La disputa por la soberanía de Cuba: de la mafia judía de Meyer Lansky a la ultraderecha de EE.UU.
AMÉRICA LATINA
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La disputa por la soberanía de Cuba: de la mafia judía de Meyer Lansky a la ultraderecha de EE.UU.Desde la mafia de Meyer Lansky en la Cuba prerrevolucionaria hasta el poder del exilio cubano en Miami y la línea dura de EE.UU., esta es la historia detrás de la disputa por la soberanía de la isla y sus consecuencias para la población.
La bandera de Cuba ondea en La Habana, en esa imagen de archivo.

La asfixia económica y militar sobre Cuba ha alcanzado en 2026 un punto de inflexión histórico. Tras los recientes movimientos tectónicos en el escenario geopolítico de América Latina –agravados por la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en enero y el cercamiento energético a la región–, la política de la Casa Blanca hacia La Habana ha quedado formalmente delegada en la facción más dura y estridente del Partido Republicano. 

Se trata de los llamados “cubanos locos”, un bloque de poder integrado por figuras clave del gobierno y el Congreso como el secretario de Estado, Marco Rubio; el enviado especial para América Latina, Mauricio Claver-Carone, y los representantes Mario Díaz-Balart, María Elvira Salazar y Carlos Giménez.

El impacto de esta cruzada no se mide hoy en discursos políticos, sino en la infraestructura misma de la vida cotidiana. Como ocurre en Gaza, Irán, Venezuela –y sucedió durante el Chile de Salvador Allende–, la estrategia de Washington apunta al colapso económico para lograr lo que llaman “un cambio de régimen”, apostando a que la población afectada culpe a su propio gobierno por el deterioro de sus condiciones de vida, mediante el estrangulamiento económico sistemático. 

Se trata de una doctrina de asfixia que ignora abiertamente las advertencias sobre las consecuencias humanas de unas medidas que, según sus críticos, constituyen castigos colectivos prohibidos por la Convención de Ginebra. En Cuba, esta doctrina tiene hoy una manifestación física, tangible y angustiosa: la oscuridad.

Penumbra

Desde la segunda mitad de este año, las autoridades cubanas vienen denunciando un escenario de colapso energético, donde millones de personas sobreviven con apenas dos o tres horas diarias de energía eléctrica. Es una penumbra que pudre los alimentos, inutiliza el sistema sanitario –histórico baluarte de la Revolución–, interrumpe el agua potable, apaga las escuelas y desconecta a las familias del resto del mundo. 

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Hoy en día, los habitantes de La Habana intentan resistir en una capital sumida en las tinieblas, una imagen que choca de lleno con el mito hollywoodense de la vida nocturna habanera esplendorosa en las décadas de 1940 y 1950.

Sin embargo, aquella lejana Habana de ensueño que la nostalgia del exilio suele invocar no era más que el decorado de un experimento colonial: la transformación de un país soberano en un protectorado privatizado del crimen organizado estadounidense. En el centro de ese entramado, como un arquitecto silencioso que movía los hilos desde las sombras de los hoteles de lujo, no estuvo un general del Pentágono ni un diplomático de carrera, sino un mafioso de origen judío llamado Meyer Lansky.

Lansky, el trauma, la identidad sionista y el Estado-casino

Para comprender la ferocidad con la que el lobby de Florida reclama hoy el control sobre el destino cubano, es imprescindible desenterrar la naturaleza del paraíso que “perdieron” en 1959. 

Lejos de la imagen hollywoodense del gánster impulsivo, Meyer Lansky encarnó la profesionalización del crimen. Nacido a principios del siglo XX como Majer Suchowliński en Grodno –en el seno de una familia judía azotada por la pobreza y los pogroms del Imperio ruso–, Lansky emigró de niño al Lower East Side de Nueva York. Allí entendió prematuramente que la seguridad absoluta solo se alcanzaba controlando las estructuras del dinero y el poder.

A través del clan Bugs & Meyer –la banda criminal que formó con Benjamin “Bugsy” Siegel– y su posterior integración en la mafia italiana liderada por Charles “Lucky” Luciano, sentó las bases del Sindicato Nacional del Crimen. Lansky aportó la genialidad financiera: fue el hombre que comprendió que el verdadero negocio de la mafia residía en la contabilidad, el lavado de capitales y la infiltración de las instituciones estatales. 

Y en esa búsqueda de un territorio libre de la injerencia fiscal de Washington, Lansky descubrió a Cuba.

En “El Padrino Il”, del cineasta Francis Ford Coppola, el personaje de Hyman Roth se inspira en la figura de Lansky, quien afirma que el poder del conglomerado mafioso que se extiende de Las Vegas a La Habana es "más grande que la US Steel", en ese entonces la mayor corporación mundial. Hay dos biografías cinematográficas dedicadas a Meyer Lansky (como las producciones de 1999 y 2021 encarnadas por Richard Dreyfuss y Harvey Keitel) que ponen el foco en su identidad judía y su ferviente compromiso con el sionismo. 

En estos retratos, el apoyo de Lansky a la causa sionista, el envío de armas a las milicias judías durante la Nakba palestina en 1948 y su colaboración con el FBI aparecen ligados a una misma obsesión: evitar volver a experimentar la humillación y la vulnerabilidad de su pasado. El trauma de los pogroms y la persecución se convirtió así en el motor central para justificar tanto su violencia criminal como su búsqueda incesante de poder territorial.

Entre la décadas de 1940 y 1950, La Habana operó como la principal mina de oro de este esquema transnacional, respaldada diplomáticamente por el Departamento de Estado y operativamente por la recién creada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés). Lansky tejió una alianza duradera con el entonces dictador de Cuba, Fulgencio Batista, asegurando protección estatal a cambio de sobornos y participación en las ganancias de los casinos. 

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Aquel proyecto tuvo su hito en la Conferencia de La Habana de diciembre de 1946 en el Hotel Nacional. Convocada por Lansky y Charles “Lucky” Luciano –recién deportado de EE.UU.–, la plana mayor del crimen organizado se repartió el mapa de la isla. El historiador Enrique Cirules documentó en su libro “El imperio de La Habana” cómo este “Estado de corte delictivo" no solo privatizó el juego, sino que montó redes de distribución masiva de cocaína y heroína junto a la mafia corsa de Amleto Battisti, utilizando aerolíneas como Aerovías Q para el lavado de capitales, mientras ejercía una feroz represión contra el movimiento sindical y la izquierda.

Lansky proyectaba duplicar este modelo en todo el Caribe, pero el 1 de enero de 1959 la entrada de los rebeldes barbudos a La Habana clausuró el paraíso criminal. Los revolucionarios destruyeron las ruletas, cerraron los burdeles y confiscaron las propiedades del imperio mafioso.

La mutación de Miami: de la Brigada 2506 al espejo de AIPAC

El mundo fundado por Lansky y Batista no desapareció: simplemente cruzó las noventa millas del estrecho de la Florida y se reconfiguró en Miami. Expolicías, militares de la dictadura, esbirros de inteligencia y administradores de casinos desembarcaron en territorio estadounidense.

La CIA los reclutó activamente para convertirlos en la punta de lanza del sabotaje militar contra la isla, y muchos de ellos pasaron a integrar la Brigada 2506. El fracaso catastrófico de la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 –conocida en Cuba como Playa Girón– no detuvo este proceso, pero sí reorientó sus métodos.

De los escombros de la Brigada 2506 surgieron dos vertientes que moldearían el futuro del exilio. Por un lado, la vertiente paramilitar y delictiva, encarnada por José Miguel Battle ("El padrino de la mafia cubana"), un expolicía de Batista formado por la CIA que levantó La Corporación: un imperio del crimen organizado basado en el juego clandestino de la "bolita", el tráfico de armas y la extorsión en Florida.

Por otro lado, surgió la diplomacia informal y el lobby político, personificado en Jorge Mas Canosa, otro veterano de Bahía de Cochinos –y padre de los actuales dueños del Inter Miami, donde milita Lionel Messi–. Bajo el apadrinamiento del Gobierno de Ronald Reagan en los años ochenta, Mas Canosa comprendió que el verdadero poder se conquistaba mediante la influencia financiera en el Capitolio. Creó así la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), un grupo de presión diseñado explícitamente a imagen y semejanza de Comité de Asuntos Públicos de Estados Unidos-Israel (AIPAC, por sus siglas en inglés), el principal lobby sionista en EE.UU.

La FNCA demostró una enorme capacidad para entrelazar los negocios privados con el financiamiento de campañas electorales. Figuras como Mas Canosa erigieron multinacionales como MasTec, mientras según informes financiaban por debajo de la mesa actividades de terrorismo contra el turismo en La Habana –como la red de Luis Posada Carriles, responsable de varios atentados contra hoteles en Cuba en el año 1997– y dictaban la agenda política en Washington.

La herencia de los “cubanos locos” y la disputa por el destino

Existe una continuidad histórica entre la red creada por Meyer Lansky y las reuniones que el presidente de EE.UU., Donald Trump, sostuvo en Miami con los veteranos de la Brigada 2506. Cuando en 2017, durante su primer periodo, el mandatario estadounidense firmó el memorando que revertía el deshielo diplomático con Cuba y le regaló la pluma del decreto a Marco Rubio, se estaba cerrando un círculo histórico.

Los llamados “cubanos locos” que hoy dominan la agenda geopolítica no son un producto espontáneo: son los herederos directos de aquella élite desplazada en 1959. La crueldad y el desprecio explícitos que despliega este bloque, particularmente hacia Cuba y hacia Venezuela por haber resistido el saqueo de sus recursos, se inscriben en una larga genealogía en la que se imbrican los intereses geopolíticos de EE.UU., la integración de grupos mafiosos como núcleo de la política exterior hacia la región y la misma lógica extractivista que regía en La Habana prerrevolucionaria.

Para esta facción, Cuba no es un país real compuesto por familias que intentan criar a sus hijos en medio de apagones; es una propiedad robada que debe ser recuperada a cualquier costo. La fijación por imponer un colapso económico total revela una nostalgia inconfesada por el modelo anterior: una isla subordinada, disponible para la especulación financiera, el turismo de enclave y el control paraestatal.

La disputa actual que libran los Marco Rubio y los Claver-Carone es la continuación de la “vieja guerra” por el control del territorio y los recursos de Cuba. Al igual que Meyer Lansky a mediados del siglo pasado, los “cubanos locos” parecen convencidos de que el destino de la isla puede ser dictado desde los despachos de poder en Washington y las oficinas corporativas de Miami. La historia, sin embargo, suele ser más esquiva que los cálculos de los imperios y sus capos.

FUENTE:TRT Español