Entre la tragedia, las pérdidas, la esperanza que contagian los rescates y la intensa carrera contra el tiempo, Colombia ya no solo se enfrenta a la devastación del terremoto de 7,4 que la mantiene en estado de alerta desde hace cinco días. Ahora, las autoridades de emergencia atienden una crisis en otro frente: los 32 incendios forestales activos que se han propagado velozmente y se concentran en ocho departamentos, de acuerdo al informe de monitoreo más reciente.
Según la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), los focos afectan principalmente a Tolima, Nariño, Quindío, Cesar, Antioquia, Santander, Norte de Santander, y Huila. Además, las autoridades indicaron que la vegetación, los cultivos y las viviendas destruidas han superado las 11.000 hectáreas en total.
El rápido avance de las llamas, y la complejidad para controlarlas, ha llevado a que 344 municipios se encuentren bajo alerta roja por riesgo de incendios forestales. La cifra representa un impactante aumento del 93% en un solo día, impulsado por el calor extremo y la sequía, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (IDEAM).
Y el pronóstico ambiental tampoco es alentador. Las proyecciones del IDEAM indican una probabilidad del 90% de que el fenómeno meteorológico de El Niño persista hasta principios de 2027, con intensas anomalías de calor que se espera alcancen su punto máximo hacia finales de año. Lo que quiere decir que el riesgo se mantendrá por meses, mientras Colombia atraviesa la devastación del peor terremoto que ha vivido en 25 años.
El aumento de los incendios forestales pone aún más presión sobre los equipos de emergencia, que por el terremoto ya estaban desplegados a su máxima capacidad. Grupos de bomberos de varios departamentos, incluido Risaralda, uno de los más afectados por el sismo, fueron enviados para hacerle frente a las llamas, aunque las autoridades indicaron que cuentan con poco personal.
La carrera contra el tiempo
Trabajando contra el tiempo y aferrados a la esperanza de encontrar más sobrevivientes pese a los días que han pasado, los rescatistas mantienen sus actividades en las zonas afectadas por el terremoto. Sobre montañas de ruinas y escombros no se rinden en su labor.
Este viernes, el balance más reciente del Gobierno de Colombia informó que el número de personas fallecidas aumentó a 288, con 4.018 heridos, 202 desaparecidos y 354 personas rescatadas.
A lo que se suma que el desastre deja cientos de miles de personas damnificadas: 145.601, de acuerdo al reporte oficial, y 57.516 familias en todo el país.

Ante la destrucción de casi 13.000 viviendas y otras 80.744 con daños, miles de familias han quedado a la intemperie y sin hogar. Su techo ahora son carpas de camping o refugios.
En uno de estos centros de acogida en Cali, una de las ciudades más afectadas por el terremoto, Ebert Jonathan Morales le cuenta a la agencia de noticias AP que lo perdió todo. “No hay dónde vivir, lo perdimos todo”, comparte este colombiano de 38 años, junto a sus cuatro hijos y su esposa.
En su casa se agrietaron las paredes, se derrumbó el piso y se cayó el techo.
“Hoy venimos donde están dando las donaciones. Nos han dado algo de alimentación, comida, ropitas”, compartió por su parte Olga Castro, una de las afectadas en Cali, junto a sus cinco hijos. “Por lo menos salimos con vida... una vecina me está dando posada y de ahí vamos a ver qué hacer”, explicó.
También en Cali, en una cancha de fútbol, un grupo de familias prepara una sopa típica en leña. Patricia Romero, de 26 años, le cuenta a la agencia de noticias AFP que después del terremoto su hijo de 8 años sufre desmayos esporádicos "por los nervios".

"Cualquier movimiento, cualquier cosa que me asuste al niño se me desmaya, se me desploma", contó mientras sus dos hijos jugaban con un balón.
Las necesidades en los territorios aislados
María Mercedes Liévano, directora de la organización Save the Children en Colombia, le explicó a AP que las necesidades de los afectados son apremiantes, especialmente en los lugares de menor acceso como Buenaventura, el principal puerto del país, y Chocó.
“Son territorios aislados, abandonados, con debilidad de oferta institucional histórica, con temas de violencia y además les llega un terremoto de este tipo. Entonces es una crisis sobre una crisis que está dejando a las poblaciones en una situación de vulnerabilidad extrema”, explicó.
Esto, advirtió, se exacerba en la niñez que está bajo estrés tras el terremoto y que necesita apoyo socioemocional, luego de estar separados de sus familias o enterarse de que han muerto. Lo que se suma a la falta de acceso a la educación, dado que más de 2.595 centros educativos resultaron afectados, según cifras gubernamentales.



















