Guadalajara, México – El Departamento de Estado de EE.UU. publicó el 29 de julio un informe de 100 páginas con un título deliberadamente contundente: “Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI”. Desde sus primeras páginas afirma que el “régimen cubano” perfeccionó un "nuevo modelo para una larga guerra de desgaste, organizada en torno al espionaje, la infiltración, el sabotaje, las redes de agentes interpuestos y una infraestructura revolucionaria diseñada para enfrentar a Estados Unidos consigo mismo". Su acusación más significativa, sin embargo, pertenece al presente: sostiene que esa influencia no terminó con la Guerra Fría, sino que "continúa manteniendo vínculos con poderosas organizaciones sin fines de lucro de izquierda, colectivos anti-ICE, grupos socialistas y organizaciones militantes marxistas en todo Estados Unidos".
A primera vista, parece una reaparición tardía de la Guerra Fría. Pero su publicación en 2026 no responde únicamente a una obsesión histórica del Gobierno del presidente de EE.UU., Donald Trump, ni al peso electoral del exilio cubano. Forma parte de una transformación más amplia: Washington está redefiniendo qué considera una amenaza en el hemisferio y hasta dónde está dispuesto a intervenir para contenerla. El informe habla formalmente de Cuba, pero su alcance político rebasa la isla.
De la confrontación al intento de normalización
La relación bilateral ha estado marcada por la confrontación desde el triunfo revolucionario de 1959. La ruptura diplomática de 1961, el embargo, la alianza cubano-soviética, el apoyo de La Habana a movimientos armados y sus operaciones de inteligencia convirtieron a Cuba en un escenario central de la Guerra Fría latinoamericana.
Ese consenso comenzó a debilitarse cuando el expresidente Barack Obama sostuvo que el aislamiento había fracasado. El restablecimiento de relaciones diplomáticas en 2015 no eliminó el embargo, pero abrió la posibilidad de que el contacto, los viajes y las remesas favorecieran una transformación gradual. Trump revirtió buena parte de esa apertura, mientras el exmandatario Joe Biden introdujo ajustes sin reconstruir el deshielo.

El segundo gobierno de Trump, acompañado por el secretario de Estado, Marco Rubio, va más lejos. En enero de 2026 declaró una emergencia nacional vinculada con Cuba y habilitó posibles aranceles contra países que suministraran petróleo a la isla. En mayo amplió las sanciones contra funcionarios y entidades relacionados con el gobierno cubano. El reciente informe, publicado este mes de julio, aporta ahora una justificación histórica e ideológica: Cuba no sería únicamente un régimen autoritario, sino también una fuente activa de infiltración y desestabilización.
Un nuevo paradigma de seguridad
El nuevo documento se organiza en torno a distintos ámbitos de influencia: presenta a Cuba como Estado revolucionario, impulsora de una nueva izquierda, exportadora de la revolución, potencia de espionaje y articuladora de redes políticas transnacionales. A partir de esa estructura, combina episodios históricos documentados con un argumento que prolonga esa influencia hasta el presente, aunque sin distinguir suficientemente entre espionaje, influencia, afinidad ideológica y solidaridad internacional.
La lógica del documento recuerda algunos de los mecanismos que diversos historiadores han asociado al macartismo: ampliar la idea de "amenaza" hasta incluir actores y posiciones políticas muy distintas entre sí. El problema no es señalar que Cuba desarrolló durante décadas actividades de inteligencia e influencia, sino declarar que esa misma influencia se prolonga hoy sobre organizaciones, protestas y corrientes ideológicas muy diversas. De ese modo, Cuba deja de ser únicamente un desafío de política exterior y se convierte en una explicación de los conflictos internos de Estados Unidos. Esa redefinición de la amenaza también tiene implicaciones para la manera en que Washington concibe su política hacia América Latina.
En otras palabras, esa redefinición de la amenaza no se limita al debate interno estadounidense, sino que empieza a orientar la manera en que Washington concibe la seguridad y sus alianzas en el hemisferio. Aunque el informe no forma parte oficialmente del Escudo de las Américas, ambos responden a una misma lógica estratégica.
La iniciativa presentada en Doral reunió a un grupo selecto de gobiernos para coordinar acciones frente al crimen organizado, mientras que el informe sobre Cuba identifica actores, organizaciones y corrientes ideológicas que considera parte de un entorno de influencia adverso. En ambos casos, la seguridad deja de definirse únicamente por riesgos materiales y pasa a incorporar criterios de alineamiento político e internacional. Así, la agenda hemisférica se amplía: del combate al narcotráfico y la migración hacia la identificación de gobiernos, redes y actores considerados confiables o potencialmente hostiles.
Cuba ante la desintegración del ALBA
Esta ofensiva llega cuando Cuba enfrenta su entorno regional menos favorable en décadas. Durante el auge de la izquierda latinoamericana, La Habana contó con el respaldo económico de Venezuela, la proyección diplomática de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) y una red de gobiernos que cuestionaban la política estadounidense. El ALBA-TCP sigue existiendo, pero ya no representa el bloque cohesionado y con capacidad de proyección regional que fue durante el auge petrolero venezolano.
Bolivia fue suspendida del ALBA después de que su nuevo gobierno buscara recomponer vínculos con Washington y criticara a Cuba, Venezuela y Nicaragua. Caracas, antiguo soporte económico y político de la alianza, quedó profundamente alterada tras la captura del presidente Nicolás Maduro y la aproximación posterior de las nuevas autoridades a Estados Unidos. Nicaragua también enfrenta sanciones y amenazas de mayor presión. Los socios más fieles de La Habana ya no pueden articular una respuesta regional comparable a la de años anteriores.
El fortalecimiento de gobiernos afines a Trump también modifica el contexto regional de Cuba. La llegada de José Antonio Kast a la Presidencia de Chile y las recientes victorias de Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia consolidan un mapa político más favorable a la estrategia hemisférica de Washington, en el que ya participan aliados como los mandatarios de Argentina, Javier Milei, y de Ecuador, Daniel Noboa. En este escenario, Cuba no queda aislada por decisiones formales de la región, sino porque disminuye el número de gobiernos dispuestos a respaldarla diplomáticamente cuando aumentan las presiones estadounidenses.
¿Qué puede ocurrir ahora?
Más que anticipar una intervención militar, el informe proporciona argumentos para profundizar la estrategia de presión ya desplegada por Washington. Puede servir para justificar nuevas sanciones, restricciones de visado, un mayor escrutinio sobre redes financieras y presiones a terceros países que mantengan cooperación energética, económica o de seguridad con Cuba.
Esa lógica también parece proyectarse sobre la política hemisférica. Escudo de las Américas podría evolucionar desde una coalición contra el crimen organizado hacia un mecanismo de coordinación política más amplio. De hecho, esa transformación parece haber comenzado.

Tras su lanzamiento, los gobiernos miembros emitieron declaraciones conjuntas sobre los bloqueos en Bolivia y la transición presidencial en Colombia, ampliando su agenda más allá de la cooperación antidrogas. Más que una alianza exclusivamente orientada a la seguridad, el mecanismo empieza a perfilarse como un espacio de concertación entre gobiernos con políticas e ideologías convergentes.
Si esta tendencia se consolida, el desafío ya no recaería únicamente sobre Cuba. Potencias regionales como Brasil y México, que han buscado combinar una estrecha relación con Estados Unidos con mayores márgenes de autonomía y diversificación internacional, podrían desenvolverse en un entorno diplomático más exigente. El verdadero cambio, por tanto, no está en Cuba, sino en la redefinición de la política hemisférica estadounidense.






















