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United 2026: por qué este será el Mundial más grande y global de la FIFA
Con 48 selecciones y tres países anfitriones, el Mundial United 2026 no solo será la Copa del Mundo más grande de la historia: también redefine cómo se organizan y capitalizan los megaeventos deportivos.
United 2026: por qué este será el Mundial más grande y global de la FIFA
Trofeo del Mundial de la FIFA 2026.

Zhuhai, China – United 2026 se perfila como la edición más ambiciosa en la historia del Mundial de la FIFA. Por primera vez, el torneo contará con 48 selecciones y 104 partidos –la mayor cantidad de encuentros en toda la historia de la competición– repartidos entre 16 ciudades anfitrionas en Estados Unidos, Canadá y México.  Esta expansión también se refleja en el récord histórico de premios: el fondo total de para los equipos participantes supera los 871 millones de dólares y el campeón recibirá 50 millones de dólares, cifras que representan casi el doble que en Sudáfrica 2010.

La magnitud del torneo, junto con la inclusión de países que participan por primera vez –Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán– ha generado un entusiasmo sin precedentes, visible en más de 500 millones de peticiones para la compra de boletos. Este interés masivo subraya la relevancia global y el impacto mediático del evento: se estima que entre cinco y siete millones de visitantes internacionales podrían viajar a Norteamérica, generando una derrama superior a 40.000 millones de dólares.

Por su tamaño, complejidad y alcance, el Mundial United 2026 prepara el escenario para un torneo sin precedentes, organizado por tres países, cuya coordinación no solo marcará un nuevo estándar en la gestión de megaeventos deportivos, sino que también podría servir como modelo para su evolución en la próxima década.

Cuando los países comparten el torneo: precedentes del Mundial 2026

La idea de coorganizar un torneo continental surgió en julio de 1995, cuando se decidió que Bélgica y los Países Bajos serían ambos anfitriones de la Euro 2000, marcando la primera vez que un evento así se celebraba en más de un país. Más allá del impacto deportivo, esta decisión respondía a intereses concretos: la cooperación mutua permitió no solo cumplir con las exigencias de infraestructura y logística, sino también obtener resultados financieros positivos para las asociaciones nacionales.

La experiencia además permitió, bajo el lema de “Fútbol sin fronteras”, proyectar una imagen de cooperación transnacional y de identidad regional. Esta fórmula se replicó en 2008 (Austria‑Suiza), 2012 (Polonia‑Ucrania) y 2020 (Pan-Europe con 12 ciudades anfitrionas en 12 países diferentes), y se prevé que en las próximas ediciones se celebren conjuntamente en Reino Unido‑Irlanda en 2028 y en Italia‑ Türkiye en 2032, consolidando a nivel continental un modelo que no solo genera beneficios logísticos y financieros, sino que también fortalece la integración social en Europa.

A nivel mundial, la coorganización de Mundiales ha sido poco frecuente. La Copa de 2002, compartida por Corea del Sur y Japón, constituyó una “decisión sin precedentes”. Sin embargo, la colaboración no fue espontánea, sino que surgió como una estrategia para garantizar la sede, ya que ambos países tenían ofertas rivales y, solo al unir fuerzas, pudieron superar la candidatura de México de aquel momento

Incluso durante el torneo persistieron las tensiones: el orden oficial “Corea/Japón” generó disputas diplomáticas, mientras que la distribución de partidos y la final en Yokohama reflejaron complejas negociaciones entre ambos gobiernos y la FIFA. Así, a diferencia de los torneos europeos, la coorganización de Corea‑Japón 2002 fue producto de un proceso deliberado de negociación y sensible a cuestiones de prestigio nacional.

A partir de estas experiencias pueden identificarse dos formas distintas de compartir un megaevento deportivo. El modelo europeo —visible desde la Euro 2000— combina intereses económicos y logísticos con una narrativa de integración y cercanía entre países vecinos. En contraste, el caso Corea-Japón 2002 respondió principalmente a una lógica pragmática donde la coorganización estuvo orientada a asegurar beneficios nacionales y reforzar la visibilidad internacional de cada país.

En este contexto, el Mundial de 2026 parece ubicarse en un punto intermedio entre ambos modelos. Por un lado, el torneo incorpora una narrativa de unidad regional mucho más trabajada que la de Corea-Japón 2002, visible incluso en el propio nombre “United” y en la idea de una candidatura compartida entre tres países de Norteamérica. Sin embargo, esta dimensión simbólica convive con intereses nacionales claramente definidos.

Intereses estratégicos de los anfitriones en United 2026

Para Estados Unidos, los intereses estratégicos detrás de la coorganización del Mundial 2026 combinan objetivos deportivos y comerciales que se remontan a la Copa del Mundo de 1994. Ese torneo registró un récord de asistencia en las finales —con más de 3,5 millones de espectadores que presenciaron los 52 partidos del torneo— y sirvió como detonante para la creación de la Major League Soccer (MLS) en 1996, que hoy cuenta con 30 equipos y estrellas de la élite mundial como Lionel Messi.

Gran parte de este impulso estratégico se ha sustentado en la colaboración público-privada. Esto quedó reflejado en la publicación del presidente de EE.UU., Donald Trump, cuando la FIFA oficializó la sede de 2026: “Gracias por todos los elogios por haber conseguido que el Mundial se celebrara en Estados Unidos, México y Canadá. Trabajé duro en esto, junto con un gran equipo de personas talentosas. Nunca fallamos, ¡y será una gran Copa del Mundo! Un agradecimiento especial a Bob Kraft por sus excelentes consejos”.

En efecto, Bob Kraft, propietario de los New England Patriots, y otros empresarios participaron activamente en la candidatura, aportando experiencia en comercialización deportiva, derechos de transmisión y gestión de grandes espectáculos, pero con el interés claro de consolidar a Estados Unidos como uno de los mercados más rentables del fútbol mundial y de consolidar la MLS como liga.

En el caso de Canadá, sus intereses se enfocan en impulsar el fútbol a nivel nacional y en fortalecer su profesionalización. Para James Johnson, comisionado de la Canadian Premier League CPL, el Mundial 2026 representa “una oportunidad para llevar el fútbol al mainstream en Canadá, aumentar los ingresos comerciales y poner a la Canadian Premier League en el centro de la agenda deportiva del país”.

Sin embargo, las expectativas canadienses van más allá del deporte. La ministra de Turismo, Artes, Cultura y Deporte de Columbia Británica, Anne Kang, señaló en marzo de 2026 que “aprovechar la exposición global del Mundial abrirá la puerta a un aumento del turismo, la creación de empleos y reforzará nuestro papel como puerta de entrada de Canadá hacia Asia-Pacífico”. Así, la coorganización aparece también como una plataforma para fortalecer la proyección económica y turística del país en el escenario internacional.

En el caso de México, el Mundial 2026 adquiere una dimensión histórica singular: será el primer país en albergar por tercera vez una Copa Mundial masculina, después de 1970 y 1986. Esto refuerza su lugar dentro de la memoria global del fútbol. México 70 quedó marcado por el tricampeonato de Brasil liderado por Pelé, mientras que México 86 inmortalizó la actuación de Diego Maradona y el título de Argentina. En ambos casos, el país fue escenario de las consagraciones de dos jugadores considerados entre los mejores futbolistas de todos los tiempos.

Este legado histórico se combina ahora con una apuesta contemporánea de impacto social. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, su interés es “aprovechar el Mundial para que el fútbol sea una herramienta de paz, de deporte, de educación física, de vínculo entre las comunidades”. De ahí que su gobierno haya impulsado la estrategia denominada “Mundial Social México 2026”, que contempla más de 5.000 actividades culturales, deportivas y comunitarias en todo el territorio del país con el objetivo de llevar la celebración más allá de los estadios, promoviendo la inclusión, la cohesión comunitaria y el bienestar social.

El punto de inflexión del Mundial 2026

Así, en una fórmula híbrida entre los torneos europeos compartidos y la experiencia de Corea-Japón 2002, los tres anfitriones han logrado hacer converger intereses distintos pero complementarios: Estados Unidos busca consolidar el fútbol como industria de masas y fortalecer la MLS; Canadá pretende ampliar la presencia económica, turística y cultural del fútbol; y México refuerza su peso histórico y su dimensión social dentro de la memoria global del deporte. Pero, en conjunto, el Mundial United 2026 proyecta a Norteamérica como uno de los principales espacios futbolísticos del siglo XXI.

Más allá de los retos logísticos y organizativos, el torneo demuestra cómo la coordinación entre varios países permite transformar el torneo en una plataforma simultánea de turismo, negocios y proyección internacional. La Copa del Mundo de 2026 no solo será recordada por sus cifras récord, sino porque puede marcar un punto de inflexión en la manera en que se organizan, proyectan y capitalizan los megaeventos deportivos internacionales.

FUENTE:TRT Español
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