Hay algo discretamente absurdo en la forma cómo la OTAN ha llegado a medir el valor de sus miembros. El objetivo de gasto en defensa como porcentaje del PIB —contundente, aritmético, político— se ha convertido en la vara de medición por defecto de la alianza.
Incumple el porcentaje y eres un oportunista. Pero si alcanzas la cuota, eso te convierte en un buen socio. La métrica es limpia, la política es sencilla, y la imagen que retrata es casi totalmente errónea.
Pensemos en Türkiye. Según el marcador convencional, con frecuencia se presenta a Ankara como un aliado complicado: demasiado impredecible, demasiado transaccional, demasiado dispuesto a mantener relaciones que incomodan a Bruselas.
Sin embargo, ese veredicto refleja un marco de alianza diseñado para otra época, una en la que la seguridad era algo que los países grandes producían y los pequeños consumían, en la que el mapa de amenazas era relativamente legible, y en la que "compartir la carga" significaba pagar la parte correspondiente de una prima de seguro colectiva.
Ese mundo se ha disuelto. Y, en el mundo que lo reemplaza, Türkiye se parece menos a un aliado difícil y más a uno de los activos estratégicos más importantes de la OTAN.
La distinción que lo cambia todo
Existe una distinción útil y poco utilizada entre consumir seguridad y producirla. La mayoría de los Estados hacen lo primero: se cobijan bajo las alianzas, se benefician de la disuasión colectiva y aportan dinero o tropas al fondo común.
Un número menor de Estados hace algo más generativo: desarrollan capacidades militares propias, proyectan poder en regiones que de otro modo estarían en disputa, entrenan a las fuerzas de sus socios y estabilizan entornos que de otra manera producirían crisis en cascada. Türkiye se ha trasladado, de modo bastante discreto, a esta segunda categoría.
Su industria de defensa nacional suministra ahora sistemas avanzados de drones que han remodelado la doctrina de combate en terreno, desde la Segunda Guerra de Nagorno Karabaj hasta Libia y Ucrania.
Sus fuerzas militares han acumulado una experiencia operativa genuina en múltiples escenarios —entre ellos, Siria, el mar Negro, el Mediterráneo oriental— que pocos aliados de la OTAN pueden igualar. Y más allá de sus propias fuerzas, Türkiye ha establecido programas de formación y desarrollo de capacidades en África, los Balcanes, el Cáucaso y Asia Central, permitiendo que los Estados socios provean su propia seguridad en lugar de simplemente importarla.
Esto no es una actividad periférica. Es, según cualquier definición seria, la producción de seguridad como un bien público estratégico.
Lo que el mapa realmente muestra
Si se observa dónde opera Türkiye, el panorama que surge es claro.
En Siria, ha llevado a cabo operaciones antiterroristas sostenidas mientras participaba simultáneamente en la estabilización posconflicto, gestionando una de las situaciones humanitarias y de seguridad más complejas en la periferia de la OTAN.
En el sur del Cáucaso, desempeñó un papel activo en la configuración del resultado de la liberación por parte de Azerbaiyán de sus territorios ocupados, y desde entonces ha buscado la cooperación en seguridad en una región que se sitúa en la intersección de los intereses rusos, iraníes y occidentales.

En el mar Negro, controla los estrechos bajo la Convención de Montreux, un poder que ha ejercido con considerable efecto estratégico desde que comenzó la guerra entre Rusia y Ucrania.
En África, sus asociaciones militares abarcan más de una decena de países, y lo que las distingue del compromiso occidental o chino es precisamente lo que rara vez se señala: Türkiye no pide nada a cambio. Ni derechos de base, ni alineamiento político, ni votos en la ONU. En una era en la que las asociaciones de toda gran potencia incluyen una factura, ese enfoque ha resultado ser silenciosamente revolucionario.
La pregunta para la OTAN no es cómo hacer a Türkiye más manejable, sino cómo construir un marco de alianza lo suficientemente sofisticado como para captar adecuadamente lo que Ankara realmente aporta, y lo que costaría perderlo.
Una cumbre que podría replantear la conversación
La Cumbre de Líderes en Ankara llega en un momento en que la OTAN ya se ve obligada a reflexionar más a fondo sobre su propia arquitectura.
El repliegue estadounidense, por parcial o temporal que sea, ha acelerado una conversación europea sobre la autonomía estratégica. La guerra en Ucrania ha demostrado que la disuasión requiere no solo gasto, sino también capacidad industrial, preparación operativa y la competencia de sostener a los socios a lo largo de plazos prolongados.
En este contexto, la alianza necesita encontrar una mejor forma de contabilizar el valor estratégico. Requiere de métricas que capten no solo lo que un país gasta, sino lo que produce: capacidad propia, experiencia operativa, la aptitud de formar y habilitar a los socios. Türkiye: productor de seguridad, proveedor de seguridad, estabilizador de seguridad.
La verdadera pregunta es qué aspecto tendría la OTAN sin un miembro capaz de proyectar estabilidad simultáneamente en el mar Negro, Oriente Medio, el Cáucaso y África. La respuesta es una alianza con una exposición considerablemente mayor a la inestabilidad y considerablemente con menos herramientas para gestionarla.

La verdadera cuestión del reparto de la carga
El debate sobre el reparto de la carga siempre ha contenido un supuesto oculto: que el principal bien estratégico que produce la OTAN es la disuasión de una amenaza militar convencional contra el territorio aliado.
Ahora bien, si eso fuera todo para lo que sirve la OTAN, entonces los porcentajes del PIB y las contribuciones de tropas serían una aproximación razonable de lo que aporta cada aliado.
Pero la disuasión de un ataque convencional ya no es todo lo que hace la alianza ni –más aún– todo lo que necesita hacer. Opera en un entorno de presión en zonas grises, fragilidad estatal, conflictos por delegación y competencia por la influencia en regiones que quedan fuera del área formal de la OTAN pero que afectan directamente a su seguridad.
En esas condiciones, el valor de un aliado no puede medirse únicamente por su contribución a la defensa colectiva. Debe evaluarse por su capacidad de moldear el entorno de seguridad en las regiones que importan, de producir estabilidad en lugar de limitarse a defenderse de su ausencia.
Con ese rasero, la cumbre de Ankara representa una oportunidad para plantear una pregunta más trascendente que si los Estados miembros están alcanzando sus objetivos de gasto. Es una oportunidad para preguntar qué aliados son realmente capaces de producir seguridad, y si los marcos del bloque son lo bastante sofisticados como para reconocer y aprovechar esa capacidad.
Türkiye tiene una respuesta. La pregunta es si la OTAN está lista para escucharla o no.























