“El ajolote es parte de nuestra identidad, nos representa”, asegura a TRT Español la bióloga Vania Mendoza Solís, quien desde hace años estudia al anfibio rosado en México. Esta especie emblemática del país se convirtió en el rostro de la transformación urbana que atraviesa la capital, una iniciativa que desató tanto críticas como apoyos de cara al Mundial 2026.
Sin embargo, pese a la centralidad que ganó el ajolote con pintadas y murales que se multiplican en calles y paredes, la supervivencia de esta especie en estado silvestre se encuentra en fase crítica. Así lo explica Mendoza, maestra en Ciencias e investigadora del Instituto de Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México: “En 1999 había 6.000 por kilómetro cuadrado en el Lago de Xochimilco, pero en el último censo, de 2014, se encontraron apenas 36”.
La contaminación, la invasión de especies exóticas y la urbanización influyeron en la disminución de la población de ajolotes, que podría estar cerca de extinguirse. “Es un animal carismático, la gente conecta mucho con su imagen por la extravagancia de su físico, la conservación de sus branquias y su larga cola”, explica la bióloga.
Trasfondo urbano y social rumbo al Mundial
La Ciudad de México vivió una auténtica “ajolotización” en las semanas previas a la Copa del Mundo: el color morado invadió las calles, puentes, paredes, columnas y estaciones de metro con el rostro de la especie. En algunos corredores turísticos las pintadas se siguen multiplicando, en especial cerca del histórico Estadio Azteca, llamado ahora Estadio Ciudad de México.
La capital albergará cinco de los 13 partidos que se disputarán en suelo mexicano. Y si bien el ajolote no es la mascota oficial de la FIFA —en México es el Zayu, un jaguar—, el animal característico del humedal de Xochimilco es un símbolo identitario que adoptó la administración de Clara Brugada, jefa de Gobierno de la Ciudad de México.
Sin embargo, la “ajolotización” impulsada por el gobierno local va más allá de la conservación de una especie en peligro de extinción. Por eso, ha cosechado detractores que cuestionan la utilización del animal como emblema urbano y sostienen que se trata de una política innecesaria que no resuelve conflictos estructurales.
Si bien la administración de Brugada presenta las intervenciones en la vía pública como una apuesta para la recuperación de espacios e identidad cultural, especialistas en urbanismo, movilidad y ambiente afirman que las obras de cara al Mundial deberían dejar un “legado” para la capital en lugar de convertirse en simple “maquillaje”.
“Si ajolotizar significa llenar de color lo que antes era gris, construir utopías, dibujar murales, transformar el espacio público, pintar de morado feminista, crear el Sistema Público de Cuidados, invertir en movilidad y electromovilidad, modernizar el Tren Ligero, construir cablebuses, entonces claro que estamos ajolotizando”, declaró Brugada en mayo pasado.
“Un gasto innecesario”
Esta transformación de la capital mexicana convive con una ciudad de más de nueve millones de habitantes atravesada por contrastes sociales y urbanos, problemas de movilidad persistentes y un acceso desigual a servicios públicos en zonas periféricas.
Así, el furor por el Mundial más largo de la historia, que cuenta con la participación de 48 equipos, tres países organizadores e inversiones millonarias— el gobierno federal mexicano dispuso 3.000 millones de dólares—, convive con reclamos sociales para orientar recursos a sectores vulnerables y con protestas por el encarecimiento del costo de vida, asociado a la gentrificación y turistificación.
Para el director ejecutivo del Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo de México, Bernardo Baranda Sepúlveda, la ajolotización implica un “gasto innecesario” que no conlleva mejoras de la infraestructura urbana “ni aportará nada desde el punto de vista de la movilidad”. “Es una medida superficial”, afirma en diálogo con TRT Español.
Según el experto, los recursos podrían haberse destinado a mejoras más amplias del transporte público. “No hubo proyectos ambiciosos, o al menos no los que se esperan de cara a un evento de estas características”, lamenta.
Si bien destaca las reformas en el metro y la creación de una nueva ciclovía que conecta con el estadio, considera que los desafíos centrales pasan por modernizar los buses y ampliar la flota de vehículos eléctricos, así como mejorar la iluminación, sumar cruces peatonales seguros, reparar calles y atender la seguridad vial.
“Se abusó del ajolote. No es terrible ni representa un gasto exorbitante, pero impacta en una sociedad muy dividida”, asegura Baranda Sepúlveda. Aun así, reconoce que el anfibio no sólo fue desplegado en zonas turísticas, sino que incluso está presente en áreas periféricas. “No se escogió pensando en el turismo. Es una especie asociada a la cultura mexicana”, reconoce.
La disputa por el legado
Al igual que ocurrió en otras ciudades de América Latina que organizaron eventos deportivos masivos, Ciudad de México se enfrenta ante el desafío de aprovechar el impulso económico para desarrollar obras con impacto a largo plazo.
“Es difícil que las grandes inversiones alrededor de estos eventos deportivos puedan ayudar a reducir la pobreza o la desigualdad”, evalúa ante TRT Español el arquitecto y urbanista Fernando Carrión, investigador y académico de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso-Ecuador).
México ya vivió otras transformaciones urbanas impulsadas por grandes acontecimientos deportivos: en los últimos 60 años el país fue sede de Juegos Olímpicos (1968) y tres mundiales de fútbol (1970, 1986 y 2026).
En cada ocasión se realizaron obras que modificaron la infraestructura local, desde la construcción del entonces llamado Estadio Azteca, el Anillo Periférico o la reconstrucción de la ciudad tras el terremoto de 1985, previo al Mundial de 1986.
“Siempre se buscó sacar provecho de estos grandes eventos. Todos produjeron cambios significativos”, asegura Carrión. Valora obras como la construcción de ciclovías, la renovación del Estadio Azteca y el aeropuerto central y la incorporación de murales en paredes abandonadas.
No obstante, advierte que la discusión de fondo en el país no pasa por la infraestructura: “En el caso de México el tema latente es la violencia y la seguridad”.
Pero las tensiones sociales vinculadas a este tipo de eventos se han repetido en otros países en las últimas décadas.
Brasil registró grandes protestas en la previa del Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016. Allí las manifestaciones denunciaban que las grandes inversiones —más de 10.000 millones de dólares, según informes locales— se concentraron en infraestructura y movilidad para el turismo y los estadios, en lugar de destinarse a impulsar mejoras en vivienda, transporte e infraestructura para los sectores más postergados.
Al igual que ocurre en otras ciudades que fueron anfitrionas de este tipo de eventos, otro elemento central es el aumento del costo de vida impulsado por el turismo.
Baranda Sepúlveda lamenta que las obras previas al Mundial sean “mejoras para el evento” sin proyección a futuro. “Lo importante es hablar del legado, lo que le queda a las ciudades. Eso implica inversiones con anticipación y lamentablemente está sobrevalorado”, señala.
El ajolote, una especie en peligro
Asimismo, para Mendoza Solís, la ajolotización encierra un “discurso contradictorio”. La bióloga sostiene que la campaña podría haber estado acompañada de medidas para proteger a la especie. Sin embargo, aunque la imagen del pequeño anfibio aparece por toda la capital, “no se hace nada para cuidar su hábitat natural”. Por el contrario, se promueven actividades que perjudican su territorio, como el turismo masivo, afirma la bióloga.
“No sirve de nada pintarlo en todos lados si no actuamos para conservar el lago de Xochimilco, que es un área natural protegida que alberga mucha biodiversidad y ofrece mucho a la ciudad”, enfatiza.
Así, concluye que es difícil que la ajolotización contribuya al cuidado de la especie. “El ajolote ha estado presente desde la época de los aztecas. Podemos verlos por todos lados, la gente conecta mucho con la especie. Pero las personas con poder de decisión no incentivan actividades que ayuden a conservarlo”, asegura.




















