El ajolote, el anfibio de la eterna juventud que México intenta salvar

Regenera partes de su cuerpo y actúa como sensor ambiental. Esta salamandra está en peligro de extinción, pero investigadores y particulares siguen luchando para devolverla a su hábitat natural.

El ajolote gris en aguas mexicanas, que muestra sus características terrestres únicas y su vibrante aleta. / Foto: Envato.
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El ajolote gris en aguas mexicanas, que muestra sus características terrestres únicas y su vibrante aleta. / Foto: Envato.

Una tarde de hace 25 años, Cassandra Garduño, de apenas siete años, navegaba en una canoa junto a su abuelo en uno de los canales de San Gregorio Atlapulco, un pueblo lacustre en Xochimilco, al sureste de la Ciudad de México, de donde es originaria. En el camino se cruzaron con un hombre que, al remover lodo de una zanja, dejó al descubierto algo que Cassandra jamás había visto: un ser negro que parecía hecho de obsidiana, con cuatro patas y larga cola haciendo movimientos ondulantes para escapar. “¿Qué es eso?”, preguntó Cassandra, y la respuesta de su abuelo le sonó a magia: “Un ajolote”.

Cassandra, hoy licenciada en diseño y comunicación de 32 años, no lo supo en ese momento, pero esa pequeña salamandra que parecía de otro planeta iba a ser clave para su vida profesional y para el pueblo donde su familia ha habitado durante generaciones.

De guardiana de tiburones a protectora del ajolote

Hasta los 19 años, Cassandra trabajó en una organización dedicada a la conservación marina y vivió entre Ecuador y Perú salvando tiburones, aunque cada vez que volvía a México la golpeaba la realidad. “Los canales en donde yo había crecido se estaban secando, los terrenos en donde antes se cultivaban plantas y hortalizas estaban abandonados”, relata. “Y ya no había ajolotes”.

La ausencia de ese animal no era buena señal. Cassandra lo entendió cuando comenzó a prepararse para cultivar en su propia “chinampa”, un sistema prehispánico que usa tierra dragada y materiales biodegradables para crear cultivos sobre lagos o estanques.

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Productores Chinamperos de Xochimilco. (Foto Cortesía del Instituto de Biología de la UNAM, Armando Vega)

“Cuando no hay ajolotes, significa que la salud del ecosistema no es buena porque ese animalito exige que el agua y el ambiente estén bien para vivir”, explica la ahora agricultora.

En su afán por recuperar el equilibro ecológico en su tierra, Cassandra entró en contacto con integrantes del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México y se sumó a la misión de salvar al ajolote, que lleva tiempo al borde de la extinción.

En 1998, de acuerdo a la Universidad Autónoma Metropolitana, había 6.000 ajolotes por kilómetro cuadrado en Xochimilco. Sin embargo, para 2014, la cifra se redujo a apenas 35. Más tarde, en 2019, un estudio de la Unión Internacional para la Conservación de las Especies concluyó que quedaban únicamente entre 50 y 1.000 ajolotes en estado salvaje.

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El ajolote, el anfibio de la eterna juventud que México intenta salvar. (Foto: Abril Mulato)

El ajolote o axolote (que en náhuatl significa “monstruo de agua”) es un anfibio que vive entre seis y siete años, y posee una peculiaridad llamada neotenia: conserva la apariencia física de cuando es una larva aunque ya sea adulto. Por eso se le conoce como el anfibio de la eterna juventud.

Tiene la capacidad de regenerar partes de su cuerpo y de su sistema nervioso; respira de cuatro maneras distintas (branquias, piel, pulmones y faringe), y es un sensor ambiental.

El experto que entrena a los ajolotes

Durante 12 años, Horacio Mena, médico veterinario del departamento de Zoología del Instituto de Biología de la UNAM, ha estudiado al ajolote. Mena, con ayuda de estudiantes, se encarga de mantener vivos a 130 ajolotes que conforman la colonia que actualmente vive en la universidad.

“La convivencia diaria con ellos te va enseñando que, al igual que todas las especies, tienen algo maravilloso cuando te decides a observarlas”, comenta el especialista que ha cuidado a alrededor de 2.000 ajolotes durante su tiempo en el instituto. Por eso, sabe cuando están a punto de cazar, si están buscando su privacidad o si no toleran a los humanos. O bien, si es momento de reproducirlos, si están descansando, si se encuentran en su horario más activo del día o si están enfermos.

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"Si hay ajolotes hay un equilibrio en el ecosistema y esto implica buena calidad en el aire y el agua, y cultivos de excelente calidad". (Foto: Abril Mulato)

Mena también los entrena: “Intentamos conservar estrategias de cacería que los ayuden a sobrevivir en el campo. Necesitamos que tenga estímulos de depredador y de presa. Que busque, que cace, pero también que sepa esconderse”, explica.

Este monitoreo constante tiene el propósito de preservar una especie en peligro y prepararla para regresar a su casa en Xochimilco. Sin embargo, ha sido un proceso largo. “Primero conoces a la especie, luego estableces un buen programa para tenerlos aquí y ya después de estudiarlo piensas en refugios. En este caso, el objetivo es trasladarlos a Xochimilco, pero primero hay que rehabilitarlas. Y, ¿qué pasa? Te topas con que no hay recursos y el gobierno no te los va a dar. Entonces ¿qué se hace?”, se cuestiona Mena.

Esa situación fue la que llevó a investigadores y alumnos de la UNAM a sumar esfuerzos con los colegas de Xochimilco como Cassandra, para que se conviertan en guardianes de refugios de ajolotes. Y también para involucrar a la sociedad en su rescate.

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En Xochimilco están esperanzados: 23 agricultores se han convertido en guardianes de ajolotes, dedicando tiempo y esfuerzo a transformar sus tierras en refugios seguros para estos enigmáticos monstruos de agua. (Foto Cortesía del Instituto de Biología de la UNAM, Armando Vega)

Más ajolotes en vida silvestre

​​Para Vania Mendoza, bióloga y maestra en ciencias del mar del Instituto de Biología de la UNAM, la única manera de asegurar la conservación del ajolote es restaurar su ecosistema. Por eso, desde hace tres años, su instituto ha lanzado la campaña AdoptAxolotl. A diferencia de otras iniciativas, esta no busca mantener a los animales en cautiverio ni promoverlos como mascotas, sino vincular a la sociedad con la restauración de su hábitat original en Xochimilco.

“Actualmente hay más ajolotes en peceras que en la vida silvestre y eso no está bien. El ajolote no puede vivir sin Xochimilco y Xochimilco no puede vivir sin el ajolote. Hay que entender que su preservación beneficia a Xochimilco y a la Ciudad de México. Si hay ajolotes hay un equilibrio en el ecosistema y esto implica buena calidad en el aire y el agua, y cultivos de excelente calidad”, detalla Mendoza, quien este año coordina la campaña.

En la nueva edición de AdoptAxolotl, los donantes pueden aportar por uno, seis o 12 meses, y a cambio reciben material informativo, un certificado y acceso a visitas guiadas con especialistas. Los donativos son deducibles de impuestos y se hacen en línea.

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 “Es un esfuerzo colectivo entre sociedad, academia y habitantes de Xochimilco que podría otorgarle al animal una oportunidad real de subsistir”

Ahora, en Xochimilco están esperanzados: 23 agricultores se han convertido en guardianes de ajolotes, dedicando tiempo y esfuerzo a transformar sus tierras en refugios seguros para estos enigmáticos monstruos de agua. Al mismo tiempo, miles de personas han sumado su apoyo asegurando alimento para los ajolotes y contribuyendo a la restauración de su hábitat natural.

Mena lo resume con optimismo: “Es un esfuerzo colectivo entre sociedad, academia y habitantes de Xochimilco que podría otorgarle al animal una oportunidad real de subsistir”. Cassandra, por su parte, no tiene dudas: “Entre todos se puede lograr. Es tiempo de nutrir la tierra y nutrirnos de ella. Es tiempo de que el ajolote vuelva a su hogar”.

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