“Soy la quinta de diez hermanos y crecí en una familia que llevaba muy dentro el impacto del exilio y la memoria de Palestina”, explica Faysa Daoud, fundadora y presidenta de Refúgio Brasil, una ONG que ha ayudado y ayuda a cientos de refugiados en el país latinoamericano.
En 1948, sus padres se convirtieron en refugiados durante la Nakba, la “catástrofe” en árabe, cuando milicias y grupos sionistas desplazaron por la fuerza a unos 750.000 palestinos en el contexto de la creación del estado de Israel. “Huyeron sin saber adónde iban, dejando atrás su tierra, sus casas y a algunos miembros de su familia”, recuerda Faysa sobre sus padres. Durante el desesperado trayecto, su hermano mayor cayó de los brazos de su madre y sobrevivió.
Buscaron otra vida en Jordania, donde pasaron por campamentos de refugiados hasta que la familia se radicó en la ciudad de Zarqa. Durante todo ese tiempo, entre conversaciones familiares, visitas a las casas de sus tíos y viajes, Faysa comenzó a formar su identidad palestina.
“Mis padres también hablaban de familias separadas, de personas que fueron asesinadas y del miedo y la destrucción que llegaron a todo lo que habían construido a lo largo de sus vidas. La familia quedó dispersa, y cada parte fue a un lugar diferente, sin saber cuándo ni si regresarían”, relata en diálogo con TRT Español.
“Así entró Palestina en mi vida: no solo como la tierra de la que venían mis padres, sino como una memoria viva, una ausencia presente cada día y una parte de mi identidad de la que no puedo separarme”, agrega.
Años después, marcada por esa huella que atraviesa a los palestinos, buscaría cambiar el futuro de quienes también tuvieron que empezar desde cero, algo que ella calificaría como su “misión de defender a refugiados”.
De Jordania a Brasil
“Recuerdo muy bien mi llegada a Brasil. Llegué al aeropuerto de Viracopos, en Campinas, en 1978. Tenía 18 años y estaba embarazada de mi primer hijo”, recuerda sobre el país donde siguió los pasos de su esposo. Él había migrado allí poco antes, buscando una nueva vida de trabajo y estudio.
“Todo era completamente nuevo. Miraba por la ventanilla del coche las carreteras y, aunque me sentía una extraña, me dije: ‘Dios mío, este lugar es tan hermoso’”.
Hubo desafíos, como el idioma. “No había ninguna escuela de portugués para mí y no entendía nada de lo que decía la gente”, recuerda Faysa, quien solo tenía un libro portugués-árabe prestado por una amiga.
Pero lo más difícil, dice, fue estar lejos de su familia.
Faysa tenía que esperar horas en un centro telefónico para hablar con sus padres y, a la vez, se comunicaba con ellos por cartas que podían tardar un mes en llegar y luego otro mes para recibir una respuesta. “Era aprender a vivir lejos de mi familia”, añade.
Pero no se rindió y, poco a poco, comenzó a aprender portugués de las mujeres que trabajaban en la casa, de la televisión y con la meta de aprender 10 palabras nuevas cada día. “Cometía muchos errores de pronunciación e intercambiaba letras, y ellas se reían conmigo, pero nunca dejaron de enseñarme”, evoca. “En árabe, algunos de los sonidos que existen en portugués no existen, así que tuve mucha dificultad para pronunciarlos”.
Además, el nacimiento de su hijo la impulsó a esforzarse cada vez más. Llegó a comprender que “para vivir en una sociedad distinta de la mía, necesitaba conocer sus costumbres y respetarlas, del mismo modo que yo quería que los demás respetaran mi cultura y mis raíces”.
“La experiencia de ser refugiado pasa de una generación a otra”
Con el tiempo, se fue acercando a la diversidad de Brasil—desde la herencia japonesa e italiana hasta la comunidad árabe—, lo que le permitió conocer más sobre la cultura brasileña. A la vez, notaba que mucha gente sabía poco sobre sus propios orígenes.
“Cuando decía que era palestina, muchas personas ni siquiera sabían dónde estaba Palestina, o solo conocían Israel. Y eso me dolía profundamente. Sentía como si mi tierra y la historia de mi pueblo hubieran sido borradas u olvidadas”, reflexiona.
“Con los años, empecé a comprender que la experiencia del refugio no terminó en 1948”, explica, mientras hace referencia al Septiembre Negro y los enfrentamientos entre jordanos y palestinos, así como también las guerras de Siria e Iraq, que impulsaron nuevamente el desplazamiento de palestinos.
“Entendí que la experiencia de ser refugiado puede pasar de una generación a otra”, afirma. “Cuando vi a otras personas perder sus hogares, ser desplazadas y tener que reconstruir sus vidas, no pude permanecer indiferente. Mi propia experiencia me hizo sentir la responsabilidad de ayudar a quienes estaban pasando por lo que yo había visto en mi propia familia”.
En una ocasión, la primera familia palestina que visitó tenía una mujer que soñaba con hacer pan y venderlo. Entonces, Faysa la ayudó y, así, poco a poco, conoció más a la comunidad local.
“Una misión de vida”
En 2007, comenzaron a llegar a Mogi das Cruzes, un municipio brasileño del estado de Sao Paulo, familias palestinas que habían vivido en Iraq. Debido a la invasión encabezada por Estados Unidos cuatro años antes, habían pasado por el campamento de refugiados de Ruweished, en el desierto, en la frontera entre Iraq y Jordania, hasta que más adelante tuvieron la oportunidad de viajar a Brasil.
Al principio había un programa de apoyo, recuerda Faysa, que ofrecía viviendas, alimentos, muebles, atención médica, clases, entre otros servicios. Pero al terminar el proyecto, muchas familias refugiadas enfrentaron dificultades con el idioma, el trabajo, los documentos y la independencia.
Para Faysa, eso fue la chispa para "caminar junto a estas familias hasta que pudieran reconstruir su independencia y sus vidas".
Distintas comunidades se involucraron e intentaron estar presentes allí donde no había una “red de apoyo y donde llevas contigo el dolor de haberlo dejado todo atrás” y lo que la palestina califica como “el sufrimiento del exilio”.
“Esta experiencia fue lo que empezó a convertir mi vínculo personal con la cuestión de los refugiados en una misión de vida”, asegura.
En ese grupo de cinco personas, Faysa se encargaba de la logística: identificar a los refugiados, escucharlos y registrarlos. También recaudaban dinero de la comunidad y analizaban las necesidades de cada persona para ayudar con cuestiones como el alquiler, los alimentos, la ropa y el idioma.
Se reunían cada semana, formaban alianzas con personas en hospitales, inscribían a los niños en las escuelas y ayudaban a las familias a acceder a servicios de salud.
“Lo que me impulsó a convertirla en una organización fue la necesidad de expandirnos y de que más gente nos conociera, y luego la llegada de los sirios, cuando el número de refugiados se volvió mucho mayor”, explica en referencia a la guerra civil de Siria, que dejó más de 600.000 muertos entre 2011 y 2024.
“Debido al número de personas, y al formalizarlo, pensé que sería mejor y daría a los refugiados más oportunidades de crecer y trabajar”, indica.
Así se convirtió en Refúgio Brasil, una ONG privada sin fines de lucro fundada en 2007 y establecida de manera legal en 2016 para brindar asistencia humanitaria, así como inserción e integración social, a personas refugiadas que llegan a Brasil huyendo de guerras, persecuciones o catástrofes.
Con los años, hoy brindan servicios también a venezolanos y afganos. De hecho, en 2022, distintos medios arrojaron luz sobre un grupo de afganos que se quedó en el aeropuerto.
“Hubo momentos en que las familias pasaron casi quince días sin ducharse. Tuve que conseguir un autobús y un lugar para que se ducharan, comprar jabón, champú y artículos de higiene, y llevar comida, porque no comían si no era halal”, evoca Faysa.
Pero explica que el mayor problema es la inversión económica, que implica trabajar con pocos recursos y solo con socios, algo que admite le afecta “profundamente”, ya que insiste en que lleva a cabo su oficio para ver “la alegría” de los refugiados.
Refugiados que quieren salir de Gaza
Y Hoy, frente al genocidio en Gaza, afirma que han aumentado las solicitudes de personas que quieren salir del enclave.
“Ahora estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo para poder sacar a la gente. Estamos haciendo un gran esfuerzo y estamos muy centrados en Gaza”, comenta mientras explica que la mayoría tiene un vínculo familiar y buscan la reunificación.
Aunque advierte que “se vuelve complicado” y que no pueden regresar a Gaza, reconoce que “el gobierno brasileño trajo a los brasileños que estaban en el enclave y cuyos orígenes eran de Gaza”.
“El gobierno los recibió y los trajo, y mi organización fue también la que los recibió en el aeropuerto aquí en Guarulhos, en el aeropuerto militar”, agrega sobre la campaña con la Federación Árabe Palestina. “Alquilamos lugares para recibirlos. Otros se quedaron en Sao Paulo, y seguimos trabajando hasta poder encontrar vivienda para ellos”.
Gracias a la contribución de la comunidad, especialmente la palestina, insiste: “Hoy pagamos el alquiler de algunas de estas personas y ayudamos a varias con tratamientos, como atención dental y de salud, que son tratamientos privados con médicos que tienen consultorios y brindan ayuda solidaria”.
Mientras el genocidio continúa en Gaza, Faysa cuenta que se involucró con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil para insistir en la cuestión de los visados humanitarios.
“Pero recientemente se ha vuelto muy difícil. Presentamos listas desde el principio y solicitamos esto, y me comunico con la embajada allí en Ramala para poder también agilizar las cosas y entender qué se puede hacer”, relata.
Volver
Para Faysa, este oficio ha sido también un camino muy personal.
En el trayecto, convirtió sus experiencias en una biografía titulada “La niña de los campos: De la guerra a la superación”, un libro que es "símbolo de que la esperanza, cuando se cultiva con fe y coraje, puede florecer incluso en los suelos más áridos."
“Trabajar con refugiados, y comprender y absorber todo lo que mi padre solía decir, cambió la manera en que entiendo su historia. Antes escuchaba a mi padre hablar de la pérdida de su hogar y su tierra y de su deseo de regresar. Quizá no podía comprender del todo la profundidad de ese sentimiento”.
Hoy, a través de su contacto diario con personas que han vivido experiencias similares, ve en ellas el mismo sentimiento que tenia su padre palestino.
“Veo el dolor de la pérdida, la nostalgia de la tierra y, sobre todo, el deseo de regresar. Mi padre murió sin poder volver. Ese era su sueño”.
Este artículo fue redactado por Bala Chambers y reportado por Mohammad Bashir Aldaher.




















