Guadalajara, México – La Doctrina Monroe, la política con la que EE.UU. demarcó América Latina como su “zona de influencia” desde el siglo XIX, vuelve al centro de la política exterior de Washington. Y lo hace con fuerza: este 11 de agosto, el Departamento de Estado retomó este marco, reivindicado oficialmente en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional difundida por Washington, a través de un video que aborda la historia desde 1823. Al final, el Departamento de Estado termina con una declaración contundente del presidente Donald Trump: “El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado”.
Una afirmación que ya ha pasado a la acción. El pasado 3 de agosto, el Comando Sur de Estados Unidos anunció la activación de la Fuerza de Tarea Conjunta del Hemisferio Occidental, (JTF-WHEM por sus siglas en inglés). A primera vista, podría parecer una reorganización administrativa dentro del aparato militar del Pentágono. Sin embargo, la decisión representa un nuevo paso en la transformación que viene tomando forma desde 2025 con la estrategia de seguridad nacional: el hemisferio ha recuperado centralidad estratégica, los cárteles del narcotráfico han sido elevados a amenazas de seguridad nacional y Washington ha comenzado a organizar distintos niveles de cooperación regional para enfrentarlos.
El Comando Sur forma parte de los mandos militares conjuntos del Departamento de Guerra —que organizan las operaciones militares estadounidenses en todo el mundo, incluido el espacio y el ciberespacio— y, en este caso, su área de responsabilidad es América Central, América del Sur y el Caribe.
Entonces, la nueva fuerza dependerá de este comando y tendrá como misión coordinar las operaciones militares de Estados Unidos y los socios latinoamericanos del llamado Escudo de las Américas, integrando sus capacidades bajo un mando operativo unificado para fortalecer la seguridad regional y responder rápidamente ante crisis en el hemisferio.
Sin embargo, la JTF-WHEM no surge de la noche a la mañana, sino que es la pieza más reciente de una secuencia impulsada por el Gobierno de Trump, mediante la cual la lucha contra los cárteles ha ido adquiriendo un peso creciente dentro de la política hemisférica estadounidense y nuevos instrumentos para su ejecución.
Cuando el hemisferio volvió a ser prioridad
Los antecedentes inmediatos se encuentran en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, que formó parte del primer mandato de Trump. Si bien ocupaban un lugar secundario frente a la presencia de actores extrarregionales y otros desafíos hemisféricos, los cárteles ya aparecían como un problema de seguridad regional en esa administración. Su combate, sin embargo, continuó apoyándose principalmente en instrumentos policiales y judiciales y en mecanismos bilaterales de cooperación antinarcóticos ya existentes. Ocho años después, ese diagnóstico adquirió una dimensión muy distinta.
La Estrategia de Seguridad Nacional publicada a finales de 2025 modificó esa situación. El hemisferio dejó de ser principalmente un conjunto de problemas que administrar para convertirse en un espacio donde Estados Unidos busca reafirmar su preponderancia, integrar socios a redes bajo su conducción y limitar la influencia de actores extrarregionales.
Al mismo tiempo cambió la definición de la amenaza. Desde el primer día de su segunda administración, Donald Trump inició el proceso para designar a determinadas organizaciones criminales latinoamericanas como organizaciones terroristas extranjeras. La diferencia no era solo semántica. Mientras el combate a los cárteles se había concentrado en investigaciones, detenciones, decomisos, persecución financiera y cooperación judicial, su incorporación a la Foreign Terrorist Organization (FTO) List amplió las herramientas penales, financieras y migratorias disponibles contra ellos.
Ahora bien, la designación no autorizaba por sí misma el uso de la fuerza militar. El siguiente paso se concretó en agosto de 2025, cuando funcionarios estadounidenses confirmaron que Trump había ordenado al Pentágono preparar opciones militares contra los cárteles designados como terroristas.
Posteriormente, en noviembre, la Operación Southern Spear —iniciada meses antes como una misión naval antinarcóticos— adquirió una nueva dimensión cuando el secretario de Guerra, Pete Hegseth, la presentó como una campaña para eliminar a los “narcoterroristas” del hemisferio. Para diciembre, el cambio ya era operativo: Washington realizaba ataques contra embarcaciones atribuidas a organizaciones designadas como terroristas.
Escudo de las Américas: una coalición selectiva
El siguiente paso llegó en marzo de 2026. Estados Unidos reunió en la sede del Comando Sur, en Florida, a gobiernos latinoamericanos y caribeños para impulsar el Escudo de las Américas. De este proceso surgió la Coalición de las Américas contra los Cárteles (A3C), una alianza multinacional orientada a coordinar capacidades militares de los países participantes para combatir a los cárteles y otras organizaciones designadas como terroristas.
La iniciativa permitió a Washington avanzar con un núcleo de 18 países que compartían su diagnóstico sobre la amenaza y estaban dispuestos a llevar la cooperación en defensa y seguridad a un nuevo nivel. Con la activa participación de presidentes como Javier Milei de Argentina, Santiago Peña de Paraguay o Daniel Noboa de Ecuador, el Escudo de las Américas adquirió así un carácter selectivo: no buscaba integrar a todo el hemisferio, sino avanzar con los gobiernos dispuestos a asumir compromisos más profundos bajo el lineamiento de Washington.
De hecho, la iniciativa de EE.UU. ya ha logrado cierto arraigo entre algunos países de la región. En esta línea, Nayib Bukele de El Salvador y Rodrigo Chaves de Costa Rica firmaron la Declaración de Coatepeque, que presenta el Escudo de las Américas no sólo como “el inicio de una nueva etapa de trabajo conjunto que busca proteger a nuestros pueblos” y modernizar sus economías, sino también como un “modelo replicable de visión compartida y con una clara vocación regional”, haciendo un llamado expreso a otros líderes latinoamericanos a sumarse.
Pero Escudo/A3C todavía tenía una limitación importante. Su declaración expresaba voluntad política, pero no establecía una cadena de mando ni mecanismos permanentes para organizar operaciones multinacionales. Aunque a lo largo del primer semestre de 2026 comenzaron a multiplicarse acciones concretas de cooperación entre Estados Unidos y algunos países de la región, estas seguían desarrollándose principalmente de manera bilateral. Ciertamente, el Escudo/A3C ganaba contenido operativo, pero aún carecía de una estructura capaz de coordinar sus capacidades.
Una coalición multinacional, un mando estadounidense
La activación de la JTF-WHEM responde precisamente a esa necesidad. Si la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 definió la prioridad hemisférica, la designación terrorista redefinió al adversario y el Escudo/A3C ha reunido a los socios dispuestos a avanzar, la nueva fuerza establece cómo coordinar sus capacidades mediante inteligencia, vigilancia y planificación operativa.
El cambio principal consiste en pasar de una coalición política a una estructura capaz de integrar esas capacidades y coordinar operaciones multinacionales. También busca desarrollar interoperabilidad: que unidades, comunicaciones, procedimientos y sistemas de distintos países puedan actuar conjuntamente. En otras palabras, la JTF-WHEM no sustituye a Escudo/A3C, sino que organiza sus capacidades dentro de un mando operativo
El Escudo de las Américas entra así en una nueva fase. Ya no se trata solamente de acordar qué amenazas enfrentar, sino de desarrollar los instrumentos necesarios para actuar conjuntamente frente a ellas. Para América Latina, esto plantea una cuestión que comienza a diferenciar a los gobiernos según la forma y profundidad de su cooperación en seguridad con Washington. Países como Ecuador, Guatemala y Honduras han avanzado hacia mayores niveles de coordinación militar, mientras México mantiene la cooperación, pero la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en cuatro principios: “Coordinación sin subordinación, defensa de la soberanía[,] defensa de la territorialidad de nuestro país, [y] colaboración sin pérdida de soberanía”. Otros países permanecen fuera del núcleo articulado alrededor de la A3C.
Estas diferencias pueden reorganizar los alineamientos regionales, aunque no necesariamente mediante una división entre aliados y adversarios. Lo que comienza a perfilarse son distintas modalidades de cooperación con Estados Unidos: el alineamiento más estrecho mediante Escudo/A3C, fórmulas como la “coordinación sin subordinación” planteada por México y la participación en mecanismos panamericanos más amplios. La reciente Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas permite observar cómo estas modalidades comienzan a articular el nuevo panorama de la seguridad hemisférica.

Americanismo, panamericanismo: ¿y América Latina?
El 22 de julio, representantes de 33 países se reunieron en Cusco durante la XVII Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas (CMDA), un foro hemisférico creado en 1995 que, a diferencia de Escudo/A3C, reúne a gobiernos con posiciones muy diversas frente a Washington. La Declaración de Cusco acordó fortalecer la cooperación frente al crimen organizado transnacional, el terrorismo y otras amenazas, reafirmando así una vía panamericana para afrontar los desafíos de seguridad.
Pero Washington también utilizó la CMDA para proyectar su nueva doctrina. Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Política, calificó al hemisferio como “nuestra prioridad” y habló de un “cambio fundamental” en la aproximación estadounidense.
En su discurso vinculó esa reorientación con la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y situó Escudo/A3C y la Operación Southern Spear dentro de un mismo esfuerzo en el que el Departamento de Guerra desempeña un papel central. Además, Estados Unidos asumirá la presidencia pro tempore de la CMDA y será sede de su próxima conferencia, en 2028. Así, el americanismo impulsado por Trump ha comenzado a proyectar sus prioridades sobre el espacio panamericano.
Frente a un panamericanismo susceptible de ser reorientado y un americanismo cada vez más activo, el latinoamericanismo aparece arrinconado. La cuestión será si América Latina recuperará capacidad para definir colectivamente sus prioridades de seguridad o terminará desenvolviéndose dentro de una agenda hemisférica crecientemente marcada por la administración Trump.



















