Zhuhai, China — Un año después de la Cumbre de Río de Janeiro en Brasil, que colocó a América Latina en el centro político del BRICS, la XVIII cita del foro se trasladó a Nueva Delhi, India. En medio de tensiones y conflictos internacionales, la reunión buscó impulsar el diálogo y el comercio, pero lo hizo con una presencia latinoamericana mucho más discreta. Los países latinoamericanos que oficialmente forman parte del BRICS son Brasil, Bolivia y Cuba.
La Habana se acercó al BRICS como invitada en Johannesburgo 2023. En Kazán 2024, Cuba fue aprobada como país socio, condición que adquirió en enero de 2025 y estrenó en Río con la participación del presidente Miguel Díaz-Canel.
Ahora, en Nueva Delhi, la representación descendió un nivel, aunque se mantuvo en alto rango: el ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez Parrilla, encabezó la delegación y desplegó una activa agenda bilateral. Aunque disminuyó el nivel de representación, no necesariamente se redujo su capacidad de incidencia: Cuba consiguió mantener una cuestión directamente vinculada a sus intereses nacionales, pues la Declaración de Nueva Delhi cuestionó las medidas económicas unilaterales contra la isla y sus efectos sobre la población.
Por su parte, Bolivia recorrió inicialmente un camino similar al de Cuba: bajo la presidencia de Luis Arce participó en Kazán 2024, fue aprobada como país socio y estrenó esa condición en Río 2025 con presencia presidencial. Sin embargo, con la salida de Arce del Gobierno, el acercamiento político ha perdido intensidad. Aunque el actual mandatario, Rodrigo Paz, fue invitado a Nueva Delhi, Bolivia ni siquiera envió a un ministro o viceministro: su delegación está encabezada por Arlette Gabriela Bustamante García, encargada de negocios de la embajada boliviana en India.
A diferencia de Cuba y Bolivia, países socios, Brasil es el único miembro pleno y fundador del BRICS en América Latina. Desde entonces, ha sido anfitrión en cuatro ocasiones: Brasilia 2010, Fortaleza 2014, Brasilia 2019 y Río 2025. Sus presidentes han participado, presencial o virtualmente –como ocurrió entre 2020 y 2022 por la pandemia–, en todas las cumbres salvo en dos: Lula en Kazán 2024 y, ahora, en Nueva Delhi.
¿Brasil fuera del BRICS?
Esta segunda ausencia presidencial, sin embargo, tiene un significado distinto. En 2024, Lula canceló por razones médicas su viaje a Kazán, pero participó virtualmente. En Nueva Delhi, Brasil quedó representado por el ministro de Relaciones Exteriores, Mauro Vieira: Lula no asiste ni interviene a distancia. ¿Por qué reducir entonces el nivel político de participación de un gobierno que ha hecho del BRICS una de sus principales plataformas de proyección internacional?
La respuesta está en las apretadas elecciones que tendrá el país el próximo mes. Como ocurre crecientemente en América Latina, los grupos opositores capitalizan la política exterior para trasladarla al terreno de la disputa nacional y, en Brasil, el BRICS se ha convertido en un asunto electoral.
La principal señal proviene de Flávio Bolsonaro, candidato de la derecha e hijo del expresidente condenado Jair Bolsonaro. En mayo, todavía defendía una política exterior pragmática y afirmaba que dialogaría tanto con Estados Unidos como con China. Meses después, su programa electoral planteó reactivar “urgentemente” la adhesión de Brasil a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), mientras su discurso se orientaba hacia un alineamiento estratégico tanto con Estados Unidos como con Israel.
Durante una visita a Washington propuso, incluso, impulsar con Estados Unidos una zona de libre comercio hemisférica. Más aún, en una entrevista, Bolsonaro calificó al BRICS de demasiado “ideológico” y sostuvo que “no ha traído nada beneficioso para nuestro país”. Por ello, afirmó que, si llega a la presidencia, reevaluará la permanencia de Brasil en el grupo: “Es algo a considerar, dejar este bloque”.
La propuesta resulta especialmente significativa porque, en Nueva Delhi, el BRICS volvió a respaldar una aspiración histórica de la diplomacia brasileña: China y Rusia reiteraron su apoyo a que Brasil desempeñe un papel más relevante en Naciones Unidas, incluido el Consejo de Seguridad.
De ahí que en 2026 esté en juego algo más que la participación de Lula: la propia continuidad de Brasil en el BRICS podría depender del resultado electoral de octubre. Si Lula pierde, Nueva Delhi podría convertirse en la última participación de Brasil antes de que un nuevo gobierno intente abandonar el grupo.
Como telón de fondo está el segundo Gobierno del presidente de EE.UU., Donald Trump, cuya política hacia Brasil ha estado marcada por una abierta cercanía con la familia Bolsonaro y una creciente intervención en la disputa política brasileña.
En septiembre de 2025, el expresidente Jair Bolsonaro fue condenado a 27 años por liderar un intento de golpe de Estado tras perder las elecciones ante Lula. Desde el proceso judicial, previo a la sentencia, aumentó la intervención de Trump, quien defendió a su aliado Bolsonaro y cuestionó la decisión penal. Washington impuso además aranceles del 50% a productos brasileños, vinculándolos al caso que Trump calificó de “caza de brujas”.
Y estas implicaciones no son menores pues podrían trascender la elección: una victoria de Flávio Bolsonaro favorecería un realineamiento hacia Washington precisamente cuando China presidirá el BRICS y albergará su próxima cumbre.
Así, Brasil podría iniciar 2027 gobernado por un presidente claramente inclinado hacia Washington y crítico del acercamiento de Lula a Beijing, al que Bolsonaro describe en términos particularmente contundentes: “En todo momento lame las botas de China y lanza piedras contra Estados Unidos”.
Menos presidentes, más Uruguay: ¿un camino hacia la CELAC?
La menor presencia latinoamericana en Nueva Delhi no significa, sin embargo, que la región haya perdido mención. Lo que ha cambiado es la escala de interlocución.
El mecanismo Outreach/BRICS Plus —mediante el cual la presidencia extiende el diálogo más allá de los miembros y socios— continúa. En 2025, Brasil lo utilizó para convocar selectivamente a México, Colombia, Uruguay y Chile; en 2026, India ha privilegiado la interlocución con organizaciones regionales, invitando a representantes de ASEAN, la Unión Africana, el Consejo de Cooperación del Golfo, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), un mecanismo intergubernamental de alcance regional que promueve la integración y el desarrollo, y la Iniciativa de la Bahía de Bengala para la Cooperación Técnica y Económica Multisectorial (BIMSTEC, por sus siglas en inglés), una organización internacional que reúne a siete países del sur y el sudeste de Asia para fomentar el desarrollo económico y la cooperación mutua. Nueva Delhi parece así avanzar de una lógica predominantemente nacional hacia otra interregional.
Para América Latina, esta fórmula eleva el valor de CELAC y, circunstancialmente, el de Uruguay.
Montevideo ejerce en 2026 la presidencia pro tempore de CELAC, así como la presidencia semestral de Mercosur, una coincidencia que amplía considerablemente su capacidad de interlocución. Mario Lubetkin llegó así a Nueva Delhi como el ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay y representante de CELAC, pero también con la capacidad de interlocución que le confiere a Uruguay la presidencia pro tempore del Mercosur.
En el plano bilateral, Lubetkin acordó con su homólogo indio, S. Jaishankar, una hoja de ruta de 12 meses en materia política, comercial y cultural, mientras la relación diplomática adquiere una nueva densidad: India acaba de establecer su primera embajada residente en Montevideo y Uruguay prepara la suya en Nueva Delhi.
En el plano sudamericano, la presidencia uruguaya del Mercosur permitió explorar con el ministro de Comercio de India, Piyush Goyal, una nueva fase de las negociaciones comerciales entre ese país y el bloque. Y, en el plano latinoamericano, Uruguay trabaja desde la presidencia de CELAC para avanzar hacia una cumbre con India, dando continuidad a un diálogo birregional que existe desde 2012.
La experiencia uruguaya muestra, en ese sentido, que el margen de acción frente al BRICS no depende únicamente de pertenecer al grupo, sino también de cómo se aprovechan sus mecanismos de interlocución. El contraste regional más evidente es Argentina: el presidente Javier Milei rechazó en 2023 la invitación a convertirse en miembro pleno; Uruguay, sin ser miembro ni socio, ha conseguido utilizar esos espacios para fortalecer su relación con India y, al mismo tiempo, proyectarse como puente hacia CELAC y Mercosur.
¿Queda espacio para América Latina en el BRICS?
Las últimas cumbres sugieren que hablar de una posición latinoamericana frente al BRICS resulta cada vez más difícil, y Nueva Delhi lo hace particularmente visible.
Desde la ampliación acordada en Johannesburgo, las respuestas nacionales han recorrido prácticamente todo el espectro posible: Argentina rechazó la invitación a convertirse en miembro pleno; Cuba y Bolivia aceptaron incorporarse como países socios; Venezuela, Nicaragua y Honduras manifestaron formalmente interés en esa condición, aunque no fueron admitidos; México optó por una aproximación cautelosa como invitado; Chile participó activamente sin buscar adhesión; Colombia avanzó hacia el Nuevo Banco de Desarrollo; Uruguay ha aprovechado sus mecanismos de diálogo para ampliar su proyección; mientras que Brasil sigue siendo el único miembro pleno latinoamericano, aunque con posibilidades de salida.
Frente a esta fragmentación, Nueva Delhi deja algunas señales significativas. India abrió un canal de interlocución con la región como conjunto a través de CELAC, y la declaración final reconoció a América Latina y el Caribe como una “zona de paz”, al tiempo que reclamó una mayor representación regional en las instituciones internacionales. En particular, el BRICS destacó que solo un latinoamericano ha ocupado la Secretaría General de Naciones Unidas, precisamente cuando está en marcha el proceso para elegir a su próximo titular.
Mientras los países latinoamericanos mantienen estrategias divergentes frente al BRICS, el propio grupo comienza a reconocerlos como parte de un espacio regional con voz propia. El reto para CELAC será convertir ese reconocimiento en una capacidad efectiva de interlocución.























