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POLÍTICA
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La maquinaria digital de guerra de Israel y los peligros de una propaganda que sale mal
La ofensiva genocida en Gaza dejó al descubierto las mentiras que Israel había estado contando al mundo. Los palestinos lograron transmitir lo que estaba ocurriendo sobre el terreno, erosionando el control narrativo que definía las eras anteriores.
La maquinaria digital de guerra de Israel y los peligros de una propaganda que sale mal
Hasbará se deriva de una palabra hebrea que significa “explicar”.

El mundo ha entrado en una era de guerra informativa instantánea. Los Estados han comenzado a presentarse como la parte justa ante la opinión pública mundial, y su capacidad para generar información se ha convertido en su arma más decisiva.

Israel, uno de los primeros Estados en comprender esta realidad, tomó la antigua práctica de la hasbará y la fusionó con la infraestructura digital del siglo XXI, convirtiéndola en una maquinaria sistemática de guerra informativa.

Derivada de una palabra hebrea que significa “explicar”, la hasbará es descrita oficialmente por el Estado israelí como la actividad de comunicar sus políticas y acciones al público internacional.

Sin embargo, en la práctica, esta definición funciona en gran medida como un eufemismo. Hoy, ese aparato abarca un amplio espectro: desde declaraciones oficiales del Gobierno hasta campañas virales en redes sociales, pasando por mensajes coordinados en medios de comunicación tradicionales y redes de influencers remunerados que operan en las sombras.

La literatura académica establece una distinción teórica entre diplomacia pública y propaganda. Pero, en la práctica, las operaciones de hasbará de Israel están orientadas principalmente no hacia la verdad, sino hacia la construcción de una verdad determinada: una realidad fabricada.

En este punto, lo que se presenta como diplomacia pública revela ser algo mucho más cercano a la manipulación y la propaganda.

Transformación digital: de 2006 hasta la actualidad

La infraestructura de guerra informativa que Israel opera hoy no surgió de la noche a la mañana; tomó forma a través de una metamorfosis lenta y deliberada.

La guerra del Líbano de 2006 marcó un punto de inflexión decisivo. Israel fue testigo directo de cómo las imágenes transmitidas desde el campo de batalla por Hezbolá modificaron profundamente la opinión pública internacional.

Esa experiencia hizo imposible ignorar el peso estratégico de la comunicación digital. La ofensiva contra Gaza de 2008-2009 se convirtió así en el capítulo inaugural de una nueva era de propaganda digital patrocinada por el Estado.

Tras esa ofensiva, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel anunció públicamente la creación de una unidad dedicada a supervisar y difundir mensajes en plataformas de redes sociales en múltiples idiomas extranjeros.

Para 2012, las redes sociales ya se habían convertido en el principal escenario de la guerra informativa. Durante la ofensiva contra Gaza de 2014, las campañas coordinadas de contenido diseñadas para presentar a Israel como víctima alcanzaron su punto máximo.

Fue también en ese periodo cuando surgió la aplicación Act.IL, la primera herramienta de movilización digital a gran escala de este tipo, diseñada para permitir que activistas voluntarios amplificaran contenidos específicos o los denunciaran para su eliminación con una eficacia casi quirúrgica.

Israel llegó incluso a ofrecer becas universitarias a estudiantes a cambio de participar en operaciones de hasbará en línea.

Tras los acontecimientos del 7 de octubre, la infraestructura de propaganda digital de Israel experimentó un salto significativo tanto en escala como en sofisticación.

El presupuesto estatal destinado a moldear la opinión pública y financiar operaciones de hasbará se multiplicó aproximadamente por veinte en comparación con los niveles previos a 2023, alcanzando los 150 millones de dólares para 2025.

Para 2026, Israel anunció que destinaría unos 730 millones de dólares a su aparato de propaganda digital. Además, se establecieron unidades de coordinación específicas tanto en el Ministerio de Relaciones Exteriores como en el Ministerio de Asuntos de la Diáspora.

La Agencia de Publicidad del Gobierno israelí, conocida como Lapam, publicó aproximadamente 2.000 anuncios durante 2024. En solo los primeros ocho meses y medio de 2025, esa cifra superó los 4.000 anuncios, de los cuales la mitad estaban dirigidos a audiencias internacionales.

Mientras estas revelaciones circulaban públicamente, el primer ministro israelí, Netanyahu, se reunió en Nueva York con un grupo de influencers judíos estadounidenses y les lanzó un mensaje directo: “Necesitamos contraatacar en este terreno digital, en las redes sociales”.

El asedio multilingüe: el caso de Türkiye

Una de las dimensiones más llamativas de la guerra digital de Israel es su estrategia de dirigirse a las audiencias objetivo en sus propios idiomas, una táctica que resulta aún más sorprendente cuando se aplica a países con los que Israel mantiene algunas de sus relaciones diplomáticas más tensas.

En marzo de 2025, el ejército israelí lanzó cuentas oficiales en turco tanto en X como en Telegram.

La imagen de portada de la cuenta mostraba a soldados israelíes saludando junto a las banderas de Türkiye e Israel.

Que el ejército israelí decidiera abrir un canal en lengua turca en un momento en que las relaciones entre Türkiye e Israel se encontraban sumidas en una profunda crisis tras el 7 de octubre convierte esta iniciativa en una operación evidente de gestión de la opinión pública, más que en un gesto de buena voluntad.

Türkiye había impuesto amplias restricciones comerciales a Israel, mientras que el presidente Erdogan se había consolidado como una de las voces más críticas y persistentes contra Israel en el escenario internacional.

En la misma línea, las publicaciones en X dirigidas a Erdogan por el entonces ministro de Exteriores israelí, Yisrael Katz, comenzaron a atraer la atención de círculos académicos internacionales, donde fueron analizadas bajo el concepto de “diplomacia digital y crisis diplomática”.

Los mensajes de Katz, reforzados con elementos visuales, quedaron registrados como un ejemplo concreto de diplomacia digital provocadora: un ministro de un Estado que ataca de forma directa y agresiva al jefe de Estado de otro país soberano a través de las redes sociales.

El hecho de que el ejército israelí mantenga cuentas activas en redes sociales en decenas de idiomas deja poco margen para la ambigüedad: se trata de una estrategia de comunicación centralizada y dirigida a públicos específicos, ejecutada a gran escala.

La realidad de Gaza y el colapso del relato

Sin embargo, pese a todos sus recursos y sofisticación, la maquinaria de propaganda digital de Israel se ha enfrentado a límites significativos que merecen ser analizados.

El primero es la imposibilidad de ocultar por completo la realidad. Por poderosa que sea una narrativa, no puede enterrar totalmente la verdad. La magnitud de la destrucción y las muertes en Gaza generó una realidad tangible que desafió directamente el relato unidimensional que la hasbará israelí intentó sostener.

Los palestinos equipados con teléfonos inteligentes lograron mostrar en tiempo real a millones de personas lo que estaba ocurriendo sobre el terreno, erosionando de manera fundamental el control narrativo que había caracterizado épocas anteriores.

El segundo límite es la pérdida de credibilidad. Cuando afirmaciones repetidas comienzan a demostrarse falsas o gravemente exageradas, la confianza en la fuente que las emite también se deteriora.

Numerosos medios internacionales que inicialmente dependieron en gran medida de información procedente de fuentes israelíes se vieron posteriormente obligados a publicar correcciones, lo que llevó a sectores críticos de la audiencia a examinar esos relatos con un escepticismo mucho mayor.

La tercera limitación proviene de los procesos judiciales internacionales. La postura adoptada por la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional demostró de forma concreta que la manipulación digital no puede transformar la realidad jurídica.

De manera aún más inesperada, la incorporación de contenidos digitales a expedientes judiciales hizo que algunas campañas de hasbará terminaran generando pruebas que actuaban en contra de los mismos intereses para los que habían sido diseñadas.

La versión digital de la hasbará constituye probablemente el caso de estudio más documentado sobre la manera en que los Estados pueden instrumentalizar la información.

Mucho más personalizada que la propaganda radiofónica de la Guerra Fría, más escalable y con niveles de transparencia considerablemente menores, esta estrategia representa un desafío creciente para el ecosistema global de la comunicación.

Más allá del debate político y moral que rodea estas operaciones, una conclusión resulta aplicable para todos: cuestionar quién produce los contenidos que consumimos en redes sociales, con qué propósito y bajo qué financiación, ya no es una opción. Es una necesidad.

FUENTE:TRT World