El pueblo indígena ayoreo lleva a Europa la lucha por proteger su territorio ancestral en el Chaco
AMÉRICA LATINA
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El pueblo indígena ayoreo lleva a Europa la lucha por proteger su territorio ancestral en el ChacoLos ayoreo viajaron a Italia para denunciar la deforestación de su territorio ancestral en el Chaco paraguayo, y pedir protección para las familias que aún viven en aislamiento voluntario frente al avance de la ganadería.
Los ayoreo buscan apoyo internacional para proteger el bosque del Chaco paraguayo y a sus familias aisladas.

Para Porai Picanerai, el bosque del Chaco paraguayo no era solo su hogar: era el territorio de sus antepasados y el lugar donde aprendió su cultura. Miembro del pueblo indígena ayoreo, Picanerai nació en ese territorio ancestral, que se extiende por el Gran Chaco de Paraguay y Bolivia, y vivió en el monte hasta que las máquinas, las estancias ganaderas y la llegada de forasteros lo obligaron, junto con otros ayoreo, a abandonarlo.

"Teníamos que caminar miles de kilómetros para buscar un lugar donde refugiarnos, donde nadie nos molestara. El rugir de los motores y las máquinas nos asustaba", cuenta Porai a TRT Español al recordar cómo la deforestación comenzó a avanzar sobre territorio ayoreo y obligó a las familias a desplazarse por el monte.

Hoy, unos 5.000 ayoreos viven de forma sedentaria entre Paraguay y Bolivia, pero algunos todavía recorren el bosque y evitan el contacto con el mundo exterior. Muchos de ellos pertenecen a los totobiegosode, un subgrupo del pueblo ayoreo. Se estima que entre 80 y 150 ayoreos viven aún en aislamiento voluntario, lo que los convierte en el único pueblo indigena fuera de la Amazonía que mantiene esta forma de vida. 

Fue esa misma amenaza, la que Porai vivió en carne propia casi cuatro décadas atrás, la que lo llevó hasta Europa junto con Darajidi Rosalino Picanerai, portavoz de los ayoreo totobiegosode. Viajaron a Roma y Milán para denunciar la deforestación del Chaco, pedir protección para quienes aún viven en el monte y advertir sobre el cuero paraguayo que llega a Italia. Parte del ganado criado en zonas deforestadas puede entrar en una cadena comercial que termina en productos de lujo.

Para Porai y Rosalino, contar esta historia en Europa era también una forma de proteger lo que todavía queda del bosque que su pueblo ha ido perdiendo durante décadas.

El bosque que Porai tuvo que abandonar

Para Porai, el monte era el lugar donde aprendió a orientarse, cazar y recolectar, y donde su pueblo mantenía una estrecha relación con el territorio y sus recursos.

Evitar el contacto con los “cojñone”, como los ayoreo llaman a los no indígenas, era también una forma de protegerse.

“Teníamos mucho temor de contactar con la sociedad, que hoy en día ya está entre nosotros. Entonces nuestra vida en el monte era muy difícil, porque teníamos que movernos de aquí para allá para estar seguros (de los forasteros)”, recuerda Porai a TRT Español.

Luego llegó otra amenaza.  

En 1986, cuando tenía 27 años, misioneros evangélicos sacaron por la fuerza a Porai, a su familia y a parte de su grupo. Los totobiegosode se resistieron y, en el enfrentamiento, murieron cinco personas, relata Porai. A los sobrevivientes los llevaron a un asentamiento misionero; otros escaparon hacia el monte, donde parte de sus parientes sigue hoy en aislamiento, explica.

"Nunca he podido superar la ausencia de un sobrino que sigue en aislamiento. Es imposible no recordarlo", dice Porai, sin haber vuelto a saber de él desde entonces.

Su historia no es un caso aislado.

Durante décadas, colonias menonitas, misiones evangélicas, carreteras y estancias ganaderas avanzaron sobre el territorio ancestral ayoreo. En 2001, el Gobierno de Paraguay reconoció los derechos de los totobiegosode sobre 550.000 hectáreas. Sin embargo, gran parte de esas tierras sigue en manos de empresas privadas, muchas extranjeras, que continúan expandiendo la ganadería.

Según Porai, ese reconocimiento no cambió la situación: "Hoy hemos perdido el respeto, porque el Estado nos ha abandonado. Hay invasores que ponen su ganadería dentro de nuestro territorio y se enriquecen a costa de nuestra tierra".

Para él, no solo les quitan territorio, sino también la posibilidad de seguir siendo ayoreo. Laura de Luis, portavoz de Survival International, lo resume así: "El Chaco es su iglesia, su cementerio, su escuela, es donde han construido sus vidas. El bosque lo es todo y sin el bosque no hay ayoreo, no hay vida".

Una historia heredada

Para otros ayoreo totobiegosode, la pérdida del territorio y la ruptura con el monte también son historias transmitidas entre generaciones. Rosalino Darajidi Picanerai nació en la ciudad de Filadelfia, en el Chaco paraguayo, pero creció escuchando a su madre hablar del bosque que había dejado tras el contacto forzado con los “cojñone”.

Su madre recordaba una vida en el monte con alimento y sin deforestación. El contacto forzado trajo enfermedades y cambió su forma de vida. A los 20 años llegó a Filadelfia, donde formó una familia. Tras la muerte de su esposo, regresó con parte de sus hijos a Aocojnadi, una comunidad ayoreo creada después del contacto. Rosalino tenía entonces unos 11 años.

Ese regreso le permitió acercarse a una historia que hasta entonces sólo conocía por su madre. Acompañó a miembros de su pueblo por el territorio y aprendió de los mayores sobre el monte y la vida ayorea. Haber nacido en la ciudad también le dio una herramienta: el español, su puente con el mundo exterior.

Fue profesor de español en escuelas ayoreas y luego acompañó a líderes como representante, traduciendo las preocupaciones de su pueblo. En abril, esa labor lo llevó a Italia.

Pero Rosalino no viaja solo como traductor. “Cuando uno tiene la responsabilidad de representar a su pueblo, ya desde el viaje piensa: ‘Cuando esté allá, tengo que enfrentar a las autoridades, con mi gente, con los líderes y pensar en mi comunidad’. Entonces es la voz del pueblo que va con nosotros”, explica.

El bosque no es solo bosque

En Paraguay, la expansión ganadera transformó el Chaco durante décadas y se aceleró desde mediados de la década de 1990. Grandes extensiones de bosque fueron convertidas en pasturas y estancias. Las tierras reclamadas por los totobiegosode están entre las últimas zonas boscosas de la región, donde encuentran alimento, agua y mantienen viva la memoria de su pueblo.

Para Rosalino, esa relación con el territorio se refleja en uno de sus lugares favoritos del Chaco: los palmares, el viento, la luna y las estrellas. “Uno vive tranquilamente con la naturaleza. Es bonito, es maravilloso”, cuenta.

Luis María de la Cruz, investigador de Iniciativa Amotocodie, explica a TRT Español que para los ayoreo el bosque es mucho más que un territorio que proteger: “El bosque es un sujeto. El pueblo ayoreo no existe sin sus bosques y sus bosques desaparecen sin su presencia”.

Del bosque al cuero

Una investigación de Earthsight reveló en 2020 la conexión entre la deforestación del Chaco y la industria italiana: cuero paraguayo, parte de él vinculado a la destrucción del territorio ayoreo, llegaba a curtiembres italianas y de allí a la industria automotriz europea de lujo.

La denuncia tuvo un primer resultado en 2023, cuando la curtiduría italiana Pasubio anunció que dejaría de comprar cuero relacionado con la deforestación del territorio ancestral ayoreo-totobiegosode y suspendió a proveedores que no pudieran garantizar su origen.

Pero el bosque siguió desapareciendo. Entre 2001 y 2025, Paraguay perdió 7,4 millones de hectáreas de cobertura arbórea, cerca del 30% de la que tenía en 2000. Boquerón y Alto Paraguay, donde se encuentra el territorio ayoreo, concentraron casi 4,8 millones de hectáreas de esa pérdida, según Global Forest Watch.

Para Porai, no es solo una cifra: algunos de sus parientes aún viven en aislamiento en ese territorio. Por eso, en abril viajó con Rosalino a Italia para denunciar el problema al otro extremo de la cadena.

“Es importante que la gente europea sepa cuál es el origen de lo que compra. Primero afectan nuestro bosque, luego nuestro territorio y después a las personas. Los que ganan son los empresarios”, afirma Rosalino.

En Italia, ambos se reunieron con autoridades y legisladores y protestaron frente a la asociación de la industria del curtido. En Roma, Laura Boldrini, presidenta del Comité Permanente de Derechos Humanos en el Mundo de la Cámara de Diputados, se comprometió a pedir al ministro de Exteriores italiano mayor atención para el pueblo ayoreo.

Para expertos como De la Cruz, el problema de fondo es la falta de protección de las familias ayoreo en aislamiento. Algunas entran en propiedades privadas en busca de agua o alimento y quedan expuestas a la violencia de los estancieros. Si son asesinadas, afirma, ni siquiera existen garantías de que sus muertes sean investigadas. “Es una cuestión de derechos humanos y de los derechos fundamentales de los pueblos en aislamiento”, afirma.

Volver a casa

Porai y Rosalino regresaron con la sensación de haber sido escuchados. Para Laura de Luis, ese reconocimiento fue significativo: “Sienten que su lucha importa. Es triste que haya ocurrido fuera de su país, pero nos decían: ‘Estamos acostumbrados’”.

Al volver, la vida familiar regresó al primer plano. La hija de Rosalino había dado sus primeros pasos durante su ausencia y su madre estaba hospitalizada. “Estuve pensando mucho en mi hija. Es muy pequeñita, no habla todavía, pero ya está empezando a caminar”, cuenta.

Para Porai, el regreso fue breve: poco después viajó a Panamá por sus responsabilidades como líder. “Es difícil ser líder. También tengo que cuidar a mi familia. Es estresante, no es fácil”, comenta.

Detrás de la defensa del territorio están esas vidas: una hija que empieza a caminar, una madre en un hospital, una familia que espera. Defender el territorio también es defender el hogar al que quieren volver.

Lo que queda todavía

El reclamo llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que en 2016 dictó medidas cautelares para proteger a los totobiegosode en aislamiento voluntario y pidió a Paraguay proteger su territorio y detener la deforestación. En febrero de 2026, la CIDH volvió a pedir al país que frenara la tala ilegal. Sin embargo, la deforestación continúa y las familias ayoreo en aislamiento siguen perdiendo el bosque que los protege.

"Queremos que otros países acompañen este proceso, porque la deforestación no solo afecta a los totobiegosode, sino a la mayoría de los pueblos indígenas (del mundo)", dice Rosalino.

Su temor va más allá de perder el territorio: teme que el cambio de vida termine borrando su cultura. “Mi sueño es que ellos sigan siendo un pueblo indígena, que no tengan que cambiar su vida por la de la ‘gente blanca’. Si eso desaparece, también podemos perder nuestra cultura y todo lo que nuestros padres nos enseñaron”.

Para Laura de Luis, “El Chaco está desapareciendo a marchas forzadas, y con él, el territorio de los ayoreo totobiegosode. Estamos hablando de un genocidio lento”.

Rosalino insiste: “Mi mayor preocupación es que los empresarios maten a nuestra gente en cualquier momento, porque tienen interés en deforestar para criar ganado. Espero que eso no ocurra”.


FUENTE:TRT Español
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