestas antibélicas de hasta 150 personas en Tel Aviv. “No puede haber una norma para los manifestantes y otra para el Monte del Templo”, afirmó.
Sin embargo, el tribunal ofreció poco consuelo a quienes esperaban que pudiera servir de freno a la erosión más amplia del estatus de Al-Aqsa.
“Cuando Ben-Gvir llevó su caso al Tribunal Supremo israelí, citando su decisión de permitir 600 manifestantes en la Plaza Rabin de Tel Aviv como justificación para admitir 150 colonos, el tribunal rechazó su solicitud”, según el profesor Mustafa Abu Sway, estudioso de Filosofía y Estudios Islámicos en la Universidad Al-Quds.
“Pero el razonamiento del tribunal es más inquietante que su fallo. La decisión se refirió al lugar exclusivamente como el “Monte del Templo”, sin mencionar en absoluto la mezquita de Al-Aqsa”, declara Abu Sway, miembro de alto rango del Waqf Islámico en el este de Jerusalén ocupado, que administra la Mezquita de Al-Aqsa, a TRT World. “Al contrario de lo que podría sugerir el enfoque de 'acceso igualitario', esta narrativa no pone a los colonos judíos en pie de igualdad con los musulmanes. ¡Es peor! La mezquita de Al-Aqsa y los musulmanes se volvieron invisibles”, añade.

El complejo Haram Al-Sharif, que alberga la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca, ha estado bajo administración islámica continua a través del Waqf de Jerusalén desde el siglo VII. El término “Monte del Templo”, utilizado por Israel y cada vez más por gobiernos y medios de comunicación occidentales, enmarca el lugar dentro de una reivindicación histórica judía, al tiempo que desplaza la denominación islámica y su administración, vigente de forma ininterrumpida durante catorce siglos.
Al-Aqsa pertenece a los musulmanes
El problema legal del plan, incluso en su presentación de apariencia neutral en tiempos de guerra, es significativo.
La mezquita de Al-Aqsa no es un lugar compartido según el derecho internacional.
El marco que rige el recinto se remonta a 1967, cuando el entonces ministro de Defensa israelí Moshe Dayan llegó a un acuerdo con el Waqf Islámico de Jerusalén, el organismo designado por Jordania que administra el lugar, estipulando que sus santuarios sagrados “pertenecen al islam” y permanecerían bajo administración islámica.
Ese acuerdo se convirtió en la base del tratado de paz entre Israel y Jordania de 1994, que comprometió a Israel por escrito a respetar la custodia jordana de los lugares sagrados musulmanes en Jerusalén.
En 2015, un acuerdo entre Israel, Palestina, Jordania y Estados Unidos lo reafirmó una vez más.
Pero ahora, el nuevo plan de Israel considera invisibles a los palestinos, quienes no tienen ningún reconocimiento administrativo en Al-Aqsa. Es un cambio de estatus, logrado sin modificar un solo tratado sobre el papel.
“Los intentos de cambiar el status quo histórico son continuos”, afirma el profesor Abu Sway. “Comenzaron en 2003, cuando la policía israelí empezó a permitir unilateralmente la entrada de colonos judíos a los patios hasta llegar a la parte oriental del recinto de la mezquita”.
“Desde entonces, Ben-Gvir ha profundizado esa intromisión; los colonos ahora rezan dentro del recinto, llevan textos religiosos y están permanentemente acompañados por fuerzas de seguridad israelíes”, explica Abu Sway.

El Ministerio de Relaciones Exteriores palestino declaró que el cierre de la mezquita y el endurecimiento de las restricciones en torno a la Ciudad Vieja de Jerusalén violaban el status quo histórico y jurídico en el lugar, y corrían el riesgo de avivar las tensiones entre los palestinos y los fieles de todo el mundo.
“Esta incursión forma parte de una política sistemática llevada a cabo a nivel del gobierno israelí para imponer una nueva realidad por la fuerza y socavar el status quo en Jerusalén Este, especialmente en la mezquita de Al-Aqsa y en la Iglesia del Santo Sepulcro”, declaró el ministerio. "Estas medidas se enmarcan en un proyecto colonial más amplio destinado a judaizar Jerusalén y sus lugares sagrados, desplazar a la población palestina indígena y alterar el carácter jurídico, histórico y cultural de la ciudad”, agregó.
El ministerio también reiteró que la mezquita de Al-Aqsa “en su superficie total de 144 dunams es un lugar de culto exclusivamente para los musulmanes”, añadiendo que Israel no tiene soberanía sobre Jerusalén Este ocupada ni sobre sus lugares sagrados.
Normalizando la ocupación
El impulso para normalizar el control israelí sobre Al-Aqsa no comenzó con el nuevo plan de Ben-Gvir. Durante años, políticos israelíes de extrema derecha han irrumpido en el recinto y han ampliado ilegalmente de forma incremental los horarios de visita de los colonos. Incluso han presionado para permitir la oración judía en un lugar donde está explícitamente prohibida en virtud de todos los acuerdos firmados por Israel.
Esa presión ha encontrado aliados dispuestos en Washington. En octubre de 2025, la congresista republicana Claudia Tenney presentó la Resolución de la Cámara 852, afirmando que Israel mantiene la soberanía sobre el Monte del Templo. La resolución fue copatrocinada por el representante Clay Higgins y respaldada por la Organización Sionista de América y otros grupos de extrema derecha.
“Los extremistas “Israel primero” en el Congreso siguen impulsando legislación que trata a Tierra Santa como un escenario para la profecía en lugar de un lugar de paz. Esto no es más que una peligrosa maniobra publicitaria diseñada para complacer a los partidarios del genocidio y a los extremistas religiosos”, según el director de Asuntos Gubernamentales del Consejo sobre Relaciones Americano-Islámicas (CAIR), Robert S. McCaw.
“Combinado con estas incursiones documentadas de colonos israelíes ilegales, esto socava los tratados reconocidos internacionalmente y el frágil status quo en uno de los lugares religiosos más sensibles del mundo”, añade.
Los números revelan la plena dimensión de lo que se propone. El recinto de Al-Aqsa abarca 144.000 metros cuadrados y puede albergar a más de 400.000 fieles. La sala de oración de la mezquita Qibli por sí sola tiene capacidad para 5.000 personas. La Institución Internacional Al-Quds señaló que 150 personas no llenarían ni siquiera la primera fila de esa sala.
Antes de la guerra, miles de palestinos rezaban en las cinco oraciones diarias; los viernes, los patios rebosaban de gente. Una capacidad de 150 personas reduce, en consecuencia, el acceso en más del 99%, mientras que los grupos de colonos reanudarían sus visitas en cifras superiores a cualquier registro anterior.
Otros elementos han intensificado aún más la tensión. Grupos palestinos e islámicos han denunciado repetidos intentos de grupos extremistas israelíes de introducir animales de contrabando en el recinto durante la Pascua judía, para llevar a cabo sacrificios rituales.
Durante los 40 días de cierre, los israelíes continuaron rezando en los túneles bajo el recinto. Mientras tanto, fieles palestinos fueron fotografiados arrodillados en las aceras fuera de las murallas de la Ciudad Vieja, al no poder acceder a la mezquita debido a la presencia de la policía israelí en sus accesos.
Las organizaciones palestinas advirtieron de que el plan, si se implementa, pondría a Ben-Gvir al mando de los asuntos cotidianos de la mezquita, empujando a los palestinos a los márgenes de un lugar que han administrado durante generaciones.
Jordania, Qatar, Türkiye y la Organización de Cooperación Islámica condenaron esta situación. Por su parte, Washington, signatario del acuerdo de status quo de 2015, no ha ofrecido ninguna respuesta.
Las autoridades israelíes enmarcaron el cierre en razones de seguridad pública. Pero Abu Sway cuestiona esa justificación y la califica de infundada: “Los asuntos de Al-Aqsa están estrictamente bajo la jurisdicción del custodio hachemita de los Santos Lugares de Jerusalén, Su Majestad el Rey Abdalá II (de Jordania)”.
“El cierre constituye una violación del derecho internacional, y el argumento de la seguridad no se sostiene; la Mezquita de Al-Aqsa cuenta con salas subterráneas, como la sala Al-Marwani en la esquina sureste del recinto de la mezquita, que pueden albergar a 9.000 fieles musulmanes”, afirma Abu Sway. “Siempre que se presiona al primer ministro israelí (Benjamín) Netanyahu sobre el status quo histórico, siempre paga con palabras vacías”, añade.













