Estambul, Türkiye - Con las últimas horas de luz, dos mujeres pasean por la parte trasera de la mezquita de Ayazma, en el histórico barrio de Uskudar en la ciudad de Estambul. El sol baña de oro la piedra blanca del majestuoso edificio, levantado por orden del sultán Mustafa III en 1761. De uno de sus muros sobresale otra construcción minúscula. Varios gorriones entran y salen de ella, vuelan piando hasta un árbol cercano y regresan antes de que caiga la noche.
Fatma, natural del barrio y de unos 70 años, explica: "¿Ves eso? Son palacios para pájaros, pero son más bellos que los palacios de muchos".
"Qué inteligencia la de los que construyeron este lugar” cuenta, admirada. “En muchas mezquitas hay casas de pájaros ocultas".
Y no le falta razón. Numerosas fachadas de Estambul conservan estas pequeñas arquitecturas, aunque para encontrarlas sea necesario levantar la mirada.
Las casas para pájaros
Adosadas a los muros o abiertas en la propia fachada, las casas y palacios para pájaros (kuş evleri y kuş sarayları en turco) reproducen a escala reducida pabellones, viviendas y mezquitas.
Algunas son simples cavidades; otras poseen cúpulas, balcones, columnas e incluso minaretes. Se construyeron en los propios edificios que imitan: mezquitas, madrasas, mausoleos, bibliotecas, fuentes, puentes, caravasares y viviendas.
Christiane Gruber, profesora de Historia del Arte Islámico en la Universidad de Michigan, ha estudiado estas construcciones y su relación con el mundo animal. En Capadocia, una región histórica de Anatolia central famosa por las ‘chimeneas de hadas’, vuelos en globo y ciudades excavadas en la roca, existieron también grandes construcciones destinadas a las palomas, aunque con una función muy distinta.
“Muchos de esos grandes edificios destinados a los pájaros se utilizaban para obtener carne y huevos de paloma y, en ocasiones, estiércol para la agricultura. Pero en el caso de los palacios para pájaros otomanos de Estambul, lo distintivo es que son pura fantasía arquitectónica”, explica Gruber en diálogo con TRT Español.
Y es que las casas para pájaros otomanas de Estambul ofrecían a sus habitantes alados un refugio sin esperar de ellos nada a cambio.
Y no son jaulas, pues las aves podían ir y venir cuando quieren. Los arquitectos solían colocarlas a una altura que las protegiera de gatos y otros depredadores y, cuando era posible, en lugares soleados y resguardados de la lluvia y de los vientos fríos. En su interior se refugiaban (y se siguen refugiando hoy en día) gorriones, palomas, tórtolas.
Además, en plena expansión del barroco otomano, las casas para pájaros se convirtieron en pequeños espacios de libertad creativa, donde arquitectos y canteros podían jugar con formas, volúmenes y elementos decorativos con mayor libertad que en las grandes construcciones.
Gruber cuenta que, al trabajar a una escala tan reducida, los canteros podían experimentar con cúpulas, balcones, minaretes y fachadas que habrían sido difíciles (o incluso imposibles) de trasladar a un edificio monumental.
Cuando la compasión se convierte en institución
Ayşe, otra vecina del barrio, de unos 55 años, desconocía la existencia de estas construcciones. Después de descubrir una en Ayazma, comentó: "Hay edificios enormes que están vacíos. Estas mezquitas son más pequeñas, pero mire: están llenas de cosas hermosas como esta".
La mezquita de Ayazma, situada en Uskudar, en la orilla asiática de Estambul, es uno de los mejores lugares para comprender sus palabras. Sus casas para pájaros se distribuyen entre muros y puertas: unas parecen pequeños palacios sostenidos por ménsulas; otras son cavidades mucho más discretas y escondidas. Todavía pueden verse nidos y aves entrando y saliendo, prueba de que continúan cumpliendo su función.
En el cercano complejo de la mezquita de Yeni Valide, también en Uskudar y mirando al Bósforo, aparecen otros ejemplos destacados de estas casas para pájaros. se conserva alrededor de una docena de refugios, y también existen ejemplos destacados en grandes mezquitas como la Mezquita Nueva, Suleymaniye y muchos otros puntos de Estambul. De hecho, la tradición alcanzó también la arquitectura republicana: Antikabir, el mausoleo de Mustafá Kemal Ataturk, fundador de la República de Türkiye, incorpora una casa para pájaros en una de sus fachadas.
Su significado trascendía la belleza. En las mezquitas, la mayoría de las casas para pájaros fueron colocadas en el muro de la qibla, orientado hacia La Meca, la dirección hacia la que se vuelven los musulmanes durante la oración. Allí, observa Gruber, las oraciones de los fieles, la recitación del Corán y el canto de las aves formaban conjuntamente el paisaje sonoro de la mezquita. El edificio protegía a los pájaros y estos lo llenaban de movimiento y sonido.
La historiadora Mehtap Ayan, que recientemente ha publicado una obra sobre la historia de los derechos de los animales en Türkiye, explica que esta relación estaba influida por la ética islámica, que invitaba a mostrar misericordia hacia todos los seres creados por Dios. “Los animales no eran vistos únicamente como seres de los que el ser humano se servía, sino también como una responsabilidad confiada por Dios”, señala en diálogo con TRT Español. “Protegerlos y atender sus necesidades se consideraba una obligación moral y religiosa”.
Esta sensibilidad tampoco se limitaba a la arquitectura. Las fundaciones religiosas que financiaban numerosos servicios sociales, podían reservar recursos para alimentar y proteger animales. La fundación de la mezquita de Bayezid, situada en el corazón de la península histórica de Estambul, proporcionaba arroz a las aves y pan a los perros callejeros desde el siglo XVI. Ya en el siglo XVIII, en Odemis, una localidad de la provincia de Esmirna, en el oeste de Türkiye, otra fundación destinaba cada año una cantidad específica al cuidado de las cigüeñas que anidaban alrededor de la Mezquita Nueva. La compasión podía convertirse así en una responsabilidad organizada y duradera.
Un refugio para las cigüeñas
Si las casas para pájaros acogían a las aves urbanas, en Bursa surgió una historia dedicada a aquellas que ya no podían continuar su viaje. El lugar sería conocido como Gurabahane-i Laklakan, el "refugio de las cigüeñas desvalidas".
Más que un hospital, el refugio reflejaba una cultura urbana de compasión hacia los animales. A comienzos del siglo XX, los comerciantes del Bazar de los Zapateros de Bursa adquirieron la costumbre de reunir dinero para pagar a una persona que atendiera a las aves heridas, envejecidas o incapaces de volar. Las aves eran acogidas en un jardín del cónsul francés Grégoire Baille, y eran atendidas en una pequeña construcción adyacente dedicada a ellas.
Para la historiadora Mehtap Ayan, lo más valioso de esta historia es precisamente su dimensión colectiva. “Lo que más me impresiona de este caso es que la protección de los animales no dependía de la buena acción de una sola persona”, explica. “Un grupo se reunía, asumía una responsabilidad común y creaba un recurso económico para garantizar su continuidad”.
Por eso, Ayan propone recordar el Gurabahane-i Laklakan como símbolo de una cultura de compasión, ayuda mutua y responsabilidad hacia los seres más vulnerables.
Una ciudad compartida
Conservar este patrimonio es fundamental, especialmente manteniéndose su intención inicial. Gruber insiste en que las casas deben seguir abiertas a sus habitantes originales: "Si una casa para pájaros se conserva simplemente como una forma física, no tiene un propósito real si no mantiene también su función". Convertida únicamente en decoración, pierde una parte esencial de su significado.
Gruber y Ayan coinciden en una idea fundamental: cuidar a los animales no debe limitarse a un sentimiento privado. Ayan destaca que la compasión puede convertirse en una responsabilidad colectiva y duradera; Gruber lleva esa idea a las ciudades actuales y propone diseñarlas para que distintas especies puedan convivir. Para ambas, el espacio urbano no pertenece exclusivamente a los seres humanos: también debe ofrecer refugio y protección a las aves, los gatos, los perros y otros animales que lo habitan.
Estos pequeños palacios no resolverán por sí solos los problemas de las ciudades actuales, pero dejan una lección sencilla: una ciudad es más rica y habitable cuando también hace sitio a otras formas de vida.






















