“Mi práctica trabaja con la memoria, la imaginación y la comunidad”, dice la artista y narradora palestina-jordana Sally Shalabi a TRT Español, durante una presentación en un pequeño espacio cultural en Amán, capital de Jordania. “Cuando cuento historias palestinas en inglés, insisto en que siguen siendo historias árabes que contienen parte de nuestra tradición cultural”, explica sobre el conocimiento tradicional expresado a través del lenguaje, el sonido y la estructura narrativa.
Cubierta con una kufiya en blanco y negro, símbolo de la resistencia palestina, esta artista de 49 años lleva 26 de ellos dedicada a preservar la memoria palestina y el patrimonio de Bilad al-Sham, la región histórica que abarca Palestina, Jordania, Siria y Líbano. Y lo hace a través de un camino muy especial: el hakawati, la tradición oral del narrador en árabe antes común en cafés y plazas públicas.
Para los palestinos, esta práctia ha sido durante años un espacio de comunidad y resiliencia. Desde octubre de 2023, en medio de la ofensiva israelí en Gaza, la narración de historias ha sido retomada por una generación joven, incluida la hakawati y periodista Bisan Owda, que documenta la vida cotidiana bajo la ocupación israelí.
“Hay urgencia en contar nuestras historias, pero mi enfoque es la imaginación, no la documentación”, insiste Shalabi, quien desde 2015 ha participado en cientos festivales y eventos culturales en Palestina y a nivel internacional. “Hoy los niños tienen dificultades para imaginar un futuro sin ocupación. Ahí está la urgencia”.
La alegría en la narración palestina
Nacida en Kuwait, a donde su familia fue desplazada por la fuerza, creció allí antes de establecerse en Jordania. De niña, Shalabi pasaba los veranos en Tulkarem, en la Cisjordania ocupada: su abuelo leía el Corán por las mañanas y por la noche compartía historias con su abuela.
Esa época coincidió con la primera Intifada, el levantamiento palestino iniciado en 1987 tras el atropello de cuatro trabajadores palestinos por un vehículo israelí en el campo de refugiados de Yabalia, en Gaza. En ese periodo, 1.124 palestinos fueron asesinados y unos 16.000 fueron detenidos por fuerzas israelíes. “Recuerdo ver jeeps constantemente. También recuerdo a los soldados entrando en nuestra casa y subiendo al tejado. Estábamos aterrorizados,” explica.
Más tarde, Shalabi obtuvo un título en informática y luego trabajó en tecnología de la información antes de pasar a la educación y los derechos humanos. En 2012, una amiga en Amán la invitó a contar historias en una librería, lo que marcó el inicio de su carrera como narradora oral a tiempo completo.
“Me decían que cada vez que contaba historias, mis ojos se iluminaban”, recuerda con cariño sobre sus primeras actuaciones en un mercado agrícola. “Así que decidí hacer lo que me hacía sentir viva, no lo que me daba dinero”.
Relatos, esperanza y ocupación
En los últimos años Shalabi ha recopilado testimonios de ancianos sobre la vida bajo la ocupación en Cisjordania, pasando del folclore a narrativas más extensas basadas en la realidad.
“Una de mis historias favoritas, porque siempre busco la esperanza, se centra en la relación de Carlos Barham con la tierra. Tiene ahora más de 70 años y sigue caminando cada día hasta su tierra para cuidarla, aunque esté amenazada tras una apropiación de tierras cerca de Belén el año pasado”, explica Shalabi.
Este trabajo de 2023 en las zonas de Beit Jala y Al-Khalil, en colaboración con la red de narración del Teatro Al-Harah, se convirtió en la base de “And I Saw…” (“Y yo vi…” en español), una serie de cinco partes basada en testimonios de 20 ancianos palestinos, incluidos cuatro sobrevivientes de la Nakba, la expulsión y desposesión masiva de aproximadamente 750.000 palestinos en 1948, llevada a cabo por milicias sionistas para establecer el estado de Israel.
La serie abre con su historia y con la idea de que “el cuidado de la tierra es una forma de dignidad y responsabilidad entre los palestinos –un honor–, y que las personas deben mantener una relación viva con ella, nutriéndola física y espiritualmente”, explica sobre la obra de una hora disponible en línea.
Las historias, sostiene, contrarrestan narrativas que borran la vida palestina anterior a 1948. “La propaganda sionista impulsa la idea de que no había ciudades, solo algunos campesinos dispersos”, dice Shalabi. “En realidad, cientos de miles de palestinos fueron expulsados por la fuerza y sometidos a limpieza étnica”.
Desde la creación de Israel, recuerda cómo las instituciones culturales y su conocimiento han sido atacados o destruidos, un patrón que continúa hoy con el genocidio en Gaza. “Cuando [los israelíes] ocuparon Beirut en 1982, una de las primeras cosas que hicieron fue robar los archivos del Centro de Investigación Palestina”, insiste. “No quieren que tengamos memoria”.
La Nakba es “continua”
Uno de los testimonios que Shalabi lleva al escenario es el de Faiza Nassar, quien tenía 10 años cuando la unidad Haganah, la principal organización paramilitar sionista en la Palestina del Mandato, expulsó a su familia de su casa en Jerusalén Occidental en 1948. “La ciudad fue dividida. Su padre fue secuestrado. Se convirtió en refugiada y fue alojada en el hospicio alemán”, relata Shalabi, en referencia al histórico complejo luterano de Jerusalén.
“Los palestinos fueron subidos a camiones por la Haganah, llevados al YMCA –un gran complejo deportivo– y arrojados a su gimnasio. La Cruz Roja Internacional luego los trasladó al hospicio alemán. El traslado no fue voluntario; las familias fueron llamadas por su nombre”, añade.
Lo que hace que esta historia destaque, dice, es que “se habla de Jaffa, de la destrucción de pueblos palestinos, pero esta historia es única porque rara vez se ha contado la de Jerusalén”.
“La Nakba no es un momento. Es continua”, dice Shalabi. “Las consecuencias son lo que les ocurrió durante toda su vida: no solo el día en que se convirtieron en refugiados, sino cómo resistieron, cómo crecieron, cómo lucharon, cómo se convirtieron en quienes son.”
Testimonios de Palestina
Otros relatos abordan distintas realidades palestinas. Un médico en Belén atiende su consulta mientras resiste a colonos israelíes. Una madre queda devastada por el martirio de su hijo, asesinado por fuerzas israelíes.
También está Khalil Shoukeh, historiador palestino, que al investigar la historia de Belén encontró en registros otomanos una forma de ayudar a la diáspora palestina a rastrear títulos de propiedad y linajes familiares.
Imaginación
Hoy, tras haber visitado y actuado en 13 países, su trabajo sigue influido por sus experiencias en Palestina, la última visita fue en noviembre de 2025.
“No había vuelto desde septiembre de 2023 y sentí que me habían quitado algo. Lo extrañaba muchísimo”, recuerda. “Al mismo tiempo estaba ansiosa y asustada, pensando en la violencia, la vigilancia, los controles telefónicos y todo lo que habíamos oído. Fue angustiante”.
“Pero al cruzar el puente sentí un alivio y una alegría enormes por estar en casa. Agradecí que mi primera parada fuera mi ciudad natal y la casa de mi abuelo en Tulkarem”, añade.
Poco después, dirigió talleres de narración con niños desplazados de los campos de refugiados de Tulkarem y Yenín, muchos de ellos expulsados de sus hogares más de una vez.
“Les daba una consigna: la ocupación ha terminado, somos libres, han pasado 100 años desde la liberación, cuéntame una historia, y no podían hacerlo”, dice. “Incluso con permiso explícito para imaginar la libertad, no podían visualizarla. En sus historias aparecían soldados de todo tipo. Los puestos de control militar volvían a aparecer. El futuro se parecía al presente”.
“Israel nos ha robado tanto, la entidad sionista ha arrebatado tierra, vida, sangre, hijos, alegría, caminos, cultura”, afirma. “Lo han robado todo, incluida la alegría y la imaginación”.
Pero se mantiene firme como narradora palestina: “La memoria siempre estará ahí. Mientras tengamos aliento, la memoria siempre estará ahí”.


















