Benjamín Netanyahu rara vez ha necesitado la paz para demostrar su relevancia política: lo que necesita es el peligro.
Con Israel encaminándose hacia las elecciones del 27 de octubre, Netanyahu se encuentra en una posición inusualmente vulnerable.
Su partido, el Likud, va por detrás en varias encuestas recientes, mientras que el bloque que sostiene a su Gobierno no tiene asegurado el camino hacia una mayoría.
Después de años de guerra, los israelíes están agotados, la promesa de Netanyahu de una "victoria total" no ha llegado a materializarse y su reivindicación de ser el líder de seguridad indispensable para Israel está siendo puesta a prueba.
Y ahora, Netanyahu parece haber encontrado un nuevo enemigo: Türkiye.
El 18 de agosto, aviones de combate israelíes atacaron la base aérea militar de Abu Al-Duhur, en el norte de Siria.
La oficina de Netanyahu afirmó que Siria se preparaba para permitir el despliegue de fuerzas turcas allí, lo que supondría una amenaza para la seguridad israelí.
Türkiye negó haber establecido tal presencia, mientras que el ministro de Asuntos Exteriores sirio, Asaad Al-Shaibani, afirmó haber dejado claro a Israel que no existían planes para una base turca permanente.
Lo que ocurrió después fue casi tan significativo como el propio ataque.
En lugar de tratarlo como una operación militar discreta, Netanyahu convirtió el episodio en una confrontación pública.
Lanzó una advertencia de una sola palabra a Türkiye, al tiempo que el ministro de Defensa, Israel Katz, acusaba al presidente Recep Tayyip Erdogan de embarcarse en “aventuras peligrosas” en Siria.
Pero incluso dentro del propio aparato de seguridad de Israel, la retórica resultó alarmante.
Medios israelíes informaron de la preocupación de responsables de seguridad ante el riesgo de que Netanyahu y Katz estuvieran provocando una escalada innecesaria con Türkiye y de que la confrontación comenzara a mezclarse con la política electoral.
Washington también pareció incómodo. Tom Barrack, embajador de Estados Unidos en Türkiye y enviado especial del presidente Donald Trump para Siria, calificó el ataque israelí de “escalada innecesaria”.
Más sorprendente aún fue que planteara públicamente la posibilidad de que Israel estuviera “provocando” a Türkiye para llevarla a una confrontación, dado que tal choque podría tener rédito político interno antes de las elecciones.
Según Barrack, la inteligencia estadounidense no respaldaba la afirmación de Israel de que se estuvieran trasladando activos militares turcos a la base, aunque los funcionarios israelíes insisten en que disponían de información de inteligencia que indicaba lo contrario.

¿Por qué Türkiye y por qué ahora?
Pero aquí hay una cuestión más profunda que los cálculos electorales de Netanyahu.
Describir las acciones de Israel simplemente como una respuesta a "preocupaciones de seguridad" supone aceptar la propia definición israelí de lo que significa la seguridad sin preguntarse en qué se ha convertido ese concepto.
Israel no estaba respondiendo a la entrada de tropas turcas en territorio israelí. Bombardeó Siria —un Estado soberano— para anticiparse a una supuesta presencia militar turca en suelo sirio.
Esa distinción es importante.
Israel ha ocupado territorio sirio, ha establecido lo que denomina una zona de seguridad más allá de su frontera reconocida internacionalmente, ha bombardeado reiteradamente infraestructura militar siria y ha insistido en su libertad para operar militarmente dentro del país.
Sin embargo, cuando Siria intenta reconstruir sus capacidades militares o desarrolla relaciones con otra potencia regional, Israel también presenta esas acciones como una amenaza para su seguridad.
Esta contradicción apunta a un problema mucho mayor en la doctrina regional de Israel: la concepción fantasiosa de Netanyahu sobre una seguridad absoluta para Israel parece exigir, cada vez más, la inseguridad permanente de todos los que le rodean.
Una Siria débil resulta tolerable; una Siria capaz de defender su espacio aéreo se convierte en una amenaza potencial.
El Líbano no debe poseer fuerzas capaces de disuadir una acción militar israelí. Las capacidades militares de Irán deben ser mermadas. Se espera que los palestinos permanezcan efectivamente indefensos mientras viven bajo ocupación y sufren constantes ataques militares israelíes.
Y ahora, al parecer, también debe contenerse la influencia de Türkiye en Siria.
Entendida de esta manera, la seguridad ya no significa simplemente proteger a Israel de un ataque.
Significa preservar una superioridad militar israelí abrumadora y la libertad para atacar a países vecinos sin que estos desarrollen la capacidad de limitar de manera efectiva esa libertad de acción.

Türkiye supone un problema particular precisamente porque no puede ser sometida a esa jerarquía.
Es una gran potencia regional, miembro de la OTAN y cuenta con el segundo ejército más grande de la alianza transatlántica.
Türkiye no es otro escenario donde Israel pueda esperar que la presión militar se traduzca en sumisión política; cualquier intento de coaccionarla chocaría con un nivel de poder militar, político y regional que Netanyahu no puede simplemente eliminar mediante bombardeos.
Es aquí donde la doctrina regional de Israel y los intereses políticos personales de Netanyahu confluyen.
Netanyahu no necesita inventar a Türkiye como adversario. Existen desacuerdos reales entre Ankara y Tel Aviv respecto a Gaza, Siria y el futuro equilibrio de poder en la región. Solo necesita transformar esos desacuerdos en algo mucho mayor: otra amenaza existencial para Israel.
Y su campaña electoral ya está haciendo precisamente eso.
En distintos puntos de Tel Aviv, las vallas publicitarias del Likud han convertido la seguridad nacional en un tosco ejercicio de culto a la personalidad en torno a Netanyahu: "Quieren que Netanyahu pierda. No dejes que ganen".
Pensemos en lo que realmente dice ese mensaje.
Reduce la política exterior, la seguridad nacional y la supervivencia política personal de Netanyahu a una sola premisa: los enemigos de Israel quieren que Netanyahu se vaya; por tanto, apartar a Netanyahu sería en sí mismo una victoria para los enemigos de Israel.
Esto ha sido un elemento central de la política de Netanyahu durante años. Ha cultivado la imagen del “Sr. Seguridad”, el líder singularmente capaz de proteger a un Israel supuestamente rodeado de amenazas existenciales.
Y aunque los enemigos cambien, la propuesta política sigue siendo extraordinariamente similar.
Pero esta vez Netanyahu se enfrenta a un problema.
Después de años de guerra, quizá Hamás por sí solo ya no sea suficiente. Gaza ha quedado devastada, decenas de miles de palestinos han muerto y, aun así, la prometida "victoria total" de Netanyahu sigue sin llegar.
La guerra no ha producido la conclusión política o estratégica decisiva que prometió una y otra vez a los israelíes.

De héroe a nada
Netanyahu necesita, por tanto, algo más grande. Pero esta vez ha elevado tanto las apuestas que quizá haya escogido un adversario al que no puede intimidar, dominar ni controlar.
La historia política puede desplazarse de "estoy luchando contra Hamás" a algo mucho más ambicioso: Israel se enfrenta a una red regional emergente de enemigos poderosos, el peligro se expande y solo yo tengo la experiencia y la determinación necesarias para hacerle frente.
Pese a toda su bravuconería, la postura de Netanyahu hacia Türkiye parece mucho más teatro político que preparación para una guerra.
Un conflicto a gran escala con Türkiye no es una guerra que pueda esperar iniciar o contener de manera creíble. Solo necesita comportarse como si pudiera hacerlo, porque el espectáculo de la confrontación sirve a su propósito político.
Políticamente, necesita algo menos que una guerra, pero más que la paz. Necesita la política de la amenaza permanente.
Un adversario poderoso. Un peligro que se aproxima. Y Netanyahu, una vez más, presentándose como el hombre indispensable que se interpone entre Israel y la catástrofe.
Sin embargo, hay algo profundamente inquietante en analizar todo esto simplemente como una estrategia electoral israelí.

La política interna de Israel no se queda dentro de las fronteras de Israel.
Los palestinos lo saben de la manera más brutal. Los sirios lo experimentan cuando los aviones israelíes atacan su país.
Los civiles libaneses lo han vivido a través de guerras y bombardeos repetidos. Irán ha experimentado ya una confrontación militar directa con Israel.
Para los seres humanos que sufren el impacto del poder militar israelí, los cálculos políticos de Netanyahu no se traducen en encuestas de opinión, eslóganes de campaña ni estrategias electorales.
Los viven como bombas. Y existe una contradicción aún mayor que la invocación israelí de la "seguridad" ya no puede seguir ocultando.
Ningún Estado puede sostener indefinidamente que su propia seguridad exige que sus vecinos permanezcan débiles, fragmentados, ocupados, desarmados o incapaces de defenderse, mientras describe cualquier intento de esos mismos vecinos por adquirir un poder significativo como una amenaza existencial.
Eso no es simplemente una exigencia de seguridad. Es una exigencia de dominio regional.
Netanyahu ha convertido esa doctrina en un instrumento político extraordinariamente eficaz. Si Israel debe estar siempre rodeado de peligro, entonces Israel siempre necesitará al líder que se presenta como el único capaz de enfrentarlo.
Por eso Türkiye importa políticamente ahora.
En su intento por rescatar su futuro político, Netanyahu ha llevado la narrativa de la amenaza hasta un nivel casi fantasioso que difícilmente puede traducir en acciones reales, recurriendo en su lugar a provocaciones cada vez más agresivas contra Türkiye.

Su retórica es deliberadamente más estridente que el poder que hay detrás de ella: necesita la apariencia de una confrontación, no la guerra que sus palabras sugieren.
De aquí a octubre, Netanyahu necesita un enemigo lo bastante poderoso como para asustar a los votantes israelíes y una crisis lo bastante grande como para hacer que su propia supervivencia política parezca inseparable de la de Israel.
Y mientras se acercan unas elecciones que podrían poner fin a su largo dominio de la política israelí, quizá la pregunta más peligrosa no sea si Israel ha encontrado un enemigo.
Sino si Netanyahu puede permitirse políticamente no tenerlo.






















